DÍAZ-CANEL CIERRA VÍAS A LA DEMOCRATIZACIÓN DE CUBA AL PROHIBIR TRABAJOS POR CUENTA PROPIA

Con la prohibición de 124 actividades profesionales que resultan decisivas para la recuperación de la libertad de expresión, el desarrollo económico y la prosperidad de los cubanos el gobierno de Díaz Canel también da un sonoro portazo a varias reivindicaciones históricas de la Iglesia Católica y otras denominaciones cristianas. 

La detallada negativa a que se puedan ejercer por cuenta propia las profesiones relacionadas con la educación y los medios de comunicación social cierra cualquier cauce legal al desarrollo de emprendimientos de esta naturaleza, dando al traste con la aspiración de las iglesias a ejercer su legítimo derecho a proclamar el evangelio desde la educación y los medios de comunicación.

De este modo se niega la posibilidad, y me remito a la Doctrina Social de la Iglesia, de “asegurar a todos y a cada uno el derecho a una cultura humana y civil, exigido por la dignidad de la persona, sin distinción de raza, sexo, nacionalidad, religión o condición social social. Este derecho implica el derecho de las familias y de las personas a una escuela libre y abierta, la libertad de acceso a los medios de comunicación social, para lo cual se debe evitar cualquier forma de monopolio y de control ideológico, la libertad de investigación, de divulgación del pensamiento, de debate y de confrontación. En la raíz de la pobreza de tantos pueblos se hallan también formas diversas de indigencia cultural y de derechos culturales no reconocidos. El compromiso por la educación y la formación de la persona constituye en todo momento, la primera solicitud de acción social de los cristianos.”

De más está decir que esa “primera solicitud de acción social de los cristianos” que enuncia el Magisterio ha sido negada por el gobierno cubano en su habitual empecinamiento, esta vez expresado en 124 prohibiciones concretas. Unas prohibiciones en las que no sólo se niegan derechos elementales de todos los ciudadanos sean o no creyentes, con ellas también se dificulta de un modo extremo la eficaz colaboración de los cristianos para conseguir de un modo pacífico el regreso a la normalidad democrática que Cuba necesita.

La Iglesia Católica y las demás denominaciones cristianas tienen el derecho y la vocación de educar en unos valores que facilitan la convivencia, la fraternidad y el progreso. Pierden los dirigentes cubanos otra preciosa oportunidad de generar un proceso de normalización democrática en un país donde la desesperación y la violencia van ganando terreno de un modo exponencial.

Es una pena que el gobierno de Díaz Canel no comprenda la gravedad de esta hora en toda su magnitud y esté dispuesto a permanecer en el poder ignorando permanentemente los reclamos de libertad de los cubanos. Es cierto que esto no es nuevo, viene ocurriendo desde el 1 de enero de 1959, la única diferencia es que el tiempo transcurrido los deja sin espacio y credibilidad para inventarse nuevos culpables.Que nadie se crea eso de “nunca es tarde si la dicha es buena”, porque la terca realidad nos indica que ya es tarde, muy tarde y los acciones correctas para hacer algo por la felicidad de los cubanos no terminan de aparecer por ninguna parte. 

Publicado por Cibercuba.com

CUBA NECESITA LIBERTAD

Los cubanos perdimos la libertad el 1 de enero de 1959, desde esa amarga fecha somos un pueblo esclavo. Nadie imaginó que esa perdida iba a ser tan larga y rotunda, en nuestra breve historia no hay acontecimiento comparable: ni la “reconcentración” de Valeriano Weyler, ni la violencia del Machadato, ni la Revolución del 33 o el disparate de golpe de estado perpetrado por Fulgencio Batista aquel 10 de marzo de 1952.  La equiparación del terror revolucionario con cualquiera de estos eventos hoy nos resulta ridícula.

La instauración de la tiranía comunista ha sido un éxito indiscutible, el mejor indicador de ese triunfo es que han transcurrido sesenta y dos años de poder absoluto y todavía observo a propios y extraños discutiendo sobre “si eso que existe en Cuba es o no comunismo”, como si el comunismo fuera algo distinto, en su teoría y práctica, a esa porquería sangrienta que hemos vivido.

Recuperar la libertad perdida es el dilema de los cubanos. Muchos han muerto en esa lucha, algunos murieron peleando y otros, los más, fueron asesinados. Sobre estos héroes pesa una suerte de silencio pactado, la idea de que oponer la rebelión a un régimen criminal es algo inútil, inmoral o ilegítimo consiguió un efecto paralizante que sólo ha servido a la tiranía. El único saldo positivo en esta tragedia es que hemos dejado de asociar la rebeldía con la violencia, quizás en un futuro consideremos que esto fue un “logro” de la Revolución comunista, rechazar para siempre el uso de la violencia como el único modo para resolver nuestros problemas. 

Con este telón de fondo se han escrito millares de cuartillas analizando nuestra derrota, razonando el fracaso, estableciendo causas y culpables, no digo que haya sido en sí un esfuerzo estéril, pero la realidad es que los cubanos seguimos siendo esclavos y rehenes. También se han dedicado suficientes cuartillas a la noble tarea de encontrar el camino hacia la libertad que un día perdimos, cada hombre es una idea, una opinión, un modo. Lo cierto es que este enero, pandémico y exhausto, se sumó a las seis décadas de libertad perdida.

El tiempo nunca acaba y mientras pasa, haciéndonos más viejos, en el debate público sobre nuestros problemas la idea de la libertad es cada vez más esquiva. Es cierto que en Cuba hacen falta muchas cosas, pero lo que más se necesita es libertad. El diálogo es una herramienta valiosa si nos conduce a la libertad. La amistad social es fecunda si nos conduce a la libertad. El perdón nos redime plenamente si nos conduce a la libertad. La libertad debe estar presente en cada negociación, en cualquier gradualidad, en todas las comprensiones, estrategias, modos y ritmos. La libertad es un valor que debemos mirar con la misma confianza que los navegantes de antaño miraban a la estrella polar, por la sencilla razón de que sin ella navegaremos sin rumbo en esta tragedia.

Cualquier esfuerzo que no se oriente hacia la libertad es un esfuerzo perdido, y peor aún, es un esfuerzo que sólo contribuirá a prolongar nuestra agonía. Sé bien que estas opiniones no me consiguen muchos amigos, pero no quiero renunciar a decir lo que pienso aunque para algunos compatriotas mi condición de exiliado me inhabilita para decir ciertas cosas.

Que cada uno haga lo que deba y se atreva a hacer, que Dios nos ayude a todos, y que nadie se engañe con cuentos chinos: Cuba lo que más necesita es libertad.

SOBRE LA EQUIPARACIÓN Y EL OLVIDO


Conducirnos hacia la equiparación y el olvido ha sido uno de los mayores éxitos del comunismo isleño. Al escuchar a mis compatriotas aquí en Miami compruebo que muchos de ellos son víctimas del síndrome de la Mesa Redonda, ese engendro publicitario blasonado por Randy Alonso.

La lluvia ácida del “sistema” ha logrado convencer a muchos cubanos de que “esto es igual que aquello”, poniendo en igualdad de condiciones a la más exitosa de las democracias con la más longeva de las tiranías familiares. Lo han conseguido con el férreo control de la información, la educación y la cultura durante décadas. Los cubanos no vimos el alunizaje de la Apolo XI, ni pudimos disfrutar las imágenes de un mundo que cambiaba al ritmo de los Beatles y nos creímos el cuento, al menos por unos días, de que en Granada, la islita caribeña que estrenaba aeropuerto para la subversión y el narcotráfico, los soldados cubanos habían muerto, abrazados a la bandera, en heroica resistencia ante la intervención americana. Todavía me parece escuchar a Manolo Ortega en compungida oratoria mientras el coronel Tortoló corría hacia la embajada soviética.

Nada lo ilustra mejor que el viejo chiste sobre el encuentro de Napoleón y Fidel en el más allá:

“Emperador, le admiro, si yo hubiera tenido su caballería la victoria socialista en América Latina sería un hecho”

“Comandante, yo le admiro más, porque de haber tenido el periódico Granma los franceses no se habrían enterado nunca que perdí en Waterloo”

La información es poder y los comunistas lo saben, por eso han mantenido un absoluto control sobre los medios, limitando el uso de la internet hasta donde han podido. En cualquier caso el éxito es inmenso, porque han logrado convencer a una ingente cantidad de cubanos de que los males del comunismo y las democracias liberales son equiparables; una percepción que se acrecienta entre los exiliados de hoy ante la necesidad de sobrevivir en una realidad para la que no han sido entrenados. Hay varias frases del argot popular que resumen este sentimiento, pero sólo voy a citar dos de ellas: “Esto es el comunismo sin libreta” y “Vinimos para la Yuma, pero esto es la llama”. La primera es absolutamente falsa, la segunda evidencia la realidad de que la libertad es hermosa, pero quema, porque la meritocracia ofrece grandes oportunidades, pero solo a partir de la honradez, la superación y el trabajo.

Es cierto que el capitalismo no es el Edén, hay políticos que se corrompen, empresarios que se corrompen, periodistas, artistas, médicos y mucha gente ordinaria que se corrompe, pero también es cierto que hay mecanismos para denunciar y controlar la corrupción. Es cierto que se cometen injusticias, pero existe el modo para reparar muchas de ellas y aunque el sistema legal no es perfecto ofrece las garantías necesarias para que recurramos a él en vez de huir o tomarnos la justicia por nuestra mano. Es pernicioso repetir el mantra de la equiparación, porque una mentira que se repite no se convierte en verdad, pero hace mucho daño.

Con la equiparación o junto a ella, el control de la información ha conseguido  algo que quizás es peor, acelerar el inevitable olvido. El olvido de las víctimas es el mayor triunfo de la tiranía y la más dañina consecuencia de sus crímenes, porque al olvidar soslayamos la naturaleza criminal de ese régimen y su doctrina.

Las víctimas han sido olvidadas y en muchos casos equiparadas a sus victimarios al atribuirles alguna culpa, alguna responsabilidad que las hace merecedoras del castigo recibido. No imagino que cosa puede ofender más y aunque entre nosotros es visible el cansancio que nos hace evitar estos asuntos, no me voy a callar verdad alguna, ni memoria, que contribuya a la eliminación de esa desgracia que padecemos. Una maldad que ha hecho un daño inmenso a los cubanos y que es preciso liquidar cuanto antes.