ELOGIO DE LA ABUELA

Elogio de la abuela

Los patios de Miami esconden sus matas de orégano, ají cachucha y otras hierbas. Te sorprenden aquí olores viejos, el pasado regresa cuando encuentras un aroma perdido. El olor del orégano fresco me lleva a una azotea de lozas rojas y a un cielo azul que siempre estaba a mano. Bajo el tanque del agua cultivaba mi abuela sus matas, y el tanque que se desbordaba a cada rato las refrescaba. Ahí tenía cintas, mantos, helechos, en un jardín urbano, minúsculo, al amparo del sol por el capricho de una arquitectura sin nombre.

Yo disfrutaba alcanzarle un ramito de orégano, ella al fin me peleaba porque siempre le traía el ramito pegado a la nariz. Con un poco de ají, laurel, orégano, ajo y cebolla, azúcar, sazonaba mi abuela el festín de unos frijoles negros. Los frijoles de Tito, como le decían, eran famosos en la familia.

Para mi abuela la cocina era su feudo particular e inaccesible, no dejaba que nadie entrara en ese recinto porque según ella “le gastaban las cosas”; y es que para lograr tres comidas diarias debía combinar con mucho acierto la austeridad y el milagro. El milagro de tantas madres y abuelas en Cuba: cocinar cada día, mantener la casa y la ropa limpias, hacer habitable el hogar en medio de una pobreza extenuante que hoy raya en la miseria.

Mi abuela se tomaba el domingo libre, a veces iba a misa, siempre sola, y a veces nos llevaba de paseo a mi hermano o a mí. Le gustaba pasear, visitar la familia, mirar las tiendas vacías que aún conservaban algo de su antiguo esplendor. Cuando me fui de Cuba sabía que no la vería más. El día que murió no pude evitar la amarga sensación de haberla abandonado.

Me cuenta mi madre que pasaba los días rezando un libro de oraciones que le compré en el Cristo del Buen Viaje. Mi madre, más de una vez le preguntó por quién rezaba y siempre le decía que por los niños. Rezaba por nosotros, dispuesta a cuidar de los demás hasta siempre. Las últimas veces que hablé con ella noté que estaba lúcida, que la voz le brillaba como los ojos.

En Madrid siempre extrañé¬ los olores de Cuba y alguna vez soñé un aguacero. Ahora, en Miami, redescubro los olores de mi niñez que los patios guardan, en el cantero de casa hay cintas y helechos, tampoco falta el sacramento, al menos para mí, de la mata de orégano.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

Un comentario sobre “ELOGIO DE LA ABUELA

  1. Recuerdo con mucho cariño a tu abuela, Tito como todos le decíamos, como dato interesante recuerdo que nunca usaba trapos para coger los calderos y una vez le pregunté si se quemaba los dedos y me decía que no, que ya estaban curados. Y también recuerdo las matas debajo del tanque de agua en la azotea que era tu feudo. Gracias por este lindo recuerdo.

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