SOLILOQUIO

Soliloquio

Qué será de la vida de Arsenio el chivatón… El otro día soñé que me encontraba con él, estaba en un parqueo en Hialeah cuando de pronto me saludó un sonriente Arsenio, aquello era una pesadilla y no un sueño.

Arsenio el trompeta colgó el uniforme del MININT y se fue en una balsa, en la cuadra nos quedamos locos, vino para Miami y aquí está. Nunca me he tropezado con él y me alegro, pero sé por los socios del barrio que vive en Miami y conociendo a Arsenio debe andar por ahí haciendo de las suyas porque el que chivatea tantos años no abandona el oficio.

A lo mejor es dueño de una agencia de viajes y envíos y el dinero que le mando a la vieja lo cuenta Arsenio, cualquiera sabe quién es quién en Miami. Si me lo encuentro, no le puedo meter ni una galleta porque llama al 911 y tengo que pagarle las vacaciones en Cancún. Si lo veo, a lo mejor lo invito a una frita y a una malta con leche para decirle: ¡Arsenio caray, qué chivatón tú eras mi hermano!, ¿te acuerdas de chevrolet del 52 que te compraste o le quitaste a alguien? Fui yo el que lo abollé, por los noches me subía a la azotea del 510 y le metía a tu almendrón del 52 una tanda de piedras y papas viejas y una pilas de radio que tenían el dibujo de un elefantico blanco, hasta que lo abollé y eso que todavía no habían apagones.

Sé que le va a costar comerse la frita porque él estaba enamorado de su carrito pero yo le diré: traga, toma malta y traga, que lo que nos jodiste daba pa’ abollarte la cabeza y diez carros.

En la Habana de los ochenta se respiraba socialismo eterno, había más de un Arsenio y la arrogancia verde olivo paseaba por las calles. Sabíamos que aquello no servía, pero no sabíamos nada más, yo me encaramaba en el tanque del agua del edificio para ver trabajar mis palomos al robo y la vista se me perdía en el mar. Si vinieran los yankis, si la bahía se llenara de barcos y la Habana de americanos rubios y grandes que le cayeran a patadas a Arsenio.

Creo que tuve mil veces ese sueño y dulces fueron los días de la primera guerra de Irak cuando Sadam perdía a regañadientes en el Granma y en el noticiero. Pero los yankis nunca invadieron y mi socio el Válvula no pudo estrenar una bandera americana que hizo con retazos, y tuvimos que seguir oyendo la cantaleta de los que regresaban del Servicio Militar hablando de la supremacía del armamento ruso, mientras la Unión Soviética se desmoronaba.

Cuando Kennedy embarcó a los cubanos en Girón yo no había nacido, de lo que viví en Cuba los viajes de la Comunidad es lo más parecido a una invasión. Fue en el 78 cuando los “gusanos” regresaron convertidos en “mariposas” con el éxito de la libertad a cuestas y dejaron la isla repleta de preguntas que todavía no tienen respuesta. Era un niño y recuerdo el olor de las maletas que traía mi abuelo, el sabor de los primeros chicles que probé y los relatos sobre su vida en un lugar distinto, donde podías comprar los juguetes en cualquier mes del año y tomarte un jugo de melocotón en el almuerzo.

Los cuentos del abuelo me dejaron una inquietante certeza: vivíamos en el lugar equivocado. Quizás Arsenio compartía en secreto esa certeza, por eso aquel afán de tener un carro y esa fuga en balsa que nos dejó atónitos. Él, aunque enfundado en su escafandra verde, conoció también el descontento que dejaron los viajeros del 78 y conoció el Mariel, la primera estampida de hombres nuevos que no querían ser como el Che.

La última invasión que ha llegado a la Isla es la de los pollos. Los pollos que se venden en Cuba son de Texas y han invadido los mercaditos en divisas. Los turistas románticos y los diputados izquierdistas que visitan la Isla comen pollos yanquis. A lo mejor la sopa que le dan al cadáver de Fidel es de un pollo grande de Ohio.

Los americanos no mandaron sus aviones en Bahía de Cochinos, ni los marines que esperé tanto tiempo, pero ahora mandan pollos grandes que viajan solos, que es mejor que mandar los marines a repartirlos. Seguro que en Cuba hay muchachos decepcionados por esta invasión de pollos pelados, muchachos que esperan ver la bahía cubierta por los barcos del Navy. Nadie lo va a decir, pero yo estoy seguro que muchos lo desean. Es mejor que no sueñen milagros.

El otro día fui a ver al abuelo, tiene el pelo muy blanco y ronda los noventa, no he podido contarle las cosas que pensé después de su viaje, me fui de Cuba en julio del 2000, veintidós años después de su visita. No imagina lo que significó en mi vida su corta estancia del 78, no sabe que es en buena medida el responsable de un anhelo de libertad que, desde entonces, me acompaña siempre.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

 

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