LA MANO

Era verano, llegamos  a  casa de Landy con la promesa de unas limonadas  y  la conversación se extendió hasta muy tarde. Landy era devoto de Carpentier, él fue quien me recomendó  “Viaje a la semilla” un cuento que empieza al revés. Yo no lograba separar al genial escritor de su imagen, un comunista que hablaba con la lengua enredada y vivía en París.  Ignacio y Guillermito también metían la cuchareta de vez en cuando, al final acabamos hablando de teología, mis acompañantes eran seminaristas  y  los seminaristas siempre terminan por hablar de estas cosas. 

La madre de Landy nos ofreció una limonada con hielo y unas croquetas, un verdadero manjar en aquellos días. Corría el fresco en aquella habitación que era un poco terraza por los  ventanales grandes y las  plantas que  tenían allí, en una jaula había cacatúas y otros pájaros  que chillaban a cada rato. Era un lugar adecuado para hacer una fiesta y el menos propicio para una aparición; por eso, cuando aquella mano entró por la ventana, pensamos que era una broma.

La mano  blanca  entró por la ventana que subía desde el suelo,  pasó a la altura de nuestros talones, trataba de agarrar algún objeto inexistente, nos quedamos sentados, mirándola, y cuando reaccionamos ya era tarde, la mano no estaba. Salió del mismo modo que había entrado, con la elegancia de los magos que hacen sus trucos en los salones de clase.

Pasaron unos instantes hasta que salimos al pasillo y nos asomamos,  no había nadie abajo, ni escalera alguna que sirviera para llegar a aquella altura. Era una casa moderna, de dos plantas, con un pasillo lateral que daba al patio, la habitación en donde ocurrió el hecho tenía unas persianas Miami a ras de suelo. Después de mirar en el patio y hacer las primeras conjeturas Landy pensó en un primo que vivía cerca y llamó  por teléfono a su casa, pero el primo no estaba, hacia un par de días que se encontraba en Cárdenas.

Salimos a la calle,  mire el reloj y eran más de las diez, el perfume de los galanes de noche estaba en el ambiente de aquella cuadra tranquila en el reparto Bahía. Miramos las casas de los vecinos, repasamos otra vez todas las posibilidades de subir  por la pared exterior hasta la habitación en donde estábamos, pero no conseguimos una explicación lógica. Regresamos a la casa y seguimos charlando, a los veinte años nadie se inquieta demasiado por un espíritu, quedaba la posibilidad –algo improbable- de una broma.

En aquella época nos veíamos con frecuencia.  Un mediodía, al terminar la misa,  Landy nos comentó que se iba muy pronto para España. No nos sorprendió, la mayor parte de los amigos de entonces se dividían básicamente en dos grupos: los que podían irse y los que no podían.

A Landy lo encontré, al cabo de unos años,  en Barcelona;  parecía un lord catalán,  tenía una novia aristócrata y me ofreció conseguirme un trabajo para que me quedara. Cuando partí  hacia Valencia en cumplimiento de mi itinerario fue a despedirme con su novia, se movía a sus anchas en aquel mundo, en aquella ciudad hecha a su medida.

Ignacio dejó el seminario en el primero o segundo año de teología, al salir comenzó a dar los bandazos propios de los que dejan la vida religiosa  y  tienen que insertarse otra vez en la lucha por la supervivencia, con razón o sin ella quedó resentido con la Iglesia Católica y pasado un tiempo se metió a predicador por cuenta propia, predicaba un día con los pentecostales, otro día con los luteranos, por estos servicios lo proveyeron de un carro y una casa prestada. Lo veía poco pero no perdimos el contacto, quería irse de Cuba a cualquier parte, antes de mi partida quedamos a almorzar un par de veces,  no he vuelto a saber de él.

A Guillermito lo encontré por casualidad en Miami, me alegró mucho verlo, tampoco se ordenó; ahora está casado y tiene un hijo. Le di mi teléfono pero no conseguí que me diera el de él,  eso es algo que ocurre en el exilio, sucede a veces con los que llegaron antes y a veces con los llegaron después.

En estas ocasiones que les cuento, comenté con mis tres amigos aquel suceso de la mano blanca, que buscaba, algo inasible cerca de nuestros pies. Lo curioso del caso es que yo soy el único que se acuerda de aquello, ellos lo han olvidado o acaso lo recuerdan vagamente.  Yo nunca he creído en fantasmas, ni aparecidos, si a algo le temo es a los vivos pero lo cierto es que no me atreví a tocar aquella mano  que entró por la ventana,  que buscaba quizás algo valioso, algo que había perdido para siempre.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión /  Cambiar )

Google photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google. Cerrar sesión /  Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión /  Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión /  Cambiar )

Conectando a %s