LOS CANDADOS SE ABRĺAN

Un gnomo nunca tendrá mejor réplica que el viejo Romelio, comunista desde los años treinta, honrado desde que la comadrona, agarrándolo por sus cortas piernas gritó ¡macho!

Escuchar a Romelio era como leer un libro viejo. Nada le parecía demasiado importante para interrumpir un cuento. Alguna que otra vez, y a su pesar, lo dejé con la palabra en la boca para irme al campeonato de dominó que Yeyo el chapistero celebraba a escondidas en el pañol de los talleres, en esas ocasiones Romelio se preocupaba, sabía que bebíamos ron y que hablábamos más de la cuenta.

Un día nos ordenaron un inventario, cerramos temprano el almacén y al rato de contar y recontar bujías, sin ton ni son me dijo: Cuando yo tenía tu edad conocí a Oscar un famoso jugador del central de mi pueblo. Era invencible en el billar. Los días de cobro, mientras unos lo buscaban, otros le huían. Si alguien se demoraba en la mesa de billar, Canuto el garrotero revoloteaba hasta posarse cerca. Siempre había un verraco dispuesto a que lo limpiaran.

Oscar y Canuto ganaban en tiempo de zafra el dinero que les daba la gana, porque entre otras cosas siempre hay un vivo y siempre, óyeme bien, habrá un bobo. Eso me suena a cadena ecológica, le comenté sin hacerle mucho caso, en lo que él se pasaba la lengua por la comisura de los labios.

En tiempo muerto, continuó narrando, se apareció en el batey un hombre de La Habana. Por los estragos que causó se supo que era un profesional. Desplumó a cada contrincante, sólo faltaba Oscar. La gente del batey presumía la venganza, muchos habían perdido todo lo que tenían para terminar el año y esperaban el momento en que los dos hombres se enfrentarían. Al fin llegó la deseada tarde y el forastero hizo una apuesta grande, la más grande que muchos habían visto en su vida.

En el bar no cabía nadie más, los guardias rurales dejaban su rutina para unirse al jolgorio de las apuestas, los muchachos brincaban para asomarse de vez en cuando a las ventanas. Fue en medio de esa baraúnda cuando el vaso de ron, puesto por algún bebedor negligente al borde de la mesa, se viró sobre el paño. Era el momento de colocar las bolas, en el paño mojado, los cristales de hielo presagiaban una calamidad. La torpeza de Oscar al ordenar las bolas provocó la venida de un gran silencio.

En dos grandes pomos de aceite de oliva se guardó el dinero. Canuto apuntó todos los porcentajes en su aborrecida libreta. Entre los pomos relucientes, repletos de estrujados billetes, entre la duda de uno y la duda de todos, estaban los dos hombres. El forastero hacía gala de una gran parsimonia, conocedor de cuánto vale la paciencia en esos momentos, fumaba un cigarro y se perdía en la contemplación del humo huyendo por las rendijas. El bochorno de la tarde aumentaba los nervios del tumulto, nuestro hombre acariciaba su taco, buscaba algo en la pulida superficie de la madera, de pronto se quedó ensimismado y desoyendo a todos los presentes se acomodó el sombrero y se marchó.

Los rumores corrieron. Alguien atribuyó su actitud inesperada a un revólver en el saco dril cien del forastero. Se habló de un arreglo clandestino y de miedo, se habló también de ondas telepáticas y espíritus quejumbrosos. Canuto el garrotero se maldecía, porque metió a tanto muerto de hambre en las apuestas se le saló la cosa. Y se habló más, y más y no faltaron videntes, ni comadres santiguadoras; hasta el cura del pueblo llegó al bar preguntando por esa historia tan llevada y traída.

A Oscar nunca más lo volvimos a ver. Se llevó sus razones y queriéndolo o no, sacramentó su misterio. Años después, el polaco vendedor de cacharros comentó haberlo visto en Oriente. Dijo que lo encontró en el bar de un pueblo minero. Lejos de cualquier hazaña bebía un trago de Bacardí al caer la tarde. El polaco le habló de las distintas versiones que explicaban su desaparición y saberse presente en las tertulias de las comadres le causó risa. Había ahorrado algo en esos años de limpiar jornaleros y … la probable confesión se quedó suspendida en la danza sin límites del aura. Agradeció al polaco por contarle, pagó los tragos, montó en su caballo y se fue.

Romelio volvió a pasarse la lengua por los labios, en esta pausa finalizó el relato. Sabía que los cuentos con moraleja me fastidiaban y esta vez esquivó la tentación de los consejos dejando un final abierto. Su maliciosa mirada de niño viejo y una beligerante cadencia al narrar me habían descuidado de toda prisa, quise preguntarle más sobre los personajes de su historia, pero no dio chance, los comentarios serían otra vez. Después del cuento se concentró en mostrarme cuán fácil era abrir el candado del almacén con un gancho de pelo.

Unos días antes, el gnomo había encontrado en mi buró unos papeles comprometedores –en Cuba suelen serlo un ejemplar de la Declaración Universal de los Derechos Humanos y unos recortes del Miami Herald-. Pensé: Romelio lo va a decir en el núcleo y esto va a ser mi fin. Había transcurrido una semana y no hablábamos del asunto, yo llevaba unos días con el cuerpo cortado y el gnomo estaba raro. Por un momento pensé que entendía la razón de la historia: un jugador desafía su propio juego y desaparece, quizás me estaba dando un tiempo y si pedía la baja no habría males mayores, “otro muchacho que se aburrió y se fue” sería la explicación. Al rato, cuando la anécdota y la disertación sobre burlar candados se apagaban en la rutina del día, el gnomo se esfumó.

El imperioso sueño de las tardes sin término me vencía otra vez, creo que habré dormido un par de horas, quizás tres, me despertó ese calor pesado que sueltan las tejas de fibrocemento. Después de bostezar y estirarme como corresponde encontré que los papeles estaban otra vez sobre mi buró. Nadie indagó sobre ellos y la idea de que lo sucedido podía ser una estrategia me asomó a la vergüenza.

En las tardes, cuando no viene nadie al almacén, los relatos de Romelio regresan. Al llegarle la jubilación me confesó su pesar por dejarme con “tanto” trabajo. Lamentaba también, y eso no me lo dijo, dejarme sin historias. Sus resabios marxistas le impedían obsequiarme algún talismán y yo hubiera guardado con gusto cualquier recuerdo suyo. Uno de los hijos vino a buscar sus cosas, su taquilla sirvió para guardar papeles viejos, después de su partida me dejaron solo en el almacén y descubrí que el viejo tenía razón, aquellos candados no servían de mucho, se abrían con un gancho de pelo.

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