BARQUITO

Era pequeño y le pedía un barco a todo el que se acercaba al portal, fue por eso que le pusieron Barquito y Barquito se quedó.  Eso pasa en los pueblos, después nadie se acuerda de tu nombre pero nunca se olvidan del nombrete.

La madre de Barquito era maestra de piano en un pueblo de pescadores,  quedó viuda muy joven y tuvo que criar ella sola a los cuatro muchachos. Barquito era el menor de cuatro hermanos y fue el  único que aprendió a tocar piano. Los otros tres se hicieron  pescadores,  en una noche oscura enrumbaron el langostero al norte  y desde entonces viven en Miami. Barquito permaneció con su madre hasta que ella murió, heredó sus manías y el oficio de organista en la Iglesia del pueblo.

La gente decía cosas de Barquito, que si era muy fino, que si era raro, pero nadie le sabía nada. Lo cierto es que Barquito vivía en un mundo aparte, al margen de aquella sociedad; pasaba los cuarenta  cuando llegó el Mariel,  la madre había muerto y estaba solo, sus hermanos que lo querían mucho vinieron a buscarlo  en una lancha, un viernes en la tarde llegó “el telegrama”.

El primero en enterarse fue el viejo Padre Orozco,  conocía de siempre a esa familia y sintió que Barquito se fuera, le quedaban muy pocos feligreses y ya no habría música en las misas. El Padre Orozco le dio su bendición, varias cartas para recomendarlo y un  abrazo. Barquito regresó muy rápido a la casa y comenzó a regalar cosas a los vecinos. No sabía que en la mañana del sábado comenzaría el mitin de repudio, dos carros con altoparlantes amplificarían las consignas, los insultos y las palabrotas, la casa estuvo sitiada por tres días seguidos, nunca pensó que le harían algo así,  que le tirarían huevos, que lo zarandearían como un saco de papas, que los más “enardecidos”  lo escupirían cuando saliera a montarse en la guagua, “custodiada” por las autoridades camino del Mariel.

Barquito lloró cuando subió a la guagua, lloró cuando vio su casa pintoreteada, lloró por los insultos y lloró de impotencia porque muchos de aquellos que le gritaban lo habían saludado afablemente unos días antes, en especial Orquídea la panadera,  que le caía tan bien y creía su amiga, ella era la primera gritándole oprobios y tirándole huevos.

Pasaron los años y Felita, la ahijada de Barquito cumplió quince, él siempre se ocupó de su ahijada, ahora por los quince la muchacha le mandó una carta pidiéndole que fuera. Barquito accedió, no le sobraba el dinero pero tampoco le faltaba, podía darse el lujo de aquel regalo a su ahijada. Pagó las prorrogas del pasaporte, hizo las gestiones necesarias y una fresca mañana de abril el avión que llevaba a Barquito aterrizó en la Habana.

Tenía un poco de miedo pero la llegada transcurrió sin sobresaltos, el “escoria” Barquito ahora era un respetable cubanoamericano que empezó a regalar cosas desde la aduana, los funcionarios de verde olivo no le quitaron nada.  Cuando llegó al pueblo lo encontró más sucio y destartalado que nunca,  el  turistaxi lo dejó frente a la casa de su prima Alicia y Barquito bajó el equipaje ante la mirada atónita de los vecinos.  Esa misma tarde fueron a verlo los amigos y parientes que le quedaban, la ahijada Felita con sus padres y hermanos, el último en llegar fue el Padre Orozco, ahora más viejo.

Barquito repartió los regalos, compartió las historias y las noticias acumuladas durante tantos años, se le veía feliz pero distante como el que guarda una verdad que debe decir. Se celebraron los quince de Felita, entre visitas y paseos pasaron vertiginosamente los días de esa semana, y Barquito,  que tenía pasaje para el domingo en la mañana,  se presentó el sábado en la Iglesia para buscar al viejo Padre Orozco,  este se había ofrecido acompañarlo en el recorrido final de su visita.

Barquito venía bien preparado, con latas de comida y cartones de huevo, fue con el Padre Orozco a cada casa de aquellos que lo maltrataron doce años atrás, tocaban a la puerta y se presentaban, no era necesario, en los pueblos pequeños todos se conocen. Algunos bajaron la vista, otros se disculparon, varios  fingieron una amnesia absoluta pero nadie se negó a recibir los regalos, en la mirada de Barquito había cierta picardía pero ningún reproche, iba disminuyendo la cantidad de víveres y el Padre Orozco iba tachando lentamente los nombres.

La última visita fue a casa de Orquídea, la enardecida panadera que Barquito creyó una vez su amiga. Orquídea guardaba cama por la polineuritis, unos de los tantos nombres que tiene el hambre. Orquídea, aunque estaba mayor y enferma, lo conoció enseguida, ella tampoco se negó a recibir los huevos y las latas.  Barquito tuvo palabras de aliento para ella, Orquídea se tapó la cara con las manos y se echó a llorar, antes de irse él le regaló una caja de pañuelos bordados que traía para ella,  sabía que Orquídea los necesitaría y así fue.

Barquito ya es un hombre mayor y nadie le sabe nada, todavía vive en Miami y toca el piano, es feliz con su familia y sus amigos, no sabe si regresará alguna vez. Su ahijada Felita llegó a la Base de Guantánamo cuando la crisis de los balseros, vive con su familia en Hialeah, a dos casas del padrino Barquito. La prima Alicia murió hace algún tiempo pero los primos de Miami se ocuparon de que nunca le faltara nada. El Padre Orozco todavía vive, está en un asilo porque tiene muchos achaques y ya no puede vivir solo,  todavía celebra misa y confiesa, ya no responde las cartas de Barquito, pero reza por él y por todos.

ENSOÑACIÓN

Un perro tuerto y negro dormitaba en el quicio de la escuela. Los perros de la calle respetaban su parada de mastín, sus colmillos nuevos. Con su único ojo miraba a los borrachines de la “Favorita”: el Alcalde, Pepé, Piedra con su laúd y un mulato viejo -tuerto como él- que le traía comida y lo amparaba.

Aquellos hombres dejaban las tardes a la orilla del bar, bebían “Coronilla”: un aguardiente que no daba resaca. Alguna vez bebí con ellos ese mismo aguardiente y un vodka ruso de nombre “Stolichnaya”; ya todos están muertos, dormidos en la niebla del ojo sano de aquel perro negro.

Ayer estuve mirando fotos viejas. No estaba sucio el edificio, las ventanas aún se podían cerrar, en el curado barril de manteca los peces agradecían su intimidad de agua verde. Dormíamos en paz, nadie se había marchado, el viejo no era viejo…

Las nubes pasan, la azotea infinita en losas rojas es el mejor lugar para la brisa -una brisa que ustedes no conocen porque sólo pasaba por mi casa-. Hace mucho que no miro las nubes, caprichosas figuras de otro niño.

Aquel perro murió y se lo llevaron en un saco de yute, el caballito de papier maché -que también era un perro- se disolvió en distintos aguaceros. El agua que corría por mi calle llegó al mar, un mar viejo y profundo como presagio de la eternidad.

 

 

LA MANO

Era verano, llegamos  a  casa de Landy con la promesa de unas limonadas  y  la conversación se extendió hasta muy tarde. Landy era devoto de Carpentier, él fue quien me recomendó  “Viaje a la semilla” un cuento que empieza al revés. Yo no lograba separar al genial escritor de su imagen, un comunista que hablaba con la lengua enredada y vivía en París.  Ignacio y Guillermito también metían la cuchareta de vez en cuando, al final acabamos hablando de teología, mis acompañantes eran seminaristas  y  los seminaristas siempre terminan por hablar de estas cosas. 

La madre de Landy nos ofreció una limonada con hielo y unas croquetas, un verdadero manjar en aquellos días. Corría el fresco en aquella habitación que era un poco terraza por los  ventanales grandes y las  plantas que  tenían allí, en una jaula había cacatúas y otros pájaros  que chillaban a cada rato. Era un lugar adecuado para hacer una fiesta y el menos propicio para una aparición; por eso, cuando aquella mano entró por la ventana, pensamos que era una broma.

La mano  blanca  entró por la ventana que subía desde el suelo,  pasó a la altura de nuestros talones, trataba de agarrar algún objeto inexistente, nos quedamos sentados, mirándola, y cuando reaccionamos ya era tarde, la mano no estaba. Salió del mismo modo que había entrado, con la elegancia de los magos que hacen sus trucos en los salones de clase.

Pasaron unos instantes hasta que salimos al pasillo y nos asomamos,  no había nadie abajo, ni escalera alguna que sirviera para llegar a aquella altura. Era una casa moderna, de dos plantas, con un pasillo lateral que daba al patio, la habitación en donde ocurrió el hecho tenía unas persianas Miami a ras de suelo. Después de mirar en el patio y hacer las primeras conjeturas Landy pensó en un primo que vivía cerca y llamó  por teléfono a su casa, pero el primo no estaba, hacia un par de días que se encontraba en Cárdenas.

Salimos a la calle,  mire el reloj y eran más de las diez, el perfume de los galanes de noche estaba en el ambiente de aquella cuadra tranquila en el reparto Bahía. Miramos las casas de los vecinos, repasamos otra vez todas las posibilidades de subir  por la pared exterior hasta la habitación en donde estábamos, pero no conseguimos una explicación lógica. Regresamos a la casa y seguimos charlando, a los veinte años nadie se inquieta demasiado por un espíritu, quedaba la posibilidad –algo improbable- de una broma.

En aquella época nos veíamos con frecuencia.  Un mediodía, al terminar la misa,  Landy nos comentó que se iba muy pronto para España. No nos sorprendió, la mayor parte de los amigos de entonces se dividían básicamente en dos grupos: los que podían irse y los que no podían.

A Landy lo encontré, al cabo de unos años,  en Barcelona;  parecía un lord catalán,  tenía una novia aristócrata y me ofreció conseguirme un trabajo para que me quedara. Cuando partí  hacia Valencia en cumplimiento de mi itinerario fue a despedirme con su novia, se movía a sus anchas en aquel mundo, en aquella ciudad hecha a su medida.

Ignacio dejó el seminario en el primero o segundo año de teología, al salir comenzó a dar los bandazos propios de los que dejan la vida religiosa  y  tienen que insertarse otra vez en la lucha por la supervivencia, con razón o sin ella quedó resentido con la Iglesia Católica y pasado un tiempo se metió a predicador por cuenta propia, predicaba un día con los pentecostales, otro día con los luteranos, por estos servicios lo proveyeron de un carro y una casa prestada. Lo veía poco pero no perdimos el contacto, quería irse de Cuba a cualquier parte, antes de mi partida quedamos a almorzar un par de veces,  no he vuelto a saber de él.

A Guillermito lo encontré por casualidad en Miami, me alegró mucho verlo, tampoco se ordenó; ahora está casado y tiene un hijo. Le di mi teléfono pero no conseguí que me diera el de él,  eso es algo que ocurre en el exilio, sucede a veces con los que llegaron antes y a veces con los llegaron después.

En estas ocasiones que les cuento, comenté con mis tres amigos aquel suceso de la mano blanca, que buscaba, algo inasible cerca de nuestros pies. Lo curioso del caso es que yo soy el único que se acuerda de aquello, ellos lo han olvidado o acaso lo recuerdan vagamente.  Yo nunca he creído en fantasmas, ni aparecidos, si a algo le temo es a los vivos pero lo cierto es que no me atreví a tocar aquella mano  que entró por la ventana,  que buscaba quizás algo valioso, algo que había perdido para siempre.

 

 

OSDANY

El otro día me enteré de que Osdany había matado a un tipo, en ese momento no supe que decir. Mira que en la Escuela al Campo le metieron galletazos a Osdany, él se hacía el dormido para no responder al ataque. Prevé, Conde y yo nos mirábamos porque nos parecía increíble que aguantara tanto. Era un abuso, pero los adolescentes pueden ser muy crueles y eso éramos: adolescentes, en un ejercicio de supervivencia.

Aunque Osdany también tenía parte de culpa, le gustaba hacerse el del ambiente y andar con los guaposos, los mismos que lo sonaban por la noche y le quitaban la llavecita de la maleta que siempre le colgaba del cuello. Una vez se lo dije “no seas tan comemierda compadre, guarda la llave de la maleta en el bolsillo” pero se puso pesado conmigo y nunca le comenté más nada.

Cuando terminó el Pre no quiso estudiar, para qué iba a estudiar si un posadero o un taxista ganaban más que un médico. Osdany era ratón pero sabía sumar, restar, dividir y lo más importante, sabía multiplicar. Fue entonces que consiguió comprar una plaza de administrador en un Punto de Leche del barrio La Victoria. Lo mismo te vendía litros de leche, que cajitas de queso crema, que una nevera de la lechería, la verdad es que fui a verlo unas cuantas veces y siempre me resolvió.

En tres años de Pre Universitario nunca tuvo una novia, pero en su nuevo oficio de lechero, con los bolsillos abultados, las mujeres se le empezaron a dar. Así se empató Osdany con un puntico de la Victoria que se tranquilizó con él. Así dejé de verlo porque yo me mudé para otro barrio y mi vida siguió por otros derroteros que no vienen al caso.

Nunca más me había acordado de Osdany porque hay etapas de la vida que uno mete en una bruma espesa que suele ser, a veces, mucho más eficaz que el mismo olvido; pero el martes pasado me encontré con un hermano suyo y entonces me enteré de todo.

Resulta que el puntico de la Victoria, ante de empatarse con Osdany, había sido la novia de varios delincuentes. Uno de ellos se les encarnó, el tipo quería volver con ella, los siguió un par de veces y se dio cuenta que Osdany tenía miedo. Desde entonces todos los días se le colaba en el Punto de Leche y le quitaba parte del dinero, después le agitó una gorra en la calle, después una bicicleta. La cosa fue aumentando, la muchacha y Osdany ya no podían ni salir a la calle porque el bárbaro los sofocaba donde quiera que los encontraba.

No sé por cuánto tiempo se prolongó el asunto pero Osdany afiló la punta de de una de las cabillas que usaba para arrastrar las cajas de mercancía, esa tarde no cerró con prisa el Punto de Leche, se quedó esperando a que el hombre llegara. El hombre llegó y Osdany le dijo bajito “tú no me vas a joder a más”. Le metió la cabilla por el estómago, el tipo pujaba por sacarse aquel hierro de la barriga pero Osdany aguantó duro el arma y mirándolo a los ojos esperó a que muriera. Después se fue a la casa, se dio una ducha y cuando llegó el patrullero a buscarlo se entregó. Todavía está preso porque se complicó allá arriba y tiene varios muertos.

Aunque parezca extraño no me asombra lo que pasó, siempre tuve un mal pálpito con él, nada es más peligroso que un hombre sin carácter. Me despedí de su hermano y creo que le dije lo siento. Esa tarde sentí que en cierta forma algo malo me había sucedido; yo también, una noche de Escuela al Campo, le metí un galletazo a Osdany.

 

 

LOS CANDADOS SE ABRĺAN

Un gnomo nunca tendrá mejor réplica que el viejo Romelio, comunista desde los años treinta, honrado desde que la comadrona, agarrándolo por sus cortas piernas gritó ¡macho!

Escuchar a Romelio era como leer un libro viejo. Nada le parecía demasiado importante para interrumpir un cuento. Alguna que otra vez, y a su pesar, lo dejé con la palabra en la boca para irme al campeonato de dominó que Yeyo el chapistero celebraba a escondidas en el pañol de los talleres, en esas ocasiones Romelio se preocupaba, sabía que bebíamos ron y que hablábamos más de la cuenta.

Un día nos ordenaron un inventario, cerramos temprano el almacén y al rato de contar y recontar bujías, sin ton ni son me dijo: Cuando yo tenía tu edad conocí a Oscar un famoso jugador del central de mi pueblo. Era invencible en el billar. Los días de cobro, mientras unos lo buscaban, otros le huían. Si alguien se demoraba en la mesa de billar, Canuto el garrotero revoloteaba hasta posarse cerca. Siempre había un verraco dispuesto a que lo limpiaran.

Oscar y Canuto ganaban en tiempo de zafra el dinero que les daba la gana, porque entre otras cosas siempre hay un vivo y siempre, óyeme bien, habrá un bobo. Eso me suena a cadena ecológica, le comenté sin hacerle mucho caso, en lo que él se pasaba la lengua por la comisura de los labios.

En tiempo muerto, continuó narrando, se apareció en el batey un hombre de La Habana. Por los estragos que causó se supo que era un profesional. Desplumó a cada contrincante, sólo faltaba Oscar. La gente del batey presumía la venganza, muchos habían perdido todo lo que tenían para terminar el año y esperaban el momento en que los dos hombres se enfrentarían. Al fin llegó la deseada tarde y el forastero hizo una apuesta grande, la más grande que muchos habían visto en su vida.

En el bar no cabía nadie más, los guardias rurales dejaban su rutina para unirse al jolgorio de las apuestas, los muchachos brincaban para asomarse de vez en cuando a las ventanas. Fue en medio de esa baraúnda cuando el vaso de ron, puesto por algún bebedor negligente al borde de la mesa, se viró sobre el paño. Era el momento de colocar las bolas, en el paño mojado, los cristales de hielo presagiaban una calamidad. La torpeza de Oscar al ordenar las bolas provocó la venida de un gran silencio.

En dos grandes pomos de aceite de oliva se guardó el dinero. Canuto apuntó todos los porcentajes en su aborrecida libreta. Entre los pomos relucientes, repletos de estrujados billetes, entre la duda de uno y la duda de todos, estaban los dos hombres. El forastero hacía gala de una gran parsimonia, conocedor de cuánto vale la paciencia en esos momentos, fumaba un cigarro y se perdía en la contemplación del humo huyendo por las rendijas. El bochorno de la tarde aumentaba los nervios del tumulto, nuestro hombre acariciaba su taco, buscaba algo en la pulida superficie de la madera, de pronto se quedó ensimismado y desoyendo a todos los presentes se acomodó el sombrero y se marchó.

Los rumores corrieron. Alguien atribuyó su actitud inesperada a un revólver en el saco dril cien del forastero. Se habló de un arreglo clandestino y de miedo, se habló también de ondas telepáticas y espíritus quejumbrosos. Canuto el garrotero se maldecía, porque metió a tanto muerto de hambre en las apuestas se le saló la cosa. Y se habló más, y más y no faltaron videntes, ni comadres santiguadoras; hasta el cura del pueblo llegó al bar preguntando por esa historia tan llevada y traída.

A Oscar nunca más lo volvimos a ver. Se llevó sus razones y queriéndolo o no, sacramentó su misterio. Años después, el polaco vendedor de cacharros comentó haberlo visto en Oriente. Dijo que lo encontró en el bar de un pueblo minero. Lejos de cualquier hazaña bebía un trago de Bacardí al caer la tarde. El polaco le habló de las distintas versiones que explicaban su desaparición y saberse presente en las tertulias de las comadres le causó risa. Había ahorrado algo en esos años de limpiar jornaleros y … la probable confesión se quedó suspendida en la danza sin límites del aura. Agradeció al polaco por contarle, pagó los tragos, montó en su caballo y se fue.

Romelio volvió a pasarse la lengua por los labios, en esta pausa finalizó el relato. Sabía que los cuentos con moraleja me fastidiaban y esta vez esquivó la tentación de los consejos dejando un final abierto. Su maliciosa mirada de niño viejo y una beligerante cadencia al narrar me habían descuidado de toda prisa, quise preguntarle más sobre los personajes de su historia, pero no dio chance, los comentarios serían otra vez. Después del cuento se concentró en mostrarme cuán fácil era abrir el candado del almacén con un gancho de pelo.

Unos días antes, el gnomo había encontrado en mi buró unos papeles comprometedores –en Cuba suelen serlo un ejemplar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y unos recortes del Miami Herald-. Pensé: Romelio lo va a decir en el núcleo y esto va a ser mi fin. Había transcurrido una semana y no hablábamos del asunto, yo llevaba unos días con el cuerpo cortado y el gnomo estaba raro. Por un momento pensé que entendía la razón de la historia: un jugador desafía su propio juego y desaparece, quizás me estaba dando un tiempo y si pedía la baja no habría males mayores, “otro muchacho que se aburrió y se fue” sería la explicación. Al rato, cuando la anécdota y la disertación sobre burlar candados se apagaban en la rutina del día, el gnomo se esfumó.

El imperioso sueño de las tardes sin término me vencía otra vez, creo que habré dormido un par de horas, quizás tres, me despertó ese calor pesado que sueltan las tejas de fibrocemento. Después de bostezar y estirarme como corresponde encontré que los papeles estaban otra vez sobre mi buró. Nadie indagó sobre ellos y la idea de que lo sucedido podía ser una estrategia me asomó a la vergüenza.

En las tardes, cuando no viene nadie al almacén, los relatos de Romelio regresan. Al llegarle la jubilación me confesó su pesar por dejarme con “tanto” trabajo. Lamentaba también, y eso no me lo dijo, dejarme sin historias. Sus resabios marxistas le impedían obsequiarme algún talismán y yo hubiera guardado con gusto cualquier recuerdo suyo. Uno de los hijos vino a buscar sus cosas, su taquilla sirvió para guardar papeles viejos, después de su partida me dejaron solo en el almacén y descubrí que el viejo tenía razón, aquellos candados no servían de mucho, se abrían con un gancho de pelo.

LAS PALOMAS

En el vecindario nadie recuerda quién trajo la dichosa costumbre de criar palomas. Balcones y azoteas constituyen los estratégicos soportes para las cajoneras, ahí se guardan los “bichos”, los “monstruos”. Los “bichos de cría” se mantienen casados la mayor parte del tiempo, ellos dan los pichones que en unos pocos meses ya están al robo. Hembras abiertas para robar los machos, machos al robo para traer hembras, pero a veces no basta que un animal bien entrenado traiga a su ocasional consorte, el palomero tiene que ayudar a que entre; en esta ayuda se evaporan los turnos de clase para algunos, para otros el trabajo. En el afán de “partir algo” comienzan las acrobacias, el bicho hace lo suyo pero la habilidad del palomero cuenta, saltar sobre el vacío de algún respiradero, correr por las cornisas, halar a tiempo el lazo, a cada rato se estremece el suelo porque cayó un ladrillo o un pedazo de alero, a veces porque cayó un muchacho.

En el barrio todos estaban para partir al palomo azul de barras negras, cogerle a Evelito su animal era una forma de consagración, además el azul no da tregua, por cada tarde que sale a volar hay una hembra en la buchera. El azul no coge celo, se pasea por los palomares, no cae en las trampas, no entra por las gateras, al fin algo se lleva. Todo fue bien hasta que empezaron a caer una tras otra las hembras de los Cumbá. Nadie se atrevía con el palomar de esos negros porque eran muchos; los cuatro hermanos tenían su historia y nadie quiere complicarse tanto, pero Evelito también vivía lo suyo.

Las tardes de julio son excesivamente calurosas, parece real la fragmentación del concreto, los bodegueros tratan de escapar y el mostrador en cotidiana burla se ensancha un poco más, la calle es crónica de cotidianas tragedias y el sol se ríe de la ingenua resistencia del asfalto. Evelio y los Cumbá llegaron al unísono, contaban con la imparcialidad de los transeúntes, era el barrio, nadie podía meterse.

Los Cumbá eran cuatro, había que emparejar; a ambos lados de Evelito se situaron Chachi Bencomo y Luis el pelotero, en solo unos instantes iban a transitar por los senderos de sus propios destinos. Cuando terminen, la vida los tratará de a hombre.

No había cuadre posible, se intercambiaron los insultos de siempre, las palomas no se devolverían. Los Cumbá dejaron de reclamar lo suyo, querían otra cosa. Evelito lanzó el escupitajo, se fueron a las manos… Alguien bajó del solar con un bate, una manguera, una cadena, no querían parar. Se dieron con sus vigorosos dieciocho o diecinueve años, se dieron muy duro. La policía llegó cuando debían llegar las ambulancias, la madre de Evelito, asustada, traía varios carnets de identidad en las manos. Al mayor de los Cumbá se lo llevaron inconsciente, un ojo le colgaba, se veía feo el negro, más que feo. Se podía decir que estaba muerto. A Luisi el pelotero le dieron un batazo, salió con la clavícula zafada – que ironía- le dieron con un bate al pelotero. Los demás, bien magullados, irían a entretener al personal de Emergencias.

Para las palomas nada es más importante que el cielo. La tarde se disfraza de tonos rosas, de pausados violetas, el barrio ha cambiado, hay puertas cercenadas, verjas que subrepticiamente cambiaron de lugar: aventuras de nuevos Dédalos, esta vez  naturales de Guantánamo. El barrio no es el mismo, la ciudad no es igual, es verdad que puedes besarla si se te antoja, pero peligras bajo cualquier balcón, aún así te encantan con sus fachadas los viejos edificios casi en ruinas y no deseas marcharte porque allí nadie es nadie y sin embargo todos te conocen y te saludan.

A la madre de Evelio en tanto ir y venir se le torció el tobillo, “voy a la Unidad” me dijo y era tan lastimoso su estado que venciendo mi fobia policial la acompañé. Evelito y Chachi quedaron detenidos, Luis el pelotero debía esperar por el ortopédico de guardia en el hospital. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero al mayor de los Cumbá sólo le queda esperar por el forense, no hay remedio, el muerto, muerto está. Sus hermanos se recuperan en una sala del hospital, ya saben y callan.

Por casi media hora esperamos al oficial de guardia, apareció secándose el sudor y se dirigió a la carpeta. En la Unidad hay que hablar despacio, mover poco las manos; entregamos los carnets y el oficial quiso saber quién comenzó la bronca; la madre de Evelito le explicó, el guardia nunca nos miró a la cara. Por suerte otro oficial que estaba allí era del barrio y dejó que pasaran un jarro de café y unos cigarros. La secretaria levantaba el acta, la palabra homicidio quedó escrita. La madre de Evelito sacó de un maletín las palomas, aún así era bonito el azul de barras, era noble su color entre los mármoles grises de la carpeta, del mismo bulto salieron la ceniza buchirroja, la mosaica, la negra aliblanca, aunque atontadas se dejaron cortejar por el azul todavía entre mis manos. “Todo por esa mierda” comentó el oficial y por primera vez me miró a los ojos; la secretaria se rascó la cabeza y la madre de Evelito lloró. Yo mismo recogí las palomas, el acta concluida quedó en el mostrador de la carpeta, me acerqué hacia la puerta, el guardia de la posta me miraba, las fui soltando una a una, en el aire no tienen dueño y puede parecer un tanto absurdo pero en el barrio a veces se mata o se muere  por ellas.

MONSEÑOR JAIME

Mi primer recuerdo de Monseñor Jaime Ortega es de una Pascua Joven que se celebró en Peñalver, yo era un adolescente de unos quince o dieciséis años que se preparaba para recibir la primera comunión y me impactó la vehemencia de aquel hombre que estaba preocupado porque los jóvenes se esforzaran no solo en ser buenos estudiantes sino excelentes, porque Dios quería nuestro mayor esfuerzo en todos los órdenes de la vida, porque debíamos predicar con el ejemplo y testimoniar a Cristo desde la coherencia de nuestras vidas. Fue la primera vez que escuché a alguien hablar de la excelencia desde una perspectiva diferente a la muy manida excelencia “revolucionaria” y aunque han pasado muchos años no he olvidado la impresión que me causó aquella charla.

Poco tiempo después, al finalizar el ENEC, comencé a frecuentar la Catedral de La Habana, una iglesia que terminaría por ser mi comunidad parroquial durante varios años. Monseñor Jaime con frecuencia celebraba allí la misa dominical y presidía las grandes celebraciones litúrgicas. Fue, en todo momento,  muy cercano y cariñoso con nosotros, un grupo de muchachos que se podía contar con los dedos de una mano, tratando de sobrevivir en un ambiente que poco o nada tenía en común con los valores esenciales del cristianismo.

Monseñor Jaime siempre tenía tiempo para nosotros y era algo habitual pedirle una entrevista, una charla formal que normalmente derivaba en una larga conversación de la que salías entusiasmado. Creo que ese ha sido uno de los grandes méritos del Cardenal, la permanente invitación de mirar a lo lejos y a lo alto, contagiando la alegría del resucitado en un mundo en el que la muerte parecía poseer la última palabra.

A Monseñor Jaime le gustaba que la liturgia estuviera cuidada, que todo se hiciera con la mayor solemnidad, pero nunca expresó enojo alguno con nuestras torpezas en el altar, que dicho sea de paso no eran pocas. Creo que el Cardenal veía en nosotros algo más de lo que éramos, tenía la voluntad y la ilusión de ver aquello que podíamos ser, de desear lo mejor para esa juventud que se malgastaba en un mundo sin oportunidades. Dentro de sus estrechos márgenes de acción ha tratado, durante todos estos años, de crear oportunidades para la juventud y esa ha sido una preocupación constante de su episcopado.

Monseñor iba a la Catedral durante la Semana Santa para las confesiones, se quedaba en el confesionario por varias horas, escuchando a los penitentes en actitud de profundo recogimiento. Era indudable que disfrutaba de su vocación, no había inquietud ni prisa en aquel hombre.

El mayor amor del Cardenal ha sido la Iglesia, creo que ha querido el bien de la Iglesia y de la Patria desde una integridad moral que está fuera de dudas. Su pasión y energía por conseguir el mayor bien posible lo ha llevado a posiciones y pronunciamientos que no han estado exentos de polémica, yo he mismo he sido crítico con algunos de ellos y los he lamentado. El tiempo juzgará lo que pueda ser juzgado con la justicia de los hombres.

Siempre recordaré al Cardenal como el muchacho que fui y siempre le agradeceré todo lo que hizo por mí como el hombre que soy. Ha sido una de las personas que más ha influido en mi vida con su testimonio y su magisterio, con sus aprobaciones y sus regaños, algunos merecidos y otros no tanto, pero dados en todo momento desde la magnanimidad de un hombre que ha seguido a Jesús con firmeza, soportando el peso de una responsabilidad que pocos querrían.

En el momento en que escribí estas líneas Monseñor Jaime afrontaba la enfermedad que ha terminado con su vida en la mañana del pasado viernes, he rezado mucho por él desde que supe lo grave que estaba, es lo menos que podía hacer por el hombre que fue mi pastor, mi mentor y mi amigo. Estoy seguro de que mirará por nosotros con la generosidad que siempre lo caracterizó,  estoy seguro de que nuestra amistad no se romperá nunca y el recuerdo agradecido por su existencia me acompañará mientras dure la mía.

SOBRE LA EQUIPARACIÓN Y EL OLVIDO


Conducirnos hacia la equiparación y el olvido ha sido uno de los mayores éxitos del comunismo isleño. Al escuchar a mis compatriotas aquí en Miami compruebo que muchos de ellos son víctimas del síndrome de la Mesa Redonda, ese engendro publicitario blasonado por Randy Alonso.

La lluvia ácida del “sistema” ha logrado convencer a muchos cubanos de que “esto es igual que aquello”, poniendo en igualdad de condiciones a la más exitosa de las democracias con la más longeva de las tiranías familiares. Lo han conseguido con el férreo control de la información, la educación y la cultura durante décadas. Los cubanos no vimos el alunizaje de la Apolo XI, ni pudimos disfrutar las imágenes de un mundo que cambiaba al ritmo de los Beatles y nos creímos el cuento, al menos por unos días, de que en Granada, la islita caribeña que estrenaba aeropuerto para la subversión y el narcotráfico, los soldados cubanos habían muerto, abrazados a la bandera, en heroica resistencia ante la intervención americana. Todavía me parece escuchar a Manolo Ortega en compungida oratoria mientras el coronel Tortoló corría hacia la embajada soviética.

Nada lo ilustra mejor que el viejo chiste sobre el encuentro de Napoleón y Fidel en el más allá:

“Emperador, le admiro, si yo hubiera tenido su caballería la victoria socialista en América Latina sería un hecho”

“Comandante, yo le admiro más, porque de haber tenido el periódico Granma los franceses no se habrían enterado nunca que perdí en Waterloo”

La información es poder y los comunistas lo saben, por eso han mantenido un absoluto control sobre los medios, limitando el uso de la internet hasta donde han podido. En cualquier caso el éxito es inmenso, porque han logrado convencer a una ingente cantidad de cubanos de que los males del comunismo y las democracias liberales son equiparables; una percepción que se acrecienta entre los exiliados de hoy ante la necesidad de sobrevivir en una realidad para la que no han sido entrenados. Hay varias frases del argot popular que resumen este sentimiento, pero sólo voy a citar dos de ellas: “Esto es el comunismo sin libreta” y “Vinimos para la Yuma, pero esto es la llama”. La primera es absolutamente falsa, la segunda evidencia la realidad de que la libertad es hermosa, pero quema, porque la meritocracia ofrece grandes oportunidades, pero solo a partir de la honradez, la superación y el trabajo.

Es cierto que el capitalismo no es el Edén, hay políticos que se corrompen, empresarios que se corrompen, periodistas, artistas, médicos y mucha gente ordinaria que se corrompe, pero también es cierto que hay mecanismos para denunciar y controlar la corrupción. Es cierto que se cometen injusticias, pero existe el modo para reparar muchas de ellas y aunque el sistema legal no es perfecto ofrece las garantías necesarias para que recurramos a él en vez de huir o tomarnos la justicia por nuestra mano. Es pernicioso repetir el mantra de la equiparación, porque una mentira que se repite no se convierte en verdad, pero hace mucho daño.

Con la equiparación o junto a ella, el control de la información ha conseguido  algo que quizás es peor, acelerar el inevitable olvido. El olvido de las víctimas es el mayor triunfo de la tiranía y la más dañina consecuencia de sus crímenes, porque al olvidar soslayamos la naturaleza criminal de ese régimen y su doctrina.

Las víctimas han sido olvidadas y en muchos casos equiparadas a sus victimarios al atribuirles alguna culpa, alguna responsabilidad que las hace merecedoras del castigo recibido. No imagino que cosa puede ofender más y aunque entre nosotros es visible el cansancio que nos hace evitar estos asuntos, no me voy a callar verdad alguna, ni memoria, que contribuya a la eliminación de esa desgracia que padecemos. Una maldad que ha hecho un daño inmenso a los cubanos y que es preciso liquidar cuanto antes.

LOS OBISPOS Y EL REFERÉNDUM

Los obispos de Cuba se han pronunciado, el texto constitucional no les gusta, al fin y al cabo el paripé legislativo es más de lo mismo, una maniobra dilatoria para la perpetuación del comunismo isleño. El marxismo-leninismo, esa ideología del terror y la miseria, seguirá rigiendo el destino de la nación, “solo en el socialismo y el comunismo el ser humano alcanza su dignidad más plena”, la revolución de los Castro tiene sus dogmas, no importa que la realidad los contradiga, la realidad no importa cuando se vive en un mundo de privilegios y opulencia.

Los obispos no han querido tragar esta nueva dosis de jarabe totalitario e insisten en que “la pluralidad debe ser salvaguardada en la constitución”. En realidad, esta constitución no salvaguarda nada para los cubanos, no salvaguarda los derechos fundamentales recogidos en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, ni recoge reconocimiento alguno a la diversidad de opinión política, ni ampara la libertad económica y de inversión en igualdad de condiciones con los extranjeros.

Tampoco ha convencido a los obispos la nueva definición de matrimonio del texto a refrendar, porque “Si bien en el nuevo texto se ha eliminado la definición de ‘matrimonio como la unión entre dos personas’, lo cual apreciamos (…), en los artículos 81 y 82 del texto actual se abre el camino para que, en el futuro, se reconozca como matrimonio la unión de personas del mismo sexo con todas sus prerrogativas”. “Según la definición de familia que aparece en los artículos citados se introduce la posibilidad real de que, en las leyes complementarias posteriores, no se respete el sentir y la voluntad expresada mayoritariamente por nuestro pueblo, la cual ha defendido la institución del matrimonio como la unión entre un hombre y una mujer”. Y por supuesto, ni hablar del derecho de los padres a escoger la educación de los hijos.

Nadie debe de extrañarse, todo esto tiene sentido en la lógica totalitaria, la Revolución no es otra cosa que un mal, una maldad sangrienta que se resiste desaparecer. Lo que ganaron matando no lo van a soltar por las buenas, el poder es una posesión, un feudo.  No hay avance en el respeto a ningún derecho, ni político, ni económico, ni religioso. Los obispos lo saben y le recuerdan al régimen “que la libertad de practicar la religión propia no es la simple libertad de tener creencias religiosas, sino la libertad de cada persona a vivir conforme a su fe y de expresarla públicamente, teniendo por límite el respeto al otro.”

La libertad es el peor de los asuntos para el régimen comunista, los obispos han invitado a votar responsablemente y según la propia conciencia. Ellos, a plena luz del día, han corrido el riesgo de escribir una carta pastoral que desaprueba esta propuesta constitucional. Los católicos cubanos tienen una valiosa oportunidad de decir NO en la consulta, es hora de que los carceleros sepan que el número de hombres y mujeres libres va en aumento, en estos días de franca incertidumbre para los tiranos las cifras de la libertad tienen peso.

AIDITA Y EL CHE

Aidita y el Che

Aidita siempre me decía que el Che era un asesino, yo iba hasta su casa en la calle Espada para pelarme porque en la Habana hubo un momento que no había barberos y a Lope el Palomero, mi barbero de siempre, le había dado un infarto.

El Che Guevara le mató el primer novio a Aidita, está de más decir que no podía ver al “guerrillero heroico” ni en pintura. Afortunadamente, Aidita estuvo varios años sin visitar mi casa, así no pudo ver cuando quitaron el Sagrado Corazón de Jesús y pusieron un afiche del Che. Yo me di el gusto de botar aquella foto años más tarde, de colocar otro Corazón de Jesús en la sala, aunque este no era tan lindo como el otro, que se deshizo de viejo en la humedad de un armario.

Aunque a Aidita la gente no le hacía mucho caso, yo le creía. ¿Para qué iba a inventarse aquella historia? ¿Para qué iba a contármela? Rodeada por sus gatos, mientras me daba los cortes en la patilla con una navaja, hablaba a veces de su primer amor, con ira todavía y desconsuelo. El difunto Bobby era chofer de un patrullero, lo fusilaron en los primeros días, sin el debido proceso, como a todos. Puede que Bobby cometiera algún crimen, puede que no. El Che fusiló a muchos que eran inocentes y a otros cuyo único delito fue rebelarse ante el nuevo orden que se avecinaba, son crímenes que están documentados por instituciones y libros, son crímenes a los que nadie hace caso.

A veces me pregunto qué haremos con la estatua del Che cuando se caiga aquello, en Rusia hay estatuas que nadie quiere, pero al estar protegidas por las leyes que amparan a los monumentos no se pueden destruir; puedes comprar una cabeza gigante de Lenin y ponerla en tu patio, pero está prohibido convertirla en relleno para una cancha de tenis, lo mejor del comunismo son las herencias que deja. Aidita me confesó lo que haría con la estatua del Che que está en Santa Clara, la fundiría para hacer un tibor, estoy seguro que al tibor de Aidita no le faltarían usuarios, yo el primero.

Lo más grave de cualquier porvenir no es el destino de las estatuas candidatas a tibor o a gravilla, sino el olvido que confina a las víctimas. El olvido agravado en el tiempo, que las va relegando con fortuna a algún párrafo compartido con sus victimarios. No es ese el olvido que ayuda a sanar las heridas, es la arrogancia de pensar que el presente lo realizan sólo los vivos.

Aidita sigue en Cuba, nunca fue cederista, ni de la FMC, jugaba a la bolita, ponía La Voz de las Américas y Radio Martí a todo volumen, no tenía miedo de meterle un escándalo a la del Comité. Desde siempre ha vivido de sus oficios: costurera, barbera, zapatera; siempre al margen de la ley, siempre en Cayo Hueso, en la misma cuadra y en la misma casa. Dos de sus hijos están en Miami, pero en la Oficina de Intereses no le dan la visa para venir de visita. Ella me ha dicho que no se va a quedar y en esta ocasión también le creo, como muchos cubanos va esperar en Cuba su oportunidad. Sus hijos la quieren aquí, pero yo comprendo que no se quiera ir, ella ha esperado durante mucho tiempo para ver el final.

Yo, como Aidita, también creo que aquella dictadura un día ha de terminar terminar, ayer mataron a Zapata Tamayo, mañana matarán a alguno más, pero al cabo de 51 años todavía hay gente que no se resigna a huir, gente que lleva años soñando con derretir la estatua de Ernesto “Che” Guevara, para acabar con la maldad y sus símbolos, para vivir en paz.