LAS PALOMAS

En el vecindario nadie recuerda quién trajo la dichosa costumbre de criar palomas. Balcones y azoteas constituyen los estratégicos soportes para las cajoneras, ahí se guardan los “bichos”, los “monstruos”. Los “bichos de cría” se mantienen casados la mayor parte del tiempo, ellos dan los pichones que en unos pocos meses ya están al robo. Hembras abiertas para robar los machos, machos al robo para traer hembras, pero a veces no basta que un animal bien entrenado traiga a su ocasional consorte, el palomero tiene que ayudar a que entre; en esta ayuda se evaporan los turnos de clase para algunos, para otros el trabajo. En el afán de “partir algo” comienzan las acrobacias, el bicho hace lo suyo pero la habilidad del palomero cuenta, saltar sobre el vacío de algún respiradero, correr por las cornisas, halar a tiempo el lazo, a cada rato se estremece el suelo porque cayó un ladrillo o un pedazo de alero, a veces porque cayó un muchacho.

En el barrio todos estaban para partir al palomo azul de barras negras, cogerle a Evelito su animal era una forma de consagración, además el azul no da tregua, por cada tarde que sale a volar hay una hembra en la buchera. El azul no coge celo, se pasea por los palomares, no cae en las trampas, no entra por las gateras, al fin algo se lleva. Todo fue bien hasta que empezaron a caer una tras otra las hembras de los Cumbá. Nadie se atrevía con el palomar de esos negros porque eran muchos; los cuatro hermanos tenían su historia y nadie quiere complicarse tanto, pero Evelito también vivía lo suyo.

Las tardes de julio son excesivamente calurosas, parece real la fragmentación del concreto, los bodegueros tratan de escapar y el mostrador en cotidiana burla se ensancha un poco más, la calle es crónica de cotidianas tragedias y el sol se ríe de la ingenua resistencia del asfalto. Evelio y los Cumbá llegaron al unísono, contaban con la imparcialidad de los transeúntes, era el barrio, nadie podía meterse.

Los Cumbá eran cuatro, había que emparejar; a ambos lados de Evelito se situaron Chachi Bencomo y Luis el pelotero, en solo unos instantes iban a transitar por los senderos de sus propios destinos. Cuando terminen, la vida los tratará de a hombre.

No había cuadre posible, se intercambiaron los insultos de siempre, las palomas no se devolverían. Los Cumbá dejaron de reclamar lo suyo, querían otra cosa. Evelito lanzó el escupitajo, se fueron a las manos… Alguien bajó del solar con un bate, una manguera, una cadena, no querían parar. Se dieron con sus vigorosos dieciocho o diecinueve años, se dieron muy duro. La policía llegó cuando debían llegar las ambulancias, la madre de Evelito, asustada, traía varios carnets de identidad en las manos. Al mayor de los Cumbá se lo llevaron inconsciente, un ojo le colgaba, se veía feo el negro, más que feo. Se podía decir que estaba muerto. A Luisi el pelotero le dieron un batazo, salió con la clavícula zafada – que ironía- le dieron con un bate al pelotero. Los demás, bien magullados, irían a entretener al personal de Emergencias.

Para las palomas nada es más importante que el cielo. La tarde se disfraza de tonos rosas, de pausados violetas, el barrio ha cambiado, hay puertas cercenadas, verjas que subrepticiamente cambiaron de lugar: aventuras de nuevos Dédalos, esta vez  naturales de Guantánamo. El barrio no es el mismo, la ciudad no es igual, es verdad que puedes besarla si se te antoja, pero peligras bajo cualquier balcón, aún así te encantan con sus fachadas los viejos edificios casi en ruinas y no deseas marcharte porque allí nadie es nadie y sin embargo todos te conocen y te saludan.

A la madre de Evelio en tanto ir y venir se le torció el tobillo, “voy a la Unidad” me dijo y era tan lastimoso su estado que venciendo mi fobia policial la acompañé. Evelito y Chachi quedaron detenidos, Luis el pelotero debía esperar por el ortopédico de guardia en el hospital. Mal de muchos, consuelo de tontos, pero al mayor de los Cumbá sólo le queda esperar por el forense, no hay remedio, el muerto, muerto está. Sus hermanos se recuperan en una sala del hospital, ya saben y callan.

Por casi media hora esperamos al oficial de guardia, apareció secándose el sudor y se dirigió a la carpeta. En la Unidad hay que hablar despacio, mover poco las manos; entregamos los carnets y el oficial quiso saber quién comenzó la bronca; la madre de Evelito le explicó, el guardia nunca nos miró a la cara. Por suerte otro oficial que estaba allí era del barrio y dejó que pasaran un jarro de café y unos cigarros. La secretaria levantaba el acta, la palabra homicidio quedó escrita. La madre de Evelito sacó de un maletín las palomas, aún así era bonito el azul de barras, era noble su color entre los mármoles grises de la carpeta, del mismo bulto salieron la ceniza buchirroja, la mosaica, la negra aliblanca, aunque atontadas se dejaron cortejar por el azul todavía entre mis manos. “Todo por esa mierda” comentó el oficial y por primera vez me miró a los ojos; la secretaria se rascó la cabeza y la madre de Evelito lloró. Yo mismo recogí las palomas, el acta concluida quedó en el mostrador de la carpeta, me acerqué hacia la puerta, el guardia de la posta me miraba, las fui soltando una a una, en el aire no tienen dueño y puede parecer un tanto absurdo pero en el barrio a veces se mata o se muere  por ellas.

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