EL BRONCE VALE

El bronce vale

El Bolo no sabía que su lema “la plusvalía es mía” lo convertiría en un adelantado a su época, una suerte de gurú tropical entre tantos que luchaban la “estilla”. Conocí al Bolo en la casa del Nene, allí nos reuníamos con el mulato Mejía que también trabajaba en la chatarra, allí jugamos dominó alguna vez y hablamos hasta muy tarde de política, de religión y de mujeres -que son las cosas de las que hablan los hombres- entonces no sabíamos que el Nene era chiva, eso lo supe yo pasados los años pero supongo que Mejía y el Bolo lo supieron antes.

El Nene caray, María Elena su difunta madre era una santa que lo crió gusano hasta que lo torcieron en las clases de karate, el niño tenía que defenderse, el niño tenía que aprender karate y allí lo captaron, lo embarcaron con historias de heroicos compañeros chivatones que terminaron por convertirlo en un chivatón a secas, nadie me lo dijo, pero yo estoy seguro que fue allí porque en casa del Nene eran gusanos.

A pesar de los espasmos revolucionarios del Nene la pasábamos bien en su casa, en las tandas de dominó supe cómo era el negocio de la chatarra. Era simple: pasaban los mismos hierros por la pesa varias veces y compartían las ganancias con los pocos particulares autorizados para recoger materia prima, el Nene solo sabía decir “ustedes están locos” y el Bolo y Mejía se reían. Con el tiempo el negocio aumentó, sacaban la chatarra de la base en camiones del gobierno, la transportaban para la finca de un chatarrero particular conocido como el Guajiro, de allí la sacaba el Guajiro en su propio camión y volvía a la base a vender la misma chatarra una y otra vez.

El negocio iba en grande y ya Mejía y el Bolo no iban casi nunca a casa del Nene pero me invitaron alguna que otra vez cuando alquilaban casas en la playa. Cuando nos veíamos, el Bolo siempre me preguntaba de qué hacían las estatuas: “de bronce Bolo, las estatuas las hacen casi siempre de bronce, no me jodas más con las estatuas” le respondía riéndome. “El bronce vale Eduardito, el bronce vale” era su frase cuando soltaba alguna “gorda” que lo traía loco en la data, me pegó esa expresión que todavía se me escapa cuando el juego de dominó está caliente y suelto el doble nueve.

Una tarde cuando caminaba hacia la bodega para comprar un saco de chícharos para las palomas vi a la mujer del Bolo saliendo de casa del Nene. No llegué a pensar mal porque el Nene no es de los que se acuestan con las mujeres de los amigos, aunque ya era chivatón y yo no lo sabía. Al rato, el mismo Nene bajó a la bodega, lo saludé y me contó lo que había pasado. Por la mañana, después que entraron todos los trabajadores de la base de recuperación de chatarra, llegaron tres camiones de policías y varios carros del DTI, después se aparecieron unos compañeros del Grupo de Apoyo del Comandante en Jefe, esto último lo dijo con cierta solemnidad. ¿Y qué pasó compadre? Interrogaron a todo el mundo, andaban buscando algo. ¿Qué cosa Nene? Eduardito: el Bolo se robó las patas del Che y las picó en pedazos, un Che gigante que quieren poner en Santa Clara, también se llevó la canana, la pistola y las balas.

Me quedé pasmao, el Bolo se atrevió por fin a facharse una estatua, una inmensa estatua del Che con la idea de venderla indefinidamente en la base, bronce, puro bronce reciclado hasta la jubilación. El Nene siguió contando que el Bolo, con Mejía y otro más que le decían Mula Vieja se metieron en una fundición a recoger desechos, vieron las patas del Che que las tenían tiradas por ahí, el Bolo embulló a los otros con aquello de que “el bronce vale” y se llevaron también la canana, la pistola y las balas de bronce. Cargaron con todo, en el mayor camión grúa que había, para la finca del Guajiro y allí lo dejaron para picotearlo con el oxicorte. Se pusieron fatales, el Comandante quiso saber cómo iba la estatua y…

Dicen que rodaron cabezas a todos los niveles. Al final los perros estrecharon el cerco y en 48 horas todos estaban presos, el Nene me contó que Mejía y el Bolo estaban tranquilos cuando los esposaron, a Mula Vieja tuvieron que sostenerlo porque se caía cuando vio las esposas. Nunca más he sabido del Bolo, ni de Mejía. Del Bolo me quedé con sus frases “la plusvalía es mía” y el “bronce vale”.

Al Nene lo seguí viendo en el barrio porque era mi socio, nadie sabía entonces que era chiva, no creo que tuviera que ver directamente con el escache del Bolo y de Mejía. Lo que me hizo a mí fue años más tarde, pero se lo perdono porque bastante tiene con ser un mierda, además la difunta María Elena, su madre, era una santa y me quería mucho, sé que vela por su hijo desde el cielo, a lo mejor desde allí logra salvarlo, al fin y al cabo ella no tiene la culpa de que le torcieran el camino a su niño, en el karate.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

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