MEMORIA DE BAUTA

Memoria de Bauta

En un tiempo en el que las visitas no eran un inconveniente mi abuela visitaba a la familia sin previo aviso, siempre después de almuerzo porque en los años setenta el racionamiento ya era costumbre. Mi familia por parte de mis abuelos maternos es de Bauta y el domingo allá nos íbamos mi abuela y yo, como fiel escudero en el visiteo.

La ruta 43 tenía parada en Zanja, casi frente a la casa y en ella viajábamos hasta Marianao, después había que hacer la cola de la 99, la ruta que llegaba a Bauta. Me gustaba aquel viaje, cuando alcanzaba una ventanilla podía mirar de rodillas la secuencia de una ciudad que todavía era hermosa. Después de Mariano venían La Lisa, Novia del Mediodía, Arroyo Arenas, Punta Brava y al poco tiempo se veía la Conaca, un tanque de hierro fundido que debió proveer de agua al pueblo y en unos minutos tocábamos la puerta de tía Yeya, primera y obligada visita.

Tía Yeya siempre tenía algún postre a mano, yo me felicitaba cuando había boniatillo y me acomodaba en un sofá para leer las historietas de Superman, el Fantasma, Mandrake el Mago y el Príncipe Valiente; alguna vez le pregunté por qué los periódicos de ahora no tenían muñequitos, por suerte existían aquellos libracos de mi tío Bebo, coleccionista de historietas, pintor de escenas taurinas y vestales, español y cubano.

Tío Bebo tenía una biblioteca de estantes de caoba con su tarjetero, tuvo una bodega que la escasez convirtió en guarapera y aspiraciones políticas, según me contaron. Hubiera sido un buen hombre público mi tío abuelo político con su bondad ordenada. Pero no pudo ser, pasó lo que pasó, perdió varias casas que tenía en el pueblo y perdió la bodega, aunque se quedó trabajando en ella hasta la jubilación. Mis tíos abuelos conservaron la casa donde vivían, con sus libros y porcelanas, todo aquello detenido en el tiempo, aguardando.

Casi enfrente vive tío Chuti, el viejo militante del PSP, que combatió en Girón y fue herido en una pierna; sobrio te recitaba las cantinelas de manual y si se daba un trago comenzaban las dudas que suelen acompañar a los hombres honestos. Hoy, nonagenario, regresa a aquellos días en que los muchachones socialistas del pueblo pedían prestados al Padre Gayol los bancos de la iglesia para una reunión o cuando Mister Hedges, el americano dueño de la textilera lo iba a buscar para que regresara a sus labores de rotulista y no se metiera en problemas.

La pasión socialista de tío Chuti la heredó de su madre, mi bisabuela canaria Margarita Viña; una pasión socialista que no regresará a Cuba en mucho tiempo, que se alimenta de un odio viejo y se resiste a abandonar a España.

Salir de casa de Chuti, cruzar otra vez la carretera Central para subir por la calle lateral a la bodega del tío Bebo, atravesar la línea del tren, con las debidas y exageradas precauciones de mi abuela, que siempre mencionaba con nombre y apellidos alguna víctima ferroviaria. Entrar en un barrio más pobre, de casitas de madera pegadas unas con otras para llegar a casa de tía Tilita, la casita pobre con suelo de cemento lustrado, de limpieza absoluta. La tía viuda que conservaba la mandolina del difunto esposo colgada en la pared, que crió los hijos sola, trabajando.

Mi abuela miraba su reloj a cada rato, esto determinaba las últimas visitas, las menos imperiosas. Muchas veces llegábamos a casa de su sobrino Pepe, que vio el alunizaje del Apolo, que tocaba en un combo y criaba peces para sus hijos, hasta el último tramo de sus cuarenta años. Una tarde, en el cierre, le hicimos la visita a una hermana de mi bisabuela Margarita que alcanzó a vivir más de cien años, cuando la conocí todavía cosía las mejores guayaberas del pueblo, no recuerdo su nombre, sólo tengo la imagen de una viejita blanca en una mecedora.

Según las coordenadas finales del paseo, antes o después, siempre había que pasar frente al cine Suárez, frente a la Sociedad, cruzar por el parque de la iglesia que embelleció el Padre Gaztelu con obras de Portocarrero, Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. En el parque solía subir a la glorieta, gritar para escuchar el eco y visitar el busto de mi bisabuelo Carlos Valdés Rosas, recordatorio del maestro emérito, niño expósito.

El bisabuelo fue muy querido en el pueblo, cuentan que su muerte provocó gran consternación y en su memoria una escuela pública lleva su nombre. Cuando triunfó la revolución quisieron cambiar el nombre de la escuela, pero la gente protestó y no lo cambiaron. Uno de los hijos del Maestro, mi tío abuelo René, escribió un libro de crónicas sobre Bauta, un libro que relata la vida de sus pobladores en los inicios del pasado siglo, las tertulias de los cafés, las bromas de entonces, un libro de tapas verdes que siempre estuvo en casa.

Al terminar la última visita, íbamos caminando hasta la terminal y en el trayecto mi abuela solía enumerar las tiendas y comercios que habían, los platos y postres que se servían en fondas y restaurantes, la variedad de revistas y periódicos locales, la textilera que benefició tanto al pueblo y el buen recuerdo de sus dueños americanos, la fábrica de fósforos, la ferretería el Candado, los San Román, los Maruri, los bailes, las fiestas y yo iba de la mano de mi abuela imaginando un paraíso, preguntándome que había pasado con todo eso.

Para el regreso muchas veces alquilábamos un carro de Anchar en la piquera, los viejos carros de alquiler, una de las pocas actividades privadas que sobrevivieron a la confiscación revolucionaria. El viaje costaba dos pesos por persona y mi abuela me llevaba sentado en sus piernas para pagar un solo pasaje. Al regresar caía la tarde sobre el campo, con la sombra perfecta de los ficus que cubrían grandes tramos de la carretera central. Y después la ciudad de noche, el recorrido a veces laberíntico para dejar a los viajeros, bajarnos en Zanja y Cerrada del Paseo, caminar hasta casa, comer algo mientras se cuentan las incidencias del viaje y a dormir los niños, que después de un paseo siempre se acuestan con muchas más preguntas que respuestas.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

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