JUANKI

Juanki

Juan Francisco Pulido Martínez, Juanki, prometía un escritor, un brillante escritor. Él vivía en Cinfuegos, la ciudad que le gustaba al Benny, y no quiso votar en unas elecciones que no son elecciones y las barbaridades que por esto le hicieron amargaron su vida para siempre.

Cuando me fui de Cuba llegué a Madrid y trabajaba de noche en un bar de copas, que es algo parecido a una discoteca en donde se bebe más de lo que se baila, un lugar de noches largas y anónimas; un día sonó el teléfono del bar a las tres de la mañana, era Juanki desde Miami, me decía nombretes y reía, lo encontré con el ánimo de una vida nueva, cuanta alegría me dio esa llamada. Después supe que comenzó a estudiar en una universidad, que tenía novia y parecía que la vida le iba a dar un respiro.

Juanki era un niño que escribía como un hombre, un muchacho devoto de Salinger que jugaba a fabular. Si aquellas elecciones no lo hubieran matado hoy estaría embromándonos con la invención de una amante rusa, un loro y una lámpara para leer de noche. Nos diría cualquier cosa y le creeríamos sus personajes de espanto, le creeríamos un dolor que era cierto.

Un amigo común me llamó una noche para decirme que Juanki había muerto, que se había suicidado en su cuarto de la universidad, fue un manotazo duro, un golpe helado, una noche en Madrid que sólo tiene preguntas y plegarias truncas.

Cuando le dieron la visa me alegré, si seguía en Cuba iba a tener más problemas, él no soportaba el sistema y el sistema no lo soportaba, Juanki partió al fin y todos los que le queríamos respiramos aliviados. Unos días antes preferí no publicarle un cuento en la revista Espacios, no se enojó conmigo, él ya tenía suficientes problemas y yo tenía los míos. Unos meses antes de marcharse ganó un premio literario en Vitral y en la misma revista le publicaron un libro de cuentos, al recibir los libros me dedicó un ejemplar, tenía una prosa que se dejaba querer, que auguraba una obra mayor, aunque la lectura de aquel primer libro, acaso el único, me dejó el sinsabor de un laberinto.

Aquellas elecciones no le perdonaron su abandono del acto ante el castrismo y los sicarios se esmeraron para que Juanki no tuviera descanso. Con sus ademanes de monaguillo bueno llegó y les dijo que no iba a votar, que se quitaba la máscara y ellos vieron que era un muchachón, que tenía la vida por delante y por eso le alargaron la muerte. Sólo hay una justicia que puede juzgar tanto mal, sólo una misericordia que puede perdonar. El domingo 21 de octubre se celebraron otras elecciones, otra mascarada que hizo vomitar a mucha gente cuando llegó a su casa. Dios permita que esa pesadilla termine, Dios nos ayude a todos.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

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