EL DESAFĺO DE LA COMUNIÓN

El desafío de la Comunión
7 de Octubre del 2010

Todos los años se celebra un encuentro entre católicos cubanos de la Isla y el Exilio, se reúnen sacerdotes, religiosas y laicos y comparten experiencias de lo vivido en sus respectivas realidades. No me cabe la menor duda de lo positivo que han sido estos encuentros para el conocimiento mutuo de los que esparcen la semilla del Evangelio en ambas orillas.

Próximamente se celebrará el décimo tercero de estos encuentros y en este contexto me atrevo abordar tres aspectos que considero de suma importancia.

El primero se refiere a un desafío pastoral que tenemos los que vivimos en esta orilla, diáspora, emigración para algunos, exilio al fin; y se refiere al reto permanente de acoger y acompañar a los compatriotas que llegan de la Isla, una tarea difícil porque a menudo lo que se espera de nosotros es más de lo que podemos ofrecer.

Es cierto que responder a todas las necesidades, espirituales y materiales, de estos nuevos exiliados es algo que desborda a la Iglesia; pero aún cuando reconozcamos esta limitación, creo que debemos preguntarnos con honestidad dónde estamos fallando. Mientras la estrategia publicitaria de las televisiones locales, con Alexis Valdés y Carlos Otero a la cabeza, ha sido exitosa la Iglesia, las organizaciones cívicas y los grupos políticos del exilio no han sido capaces de comunicarse con estos cubanos.

Trazar un perfil de este nuevo exiliado y reimpulsar una pastoral destinada a ellos debe ser una de nuestras prioridades. Se echa de menos una pastoral cubana que facilite la integración religiosa y social de estas personas. Aunque se han realizado esfuerzos aislados, no ha sido posible sistematizarlos para crear ese lugar donde se cultive la confianza mutua y se teja el mimbre duradero de las experiencias profundas, donde se ensaye sin ambages la necesaria reconciliación.

Nuestro futuro en el Sur de la Florida y el futuro de Cuba no va a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a estos compatriotas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria: estos hermanos nuestros constituyen un sector numeroso, silencioso y desconocido, que también llegó para quedarse, aunque su relación con la política local y con la Isla ande por derroteros diferentes a los establecidos por el llamado exilio histórico.

Es un gran desafío la propuesta de ese lugar cubano, de esa pastoral específica en una Iglesia multicultural que tiene el reto de llegar a una feligresía de orígenes tan diversos. Es este, por tanto, un desafío primordial para los laicos cubanos, que de un modo u otro hemos aprendido a amar esta realidad y a reconocernos en medio de ella. Laicos de distintas generaciones, que ya somos de aquí, pero que iríamos contra nosotros mismos si dejáramos de sentir que también somos parte de allá, llevando sobre nuestros hombros la responsabilidad y el anhelo de la Comunión.

El segundo aspecto que abordaré en este artículo tiene que ver con la otra orilla, patria, terruño, casa Cuba que permanece con sabor de hogar a pesar de los pesares. Casa Cuba, concepto con algo de metáfora que un día nos regaló Mons. Carlos Manuel de Céspedes y que expresa la vocación de incluir, el deseo de juntar, propios del hogar cubano. Los que somos deudores del magisterio del P. Carlos nos referimos con frecuencia a esa idea, a ese sueño de una casa Cuba que no esté signada por el totalitarismo; un totalitarismo perverso que nos ha enseñado a pensar que las víctimas tienen alguna culpa. Un totalitarismo que dibuja al Exilio como una realidad homogénea, donde prevalece la codicia sobre la solidaridad, el odio sobre el amor, la violencia sobre el deseo de paz, la intransigencia sobre la libertad.

La caricatura de Exilio que se difunde con habilidad desde la Habana y a la que contribuyen por acción y omisión no pocos exiliados, se desmiente cuando vivimos en Miami, cuando vemos que hay emisoras defendiendo a la tiranía y emisoras atacándola, cuando constatamos que los que defienden posiciones favorables al gobierno cubano pueden acudir a los tribunales en igualdad de condiciones a sus contrarios, cuando vemos que podemos ejercer nuestro derecho a opinar y que nadie puede amenazarnos, ni maltratarnos por ello; es cierto que aquí también nos persigue el hábito de la sospecha, que la actitud de cuestionar los discursos establecidos te cierra más de una puerta, pero no se puede comparar la pérdida de una oportunidad con la humillación de una paliza o el castigo de cárcel que reciben los opositores. Si bien es cierto que Miami fue alguna vez plaza propicia para la violencia política entre cubanos, hace ya mucho tiempo que no lo es.

La Iglesia cubana en su trabajo incesante por la reconciliación debe considerar el desafío de presentar a sus fieles la perspectiva de un exilio que también representa la diversidad de ideas, la solidaridad en lo cotidiano y en las catástrofes, el apego sustantivo a las tradiciones y la cultura propia, consiguiendo preservar en la diáspora aspectos importantes de nuestra identidad como nación.

Presentar esta perspectiva diferente contribuiría a mejorar la percepción de muchos y acercaría los inevitables tópicos a la realidad. La Iglesia, en la medida de sus posibilidades, tiene el deber de mostrar lo positivo de este Exilio heterogéneo, hacerlo con sistematicidad supondría una contribución notable a la reconciliación y al encuentro definitivo de nuestra Nación; un encuentro que se producirá tarde o temprano, a pesar de que las realidades de ambas orillas a menudo sean secuestradas por las malas fotografías.

El tercer y último aspecto que me gustaría comentar es el más importante de todos y se refiere al encuentro con Dios, a su confianza en Él; creo que los católicos cubanos, vivamos donde vivamos, tenemos con frecuencia la tentación de creer más en nuestros obras que en el poder del Espíritu Santo. Creo que nos vale de poco encontrarnos si no tenemos esa disponibilidad de acoger en el espíritu, una disponibilidad que supera lo racional y lo emocional; creo que debemos pedir a Dios esa gracia, esa confianza, primero en Él, que nos ayudará a superar los escollos del entendimiento, las heridas del corazón.

Creo que debemos pedirle a la Virgen María de la Caridad del Cobre que interceda por nosotros, creo que debemos rogarle con humildad; decía un Obispo de los primeros siglos del cristianismo, que la madre en sus labores no puede desentenderse del infante que llora y así le ocurre a la Virgen cuando escucha las súplicas de sus hijos. Tenemos que pedirle a la Virgen el milagro de la Reconciliación y la Paz, tenemos que pedirlo a nuestros beatos, a nuestros santos, que no son pocos. A todos estos intercesores nuestros debemos dirigirnos en la oración, para que levanten las manos de nuestra súplica cuando el cansancio nos venza, porque poco podemos hacer si no se hace primero la Confianza, la Caridad y el Amor en cada uno de nosotros.

A modo de conclusión es preciso decir que un buen número de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, tanto de Cuba como del Exilio, son conscientes de la necesidad de ampliar cada vez más los canales para esa imprescindible Comunión, es necesario subrayar que las posibilidad de mejorar y ampliar esos canales no sólo depende de los esfuerzos que hagamos los católicos de aquí y de allá sean clérigos o laicos, hay dificultades concretas que dependen de otras voluntades ajenas a las nuestras.

Es justo mencionar el esfuerzo que se ha realizado durante los últimos años y reconocer a las personas que se han distinguido en ello, en especial a la Hna. Ondina Cortés, religiosa claretiana que ha perseverado en el deseo de congregar, en la actitud de incluir. Confío en que este próximo encuentro entre católicos de la Isla y del Exilio ayude a situar en un lugar prominente de nuestras agendas el desafío de la Comunión. Llegado este punto me permito apropiarme del lema de mi buen amigo Sammy Díaz, él se empeña en decir que “Caminando en Comunión hallaremos la paz”, sólo puedo agregar a esta frase el deseo de que así sea.

 

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