MANOLITO EL BIZCO

Manolito el bizco

Daniel el gordo, Argudín y yo le dijimos a Manolito el bizco que el cometa Halley iba a chocar con la tierra; al otro día Elodia, su mamá, nos andaba buscando porque el bizco no quería salir de la casa de lo asustado que estaba. Tuvimos que ir a verlo y asegurarle que el choque iba a ocurrir dentro de tres mil años y en tres mil años él ya estaría muerto, entonces el bizco salió otra vez pero miraba el cielo con desconfianza.

El bizco era así, y nosotros lo fastidiábamos con cualquier cosa, pero no era un trajín, si el bizco se berreaba había que correr porque era un mulato grande, con los brazos y las patas largas. La madre de Manolito el bizco, Elodia, era una negra fina, con peluca y tacones todo el tiempo, el padre se llamaba Manuel Ortega y era un hombre severo, muy callado, que había sido chófer de una patrulla en tiempos de Batista. En la cuadra muy poca gente conocía esta historia, yo lo sabía porque mi tío Rubén fue su compañero y vivía en Miami desde el sesenta y pico.

Ortega siempre me saludaba y me decía cuídame a Manolito. Tú le caes bien al viejo me decía el bizco y yo sabía que era verdad. Los Ortega me conocían desde que nací, como se conoce la gente en los barrios y en los pueblos. Cuidar a Manolito no era tarea fácil, una vez nos fuimos al zoológico y el bizco comenzó a tirarles piedrecitas a los cocodrilos que parecen estar quietos. El bizco cada vez se inclinaba más para tirar las piedras con su estatura larga y sus espejuelos fondo de botella se le resbalaban, no sé cómo pero un cocodrilo saltó y yo ví que la boca del animal se cerró cerca de las manos del bizco, le metí un halón por la camisa y él todavía trataba de fildear sus espejuelos de palo.

¿Manolito y tus espejuelos? preguntó Elodia que estaba en la bodega cuando llegamos, se le cayeron en la jaula de los cocodrilos dijo Daniel el gordo que vino todo el viaje llorando de la risa. No fue la única vez que se perdieron los fondo de botella de Manolito, hubo que bucear en el Malecón y explorar los terrenos de la Montaña Rusa en el Coney Island hasta que decidió amarrárselos con un cordón y entonces las pérdidas fueron menos frecuentes.

Los Ortega vivían con sigilo porque el viejo Manuel, además de tener su pasado, hacía zapatos. A veces se sentía el olor de la cola y el bizco entraba a avisar a su padre para que cerrara la ventanita del taller clandestino. El azar y la Reforma Urbana le colocaron a la Rubia segurosa frente por frente, en unas accesorias donde también vivía el chivatón Arsenio con su querida. Pero Arsenio nunca se encarnizó con los Ortega, la Rubia en cambio no los soportaba, ella venía con su traje del MININT en la tarde y el bizco, que siempre estaba sentado en el quicio de su casa a esa hora, la veía llegar y la miraba con las pupilas dilatadas de asco.

La Rubia sabía que era el bizco quien le escupía la puerta dejando unos gargajos que emulaban la densidad de la Via Lactea. El bizco sabía que por culpa de ella les habían metido un registro en la casa, por suerte el viejo Ortega se olió el pase y logró sacar antes los rollos de piel y la garrapata.

Al bizco le gustaba la música y bailaba bien, me tenía loco con la música disco, al fin Ortega y Elodia, que buscaban los pesos debajo de la tierra, le regalaron una grabadora cuando cumplió los dieciséis, desde entonces el bizco pasaba todo el día con la música puesta y nos llamaba cada vez que grababa un cassette.

Una tarde, mientras el bizco tenía a todo meter la grabadora tocaron a la puerta, eran el jefe de sector y la Rubia. En ese mismo momento llegó Ortega, todo era por la música pero el viejo pensó que era un registro, se puso muy nervioso y regañó a Manolito delante de todos. Al poco rato se sintió mal, llamaron a Isabel, la enfermera que vivía en la esquina, ella le tomó la presión y comenzó a gritar que buscaran un carro. No llegó al hospital, se murió antes, yo alcancé a verle por la ventanilla.

Llegamos a la funeraria como a las ocho, el bizco había buscado una silla y estaba de espaldas mirando a la pared. Elodia me dijo que no se había movido de allí en todo el día. No me atreví a acercarme, Daniel el gordo y Argudín tampoco se atrevieron. En el entierro vi que lloraba con los puños cerrados, eran casi las once cuando salimos del cementerio.

Al día siguiente no vimos al bizco, ni al siguiente, ni al otro y casi pasó una semana sin que lo encontráramos, el Lunes me llené de valor y fui a verlo, le dije que saliera, que el cometa Halley regresaría en tres mil años, sonrió sin ganas pero me abrió la puerta, hablamos un rato y a modo de despedida me prestó unos cassettes que me gustaban.
El bizco no volvió a poner la grabadora, de vez en cuando salía con nosotros pero siempre estaba en otra parte, con el tiempo él y Elodia se fueron a vivir al Vedado porque ella le limpiaba a una señora mayor que estaba sola y cuando la mujer no pudo valerse la cuidaron entre los dos para que les dejara la casa.

Elodia le dejó la casita ¨de toda la vida¨ a una prima suya, ella se daba su vuelta por el barrio a visitar la prima, pero después de la muerte de Ortega parecía un fantasma. El bizco se quedó en el Vedado, supe que al fin le pusieron lentes de contacto, nunca más regresó a visitarnos.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

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