EL GENERAL Y LA IGLESIA

El General y la Iglesia
21 de Abril del 2011

Padecimos el VI Congreso del Partido y podemos decir que el club de octogenarios sin relevo ha dejado bien claro que ellos son los que mandan. Sin embargo, el General no ha querido evadir la ratificación de una pequeña cantidad de reformas de índole económica. Es cierto que “las reformas” anunciadas no alcanzan para hacerse ilusiones pero no sabemos qué expectativas y actitudes pueden desatar en la maltrecha vida de los cubanos.

Raúl Castro es ahora el pionero de un sofisticado modelo para las dictaduras hemisféricas, el creador de un “socialismo sin subsidios y un capitalismo sin mercado”. Carlos Alberto Montaner, con la sagacidad que lo caracteriza, ha definido de ese modo al engendro raulista y el diario El País trae un editorial que profetiza: El plan quiere salvar al régimen sacrificando en parte al socialismo, pero en el error uno y otro son indistinguibles. El primero caerá por senectud; el segundo por incompetencia. Todo quedaba ayer, por ello, atado y mal atado.

Sobre este último abracadabra del castrismo me quedo con una sugerencia táctica que le escuché hace poco al economista Espinosa Chepe: apoyar cualquier apertura por pequeña que sea sin perder la distancia crítica; por lo demás nada me ha sorprendido del esperado Congreso sin sorpresas, “naranja agria no da naranja dulce” dicen los viejos.

Si algún aspecto novedoso reclama mi atención es que en el discurso de inauguración el General repasa la Mediación de la Iglesia Católica. Han pasado los tiempos en que nos acusaban de estar agazapados, esperando el momento de servir al Imperio o a los oligarcas, dos figuras retóricas que el castrismo ha manejado con suma eficacia. Ahora, “considerando la fortaleza de la Revolución” al General no le quedó otro remedio que aceptar la Mediación y reconocer que en las conversaciones se manifestaron puntos “no siempre coincidentes con los nuestros” es decir, con los suyos.

Es una pena que la “lealtad y transparencia” del diálogo iniciado no alcanzara para avisar a la Iglesia que las excarcelaciones habían concluido; pero era de esperar que algo así sucediera, el General y los mandamases del Partido ya han tragado bastante en estos días. Recuerdo cuando los carros de los curas tenían chapa de técnico extranjero, esto no suponía ningún privilegio, era una forma sutil de considerar a la Iglesia como algo ajeno. En este discurso el General asegura que la gestión de la Iglesia ha favorecido la unidad de la Nación, que hay una relación de “respeto mutuo, lealtad y transparencia” y sus elogios envenenados permiten aventurar algunas conclusiones.

La primera de estas es que la Iglesia, sin corromper su identidad y su misión, ha sido aceptada por el castrismo como un elemento de cohesión nacional, esto lleva al reconocimiento implícito de que ya no basta la “fe en el proceso”, de que hay que pasar por el mal trago de aceptar a una cosa que no fue parte de la Revolución y que ahora tampoco quiere serlo. El castrismo se ve obligado a reconocer a una Institución que no ha sido creada por él, una Institución que pretende usar para su beneficio aunque entiende la dificultad de que esta tiene autonomía propia y una dinámica orientada hacia un Dios que puso la otra mejilla.

La Iglesia tiene ante sí un reto inmenso, el General la ha incorporado oficialmente a la Nación en cuestión de unos párrafos pero este reconocimiento, deseado por la Iglesia y necesario para profundizar su acción pastoral, no debe quedar subordinado a las necesidades tácticas del castrismo, cosa que el régimen intentará, porque su razón de ser es la supervivencia en el poder y su pragmatismo se orienta a ese fin.

Es de prever que los obispos continuarán con su estrategia de fortalecer las estructuras pastorales sin provocar a los que gobiernan, esta es la mejor contribución a ese cambio profundo que la sociedad cubana necesita, sin olvidar que la Iglesia no es un fin en sí misma sino un medio para llegar a Cristo.

Tiene el desafío la Iglesia de mostrar a la sociedad cubana esa pluralidad en la unidad que ha sido una de sus mayores riquezas, de dar ese testimonio en una sociedad signada por el totalitarismo, de exponer en sus medios de prensa y en sus eventos la diversidad que la enriquece. Con este testimonio la Iglesia ofrecería un referente ético que la Nación necesita, que esto derive en un servicio concreto de propiciar espacios para la concertación política o una mediación entre los que gobiernan y los que se oponen depende de los Castro, aunque la oferta debiera colocarse más temprano que tarde, sino es que ya lo está, en la mesa de esos encuentros que el General valora como “constructivos y transparentes”. Por ahora la potestad de romper la inercia está en manos de un régimen que no decide nada en sus Congresos, que aún detenta un poder casi absoluto y tiene hasta el momento la última palabra.

 

 

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