EL BUDA

El Buda

Ayer soñé con el Buda de Tati, que me acercaba a tocar su barriga de porcelana y me miraba. No recuerdo cuándo descubrí que aquel chino gordo era la imagen de Buda.

Tati era un erizo pero yo tengo suerte para los erizos o acaso soy uno de ellos y no me he dado cuenta. El día en que por poco me dejan con siete dedos ella llegó al hospital primero que mami, mientras los enfermeros me echaban en la mano derecha litros de alcohol y agua oxigenada la vi entrar por la puerta. Nunca le pregunté cómo llegó tan rápido. Después vino casi todos los días a hacerme la visita hasta que me botaron del hospital 21 días después.

No le gustaban los animales pero su hijo Carlitos le coló una gata en la casa, Tati fue su verdadera dueña, le puso Reina y vivió como tal. Ella le compraba unas cajitas de picadillo de pescado que vendían en la pescadería del derrumbe del teatro Shangai. Después trajo otra gata que se llamó Milagro porque la recogió muerta de hambre y “se salvó de milagro”.

Nunca cocinó bien, hay gente que no aprende nunca a cocinar, antes de que Fidel llegara a La Habana Tati tuvo un empleado que iba a la casa y realizaba parte del trabajo doméstico, su mamá cocinaba, su esposo Manolo traía la comida o salían a comer. Manolo era jefe de despacho del Ministro de Comunicaciones, los ministros cambiaban pero Manolo por su probidad y competencia permanecía. Tati y Manolo vivían holgadamente pero sin lujos, Manolo tenía delirio con ella y quizás por tener tantos mimos, Tati no aprendió a cocinar.

Carlitos se parece a Manolo en el físico pero tiene más de Tati en el carácter, heredó de ella la tenacidad ante el propósito: una vez, cuando nadie lo hacía, se empeñó en ver los canales de afuera. Yo pensé que no lo iba a lograr pero hurgó en todos los barrios de La Habana y consiguió la dirección de un hombre que fabricaba unos engendros giratorios que cogían los canales. La antena se alzaba de una planta baja a un cuarto piso, se orientaba con un sistema de polea y manigueta, pero a veces el sistema fallaba y había que recurrir a la orientación manual, entonces Carlitos me daba un grito para que le orientara la antena.

Carlitos me fastidiaba mucho con la antena, pero en mi casa no había teléfono y yo usaba el de casa de Tati. Bajaba a cualquier hora a llamar o daba ese teléfono para que me llamaran, mi hermano y yo teníamos ese privilegio que ella no otorgaba, muy pocos tenían vía expedita en su casa de erizo.

En el despacho de Manolo quedaron unas botellas de Oporto que nos bebimos años después de su muerte, todavía estaban buenas y eran de la cosecha del cincuenta y tantos. Manolo tenía afición por la historia y José Luciano Franco el biógrafo del general Antonio Maceo iba a consultarle con frecuencia. No sé que habrá hecho Carlitos con su iconografía de la Guerra con fotos de toda la oficialidad mambisa, ni con el sable toledano -que yo imaginaba- trofeo de algún pariente mambí de Manolo y que me hubiera gustado tener.

Tati sobrevivió a Manolo y murió en los noventa. Algo de mi vida murió con ellos y con ese edificio de Escobar y Zanja que visualizo cuando pienso en mi casa.

Carlitos vive en Miami y nos hablamos a cada rato, de algún modo logró traer el Buda que permanece en mis sueños, me ha dicho que adorna la sala de su casa, sé que me llamará cuando lea esta crónica.
El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

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