TARARÁ

Tarará

La última vez que estuve en Tarará tenía catorce años, mi escuela secundaria la “William Soler”, fue escogida con otras secundarias de Centro Habana para ir al “Plan Vacacional” en el “Campamento Nacional de Pioneros José Martí”.

Llegamos en una flotilla de ómnibus Girón y nos dieron las casas, a nosotros nos tocó una casona de dos plantas con ventanas de persianas francesas, al segundo día de estar allí nos quedamos sin profesor, en las otras casas, antes o después ocurrió lo mismo. Éramos un ejército de adolescentes solos, cada uno hacía lo que le venía en gana y como era de esperar aquello terminó como la fiesta del Guatao.

A la una o las dos de la mañana llegaron los de la Juventud dando golpes en la puerta, al principio ni los oímos, después eran tantos los golpes y los gritos que abrimos, a mí me agarraron cuando tiraba un zapato, pero había otros que rompían ventanas y muebles. Nos sacaron enseguida a la calle y ellos mismos sacaron nuestros maletines y pertenencias. Salimos de Tarará en varias patrullas, el negro Félix le dijo al guardia que quería una ventanilla, cuatro íbamos en el asiento de atrás, yo caí entre Prevé y Conde, todo fue tan rápido que no estaba asustado. Por suerte las patrullas eran para llevarnos hasta las guaguas y a esa hora salimos para la Habana, el viaje de regreso lo hicimos en silencio, nunca más volví a aquel lugar.

Aquel verano Tarará fue un desastre, broncas en los bailables, gente que se colaba en el Campamento, estoy seguro que hubo heridos y quizás algún muerto; cerca de la playa vi una pelea en la que se cortaron con picos de botella, yo me quedé mirando como un bobo y Conde me metió un empujón, a ratos me vienen los recuerdos de aquella noche con un muchacho tirado contra una cerca.

Sin embargo, los recuerdos que tengo de mi niñez son diferentes, Tarará era un lugar ordenado, había un parque de diversiones con elefantes voladores, una montaña rusa y un teleférico que cruzaba el río; un lugar distinto con bandejas de aluminio, carne rusa y algún chocolate. La primera vez que fui estaba en tercer grado y lo disfruté mucho, aunque me daba asco la leche con nata y había frío en las aulas.

Muchos años después supe que Tarará, en los albores de la revolución, fue el lugar escogido para armar una comandancia invisible, un gobierno en la sombra. Consumado el horror sería el símbolo de la expropiación revolucionaria, la mejor vitrina del logro educativo, una imagen viva del realismo socialista de rostros alegres para mostrar al mundo.

En alguna de aquellas estancias vacacionales trajeron a viejas glorias de la Revolución para que nos contaran sus hazañas, antiguos dirigentes que habían sobrevivido a sus propios engendros. Me tocó un conversatorio con Fabio Grobart, el judío de origen polaco enviado por Moscú, un comisario que se llevó a la tumba el secreto de innumerables conspiraciones y crímenes. Cuando lo vi en Tarará tendría ochenta y tantos o noventa años, los muchachos le hacían preguntas previamente revisadas por los “cuadros” de la Juventud que nos acompañaban, el viejo respondía con lentitud y yo me perdía en los huecos de sus medias de nylon. Mi fastidiosa memoria no recuerda su cara, ni palabra alguna, sólo una guayabera color crema y sus medias rotas.

Con el tiempo el Campamento de Tarará dejó de recibir pioneros, estuvieron durante algunos años los niños víctimas del espanto de Chernobil y después lo cubrieron con la niebla que ampara los fracasos. Alguna vez escuché que lo utilizarían para el turismo pero a ciencia cierta no sé que han hecho allí, fue un lugar como otros que dejó de importarme. Hace ya algunos meses supe que la Iglesia de Tarará fue otra vez consagrada y abierta al público. Fue una sorpresa para mí, que nunca vi esa iglesia y no sabía ni siquiera que existía. Me alegró saber que hay un lugar sagrado en donde abundó la maldad, una maldad que todavía desconocemos, que nos impide escuchar y acoger, que nos divide y nos distrae.

En la iglesia de Tarará se celebra otra vez la eucaristía, lo que fue noticia en algunos medios de prensa extranjeros ahora es rutina, la lectura política de este acontecimiento que ya ha sido olvidado es menos que un recuerdo. La alegría de saber que se celebra esa misa me invita a creer que la maldad es hoy menos intensa. Sé que es menos intensa, desde que brilla en Tarará una lámpara.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

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