ENSOÑACIÓN

Un perro tuerto y negro dormitaba en el quicio de la escuela. Los perros de la calle respetaban su parada de mastín, sus colmillos nuevos. Con su único ojo miraba a los borrachines de la “Favorita”: el Alcalde, Pepé, Piedra con su laúd y un mulato viejo -tuerto como él- que le traía comida y lo amparaba.

Aquellos hombres dejaban las tardes a la orilla del bar, bebían “Coronilla”: un aguardiente que no daba resaca. Alguna vez bebí con ellos ese mismo aguardiente y un vodka ruso de nombre “Stolichnaya”; ya todos están muertos, dormidos en la niebla del ojo sano de aquel perro negro.

Ayer estuve mirando fotos viejas. No estaba sucio el edificio, las ventanas aún se podían cerrar, en el curado barril de manteca los peces agradecían su intimidad de agua verde. Dormíamos en paz, nadie se había marchado, el viejo no era viejo…

Las nubes pasan, la azotea infinita en losas rojas es el mejor lugar para la brisa -una brisa que ustedes no conocen porque sólo pasaba por mi casa-. Hace mucho que no miro las nubes, caprichosas figuras de otro niño.

Aquel perro murió y se lo llevaron en un saco de yute, el caballito de papier maché -que también era un perro- se disolvió en distintos aguaceros. El agua que corría por mi calle llegó al mar, un mar viejo y profundo como presagio de la eternidad.

 

 

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