LIBERTAD PARA MAYULI

“Libertad para Mayuli” es el eslogan de una campaña que me ha llegado por Facebook. Mayuli fue secuestrada por su marido El Titi, quien la trajo a Miami contra su voluntad y ella, la pobre, no tuvo más remedio que aceptar la imposición de ese sujeto, un tipo inescrupuloso que se dejó seducir por el oropel capitalista.

Los organizadores de la campaña están convencidos de que esta mujer es una nueva víctima del exilio y de esta abominable ciudad de Miami, donde según Mayuli: “te pueden disparar a cualquier hora y en cualquier lugar”.

La protagonista de esta historia aparece en el video hablando con voz temblorosa desde los asientos traseros de un Uber, entre sollozos, nos cuenta que ella vive aterrorizada y que no se atreve a salir a la calle, excepto cuando va de compras al Mall. No es que prefiera las tiendas caras, ella sigue teniendo el mismo corazoncito humilde, es que el reguero de Ross y de Marshall le provoca náuseas. Su cautiverio está signado por las náuseas y el miedo, siente miedo a cada momento, no se atreve a manejar y da gracias a Dios porque la existencia de los chóferes de Uber le permite ir dos veces por semana a la peluquería de Yanisleydis una amiguita balsera que se secuestró a si misma y al SPA de Magda, una colombiana que se casó con el mejor amigo del Titi y que aborrece a todos los hombres cubanos, excepto a su marido que es “muy juicioso”.

Mayuli extraña mucho la apacible vida del barrio de Colón, ese oasis habanero en donde los delincuentes de mi barrio de San Leopoldo temían entrar. Mayuli extraña la mojonera de la calle San Lázaro y los atardeceres en el Malecón. Ella debía bordear la mojonera cada mañana para ir al Rapiperro donde trabajaba y mientras caminaba hacia su destino se distraía con la excrecencia burbujeante, con sus formas siempre inesperadas y caprichosas, tanto era así que nunca notó la tremendísima peste a mierda de aquel lugar. Mayuli extraña los derrumbes, los baches que conocía por su nombre, el olor a luz brillante de los almendrones y ese humo azul que despedían por el tubo de escape, así de caprichos es la nostalgia.

Ahora Mayuli se levanta cada mañana titiritando de frío porque sus hijos, infestados por el virus capitalista del confort, le meten unos bajones del carajo al aire acondicionado y cuando abre la ventana de la cocina para que salga la frialdad se tropieza con el insulso jardín del condominio, con su verde reluciente y esas maticas sembradas de forma simétrica alrededor de la fuente donde se bañan los gorriones. Mayuli no soporta a los indolentes pájaros de Miami, esos animalejos que suelen aparecer de la nada; pero a los que más odia es a los patos “porque se creen los dueños de la calle, en Cuba ya se los hubieran comido”.

Mayuli no soporta esta vida tan aburrida, todos los vecinos salen temprano a trabajar o duermen en la mañana porque trabajan por la noche. Estos últimos son los peores, los muy atravesaos le impiden poner a Jacob Forever a todo meter, mientras ella repasa la publicidad que le dejan en el buzón. En el condominio no permiten la música alta, ni que un perro ladre, y el que saca a pasear un perro tiene que recogerle la caca con un nailito. A Mayuli le gustaría tener un perro, pero eso de recoger la caca con un nailito no va con ella.

Mayuli, con lágrimas en los ojos, nos aseguró que ella nunca será esclava del asqueroso dinero, por eso no trabaja, ni trabajará nunca. El Titi, su marido, la obligó a venir y su huelga de brazos caídos es la única forma de protesta que tiene a su alcance. Ella emprendió esta huelga a las pocas horas de su arribo a Miami y la ha mantenido sin flaquear durante cuatro años. El Titi, como todo pro-capitalista mezquino, no ha entrado en razones y tiene tres trabajos para presionarla, pero nuestra heroína no se deja presionar por nadie y mucho menos por ese sujeto que se pasea por la casa desaliñado, soñoliento y se babea dormido en el sofá.

Mayuli no pudo terminar el relato de su batalla, de su lucha incesante por un mundo mejor y emocionada se echó a llorar. En ese preciso momento el video se detiene y la espera se alarga por unos instantes, una fracción de silencio que nos advierte del tiempo transcurrido. A continuación, se escucha una atribulada melodía de Sting y de inmediato, aparece el espacio para una donación y una firma de apoyo. El objetivo de esta campaña es que Mayuli pueda aparecer en el show de Oprah, se hace urgente amplificar la denuncia de estos secuestros, cada vez más frecuentes, en la ciudad de Miami.

JOCHIMÓN (SEGUNDA PARTE)

Jochimón (Segunda Parte)

En Febrero hará un año que llegó Jochimón, ya no piensa en traer a la novia políglota que se quedó en la Habana y se mueve por todo Miami en un Honda del 99 que pagó cash con sus ahorros. El otro día lo vi con la vecinita Hana Montana por Main Street en Miami Lakes, pero seguí de largo porque alguna vez aprendí que el onceno mandamiento es “no pasmar”. Sé que le manda dinero a su madre y que piensa viajar pronto a la Isla, siempre le causa asombro mi temor al regreso.

Jochimón ya domina los términos, los tópicos, las nuevas frases hechas y repite consignas del mercado con la misma indolencia con que una vez…. ya saben. El hombre nuevo, es el nuevo cliente de los vendedores, por eso a la semana ya tenía trabajo en la televisión Carlos Otero, no es cierto que en inglés los programas de entretenimiento sean mejores, los mercaderes han encontrado el queso que gusta a estos ratones. De cualquier forma, a él nadie le ha mostrado otra cosa; para una buena parte de esta gente que llega, ser cubano es ser chévere, resolver, buscar el billete y en el primer chance que tengan volver, allá están la familia, los socios y una novia políglota que espera en la estación.

Aquí hay quien se pregunta qué hacer para llegar a Cuba, pero Cuba llega a aquí todos los días y preferimos ignorarla. No es fácil la cosa porque Jochimón no está solo, en Miami están la mayor parte de los socios de la escuela y del barrio, tienen su propio ambiente, su propia nostalgia y les da lo mismo tomarse una Heineken con Max Lesnik que con Pérez Roura. Nadie quiere coger el toro por los cuernos, que es entrarle a esta parte de la nación cubana con algo más que los conciertos que prepara Hugo Cancio o con discursos que no les dicen nada.

Ni la Iglesia sabe qué hacer con esta gente, que cree en la Caridad, en Santa Bárbara, que recibió el Bautismo en los ochenta y acaso sabe rezar el Padre Nuestro. Gente que no es católica a la usanza de aquellos que llevaron las antorchas en aquel Congreso del 59, aunque después la Iglesia quedó a oscuras, con Luz pero sin luces.

El pobre Jochimón no sabe que su estampa provoca este monólogo, debía preguntarme qué haría él si supiera mis elucubraciones. Mientras yo me decido a hablarle de estas cosas, Jochimón prepara su primer viaje a Cuba, de lo que lleva en sus maletas poco es nuestro, pero él no lo sabe, ni le importa. Su pasaporte azul llegó hace una semana, me explica que “cualquiera” puede viajar a Cuba, con este pasaporte “habilitado”.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

ELOGIO DE MIGUELITO (DĺAZ-CANEL)

Elogio de Miguelito (Díaz-Canel)

Queridos compatriotas no subestimen a Díaz-Canel, su apellido compuesto es la premonición de una noble astucia; si siguiera la ruta hacia Miami, que un día tomaron otros desertores ilustres, al aplicar para la residencia conservaría sus dos apellidos sonoros, llamados a completar un endecasílabo.

Sí, analistas del patio, Miguelito comparte con todos los cubanos el augurio de potencial balsero, de traidor que prepara la fuga, todo depende del movimiento de la ratonera, del humor del gato. No hay lugar a dudas, Díaz-Canel es uno de los nuestros, tiene la paciencia de un colero, la adaptabilidad de una claria, la grisura mórbida de un sobreviviente. Ha llegado a la cima del volcán, es una mezcla de Dorticós, Aldana, Robaina, Pérez Roque, Lage, es coctel de prescindibles, de muertos vivientes, es el hombre nuevo e inquietante que se abraza al carro de los dioses de Birán.

Sí compatriotas, Díaz-Canel es el tipo, el salvaje, la fiera, el ungido gerente de una empresa macabra. Aterrador y enigmático capta la mejor esencia de Ramiro, la prestancia de Machadito. Tiene futuro el hombre, el rostro nuevo de lo inservible, el espectro perfecto para una nación que agoniza.

Más allá de lo que pasa siempre con los palafreneros de un poder predecible es difícil aventurar el papel de Miguelito en la historia de Cuba, pero todo hombre tiene un destino y el tiempo, desde siempre, nos impide matar a nuestro sucesor. Son los imponderables de la historia, esos guiños de la vida y la muerte que se escapan a la suposición del cualquier escenario; sepulturero es también aquel que no tiene otro remedio que enterrar un cadáver y no tengo la menor duda de que el cadáver de la Revolución será enterrado por alguien, nadie sabe si ha de tocarle a Miguelito la tarea, el tiempo dirá si escoge el bando de los enterradores o el de los muertos. Lo tiene difícil para pasar a la historia como un hombre, ¿quién puede conservar su humanidad si sirve a un monstruo?, ¿quién puede decir que sirvió para algo si no hizo nada para que esa calamidad termine pronto?

Sí compatriotas, Miguelito es el hombre, nuestro genuino líder, amado presidente por ahora.

 

ADOLESCENTES

Adolescentes

Tenía quince años cuando un compañero del aula le confesó que quería matarse. Le dijo a su amigo que se dejara de comer tanta mierda: “Acere no te dejes intimidar por ningún profesor, ni por nadie, si alguien te jode mucho métele un cabillazo”.

Ayer, en las noticias, vio la condena a cuarenta años de cárcel para un muchacho que mató a otro por un pueril asunto de faldas. Se acordó entonces de su amigo suicida, que aún vive, y del peligroso consejo de un adolescente a otro.

 

EL BUDA

El Buda

Ayer soñé con el Buda de Tati, que me acercaba a tocar su barriga de porcelana y me miraba. No recuerdo cuándo descubrí que aquel chino gordo era la imagen de Buda.

Tati era un erizo pero yo tengo suerte para los erizos o acaso soy uno de ellos y no me he dado cuenta. El día en que por poco me dejan con siete dedos ella llegó al hospital primero que mami, mientras los enfermeros me echaban en la mano derecha litros de alcohol y agua oxigenada la vi entrar por la puerta. Nunca le pregunté cómo llegó tan rápido. Después vino casi todos los días a hacerme la visita hasta que me botaron del hospital 21 días después.

No le gustaban los animales pero su hijo Carlitos le coló una gata en la casa, Tati fue su verdadera dueña, le puso Reina y vivió como tal. Ella le compraba unas cajitas de picadillo de pescado que vendían en la pescadería del derrumbe del teatro Shangai. Después trajo otra gata que se llamó Milagro porque la recogió muerta de hambre y “se salvó de milagro”.

Nunca cocinó bien, hay gente que no aprende nunca a cocinar, antes de que Fidel llegara a La Habana Tati tuvo un empleado que iba a la casa y realizaba parte del trabajo doméstico, su mamá cocinaba, su esposo Manolo traía la comida o salían a comer. Manolo era jefe de despacho del Ministro de Comunicaciones, los ministros cambiaban pero Manolo por su probidad y competencia permanecía. Tati y Manolo vivían holgadamente pero sin lujos, Manolo tenía delirio con ella y quizás por tener tantos mimos, Tati no aprendió a cocinar.

Carlitos se parece a Manolo en el físico pero tiene más de Tati en el carácter, heredó de ella la tenacidad ante el propósito: una vez, cuando nadie lo hacía, se empeñó en ver los canales de afuera. Yo pensé que no lo iba a lograr pero hurgó en todos los barrios de La Habana y consiguió la dirección de un hombre que fabricaba unos engendros giratorios que cogían los canales. La antena se alzaba de una planta baja a un cuarto piso, se orientaba con un sistema de polea y manigueta, pero a veces el sistema fallaba y había que recurrir a la orientación manual, entonces Carlitos me daba un grito para que le orientara la antena.

Carlitos me fastidiaba mucho con la antena, pero en mi casa no había teléfono y yo usaba el de casa de Tati. Bajaba a cualquier hora a llamar o daba ese teléfono para que me llamaran, mi hermano y yo teníamos ese privilegio que ella no otorgaba, muy pocos tenían vía expedita en su casa de erizo.

En el despacho de Manolo quedaron unas botellas de Oporto que nos bebimos años después de su muerte, todavía estaban buenas y eran de la cosecha del cincuenta y tantos. Manolo tenía afición por la historia y José Luciano Franco el biógrafo del general Antonio Maceo iba a consultarle con frecuencia. No sé que habrá hecho Carlitos con su iconografía de la Guerra con fotos de toda la oficialidad mambisa, ni con el sable toledano -que yo imaginaba- trofeo de algún pariente mambí de Manolo y que me hubiera gustado tener.

Tati sobrevivió a Manolo y murió en los noventa. Algo de mi vida murió con ellos y con ese edificio de Escobar y Zanja que visualizo cuando pienso en mi casa.

Carlitos vive en Miami y nos hablamos a cada rato, de algún modo logró traer el Buda que permanece en mis sueños, me ha dicho que adorna la sala de su casa, sé que me llamará cuando lea esta crónica.
El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

TARZÁN Y LUIS

Tarzán y Luis

Tarzán era bajito, el tipo chiquitico que hace pesas para ponerse fuerte, que aprende artes marciales para que no lo abofeteen cada dos cuadras. Cuando lo conocí manejaba un montacargas y vestía como un ranger, era un Rambo cubano con botas “Centauro” que descargaba una rastra cargada de bovinas en tres cuartos de hora.

Tarzán “explotó” porque tenía una fábrica de velas con unos socios, lo agarró un patrullero descargando dos toneladas de parafina en un solar. Se pasaba el día ofreciendo las velas en el trabajo: “oye tengo velas, para los santos y los apagones”.

Le echaron varios años para cumplirlos en el Combinado. Se destacó pronto en el “Tanque” repartiendo estrallones. Lo sacaron de allí porque el MININT buscaba entrenadores para la PNR. Tarzán terminó trabajando en la Unidad de Zanja.

Luis era diferente, era un hombrón que imponía respeto con su presencia. Vino muy joven para La Habana y desde entonces fue carnicero. Un día me reveló uno de los secretos de su oficio: el truco de la merma. Los carniceros pesaban el rollo de papel para envolver la carne, 30 libras de papel, 30 libras de carne que sobran.

Luis siempre quiso tener un Chevrolet, se compró el modelo del 52, no había pasado un mes cuando llegaron con la orden de registro. Aunque no le pudieron probar nada, lo condenaron por “convicción”, tuvo suerte y fue a dar a una “Granja”. Lo sacaban a cortar caña, pero no estaba en régimen de cárcel, su mujer le llevaba una “jaba” cada 15 días. A los pocos meses Luis tenía rendimiento de machetero millonario, al año era Vanguardia Nacional del Trabajo.

A finales de Abril la mujer de Luis, amiga de mi madre, llamó a mi casa. Luis, por ser Machetero Millonario, iba a estar en la Tribuna del Primero de Mayo en la Plaza. Aquel Primero de Mayo vimos a Luis en la Televisión, con sombrero de guano, un pullover naranja con la efigie de Lázaro Peña, en su pecho brillaba una medalla de Vanguardia. Después del acto regresaría a la “Granja”, se le veía tranquilo como siempre.

En la silla de al lado se sentó un joven oficial del MININT, algo pequeño para su oficio. Cualquiera afirmaría que aquellos hombres tenían poco en común, así también lo pensarían ellos que apenas se saludaron. Aquel oficial del MININT era Tarzán, un Rambo cubano fabricante de velas, que por otra sinrazón del destino, también estuvo en la Tribuna de aquel Primero de Mayo en la Plaza.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

MEMORIA DE BAUTA

Memoria de Bauta

En un tiempo en el que las visitas no eran un inconveniente mi abuela visitaba a la familia sin previo aviso, siempre después de almuerzo porque en los años setenta el racionamiento ya era costumbre. Mi familia por parte de mis abuelos maternos es de Bauta y el domingo allá nos íbamos mi abuela y yo, como fiel escudero en el visiteo.

La ruta 43 tenía parada en Zanja, casi frente a la casa y en ella viajábamos hasta Marianao, después había que hacer la cola de la 99, la ruta que llegaba a Bauta. Me gustaba aquel viaje, cuando alcanzaba una ventanilla podía mirar de rodillas la secuencia de una ciudad que todavía era hermosa. Después de Mariano venían La Lisa, Novia del Mediodía, Arroyo Arenas, Punta Brava y al poco tiempo se veía la Conaca, un tanque de hierro fundido que debió proveer de agua al pueblo y en unos minutos tocábamos la puerta de tía Yeya, primera y obligada visita.

Tía Yeya siempre tenía algún postre a mano, yo me felicitaba cuando había boniatillo y me acomodaba en un sofá para leer las historietas de Superman, el Fantasma, Mandrake el Mago y el Príncipe Valiente; alguna vez le pregunté por qué los periódicos de ahora no tenían muñequitos, por suerte existían aquellos libracos de mi tío Bebo, coleccionista de historietas, pintor de escenas taurinas y vestales, español y cubano.

Tío Bebo tenía una biblioteca de estantes de caoba con su tarjetero, tuvo una bodega que la escasez convirtió en guarapera y aspiraciones políticas, según me contaron. Hubiera sido un buen hombre público mi tío abuelo político con su bondad ordenada. Pero no pudo ser, pasó lo que pasó, perdió varias casas que tenía en el pueblo y perdió la bodega, aunque se quedó trabajando en ella hasta la jubilación. Mis tíos abuelos conservaron la casa donde vivían, con sus libros y porcelanas, todo aquello detenido en el tiempo, aguardando.

Casi enfrente vive tío Chuti, el viejo militante del PSP, que combatió en Girón y fue herido en una pierna; sobrio te recitaba las cantinelas de manual y si se daba un trago comenzaban las dudas que suelen acompañar a los hombres honestos. Hoy, nonagenario, regresa a aquellos días en que los muchachones socialistas del pueblo pedían prestados al Padre Gayol los bancos de la iglesia para una reunión o cuando Mister Hedges, el americano dueño de la textilera lo iba a buscar para que regresara a sus labores de rotulista y no se metiera en problemas.

La pasión socialista de tío Chuti la heredó de su madre, mi bisabuela canaria Margarita Viña; una pasión socialista que no regresará a Cuba en mucho tiempo, que se alimenta de un odio viejo y se resiste a abandonar a España.

Salir de casa de Chuti, cruzar otra vez la carretera Central para subir por la calle lateral a la bodega del tío Bebo, atravesar la línea del tren, con las debidas y exageradas precauciones de mi abuela, que siempre mencionaba con nombre y apellidos alguna víctima ferroviaria. Entrar en un barrio más pobre, de casitas de madera pegadas unas con otras para llegar a casa de tía Tilita, la casita pobre con suelo de cemento lustrado, de limpieza absoluta. La tía viuda que conservaba la mandolina del difunto esposo colgada en la pared, que crió los hijos sola, trabajando.

Mi abuela miraba su reloj a cada rato, esto determinaba las últimas visitas, las menos imperiosas. Muchas veces llegábamos a casa de su sobrino Pepe, que vio el alunizaje del Apolo, que tocaba en un combo y criaba peces para sus hijos, hasta el último tramo de sus cuarenta años. Una tarde, en el cierre, le hicimos la visita a una hermana de mi bisabuela Margarita que alcanzó a vivir más de cien años, cuando la conocí todavía cosía las mejores guayaberas del pueblo, no recuerdo su nombre, sólo tengo la imagen de una viejita blanca en una mecedora.

Según las coordenadas finales del paseo, antes o después, siempre había que pasar frente al cine Suárez, frente a la Sociedad, cruzar por el parque de la iglesia que embelleció el Padre Gaztelu con obras de Portocarrero, Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. En el parque solía subir a la glorieta, gritar para escuchar el eco y visitar el busto de mi bisabuelo Carlos Valdés Rosas, recordatorio del maestro emérito, niño expósito.

El bisabuelo fue muy querido en el pueblo, cuentan que su muerte provocó gran consternación y en su memoria una escuela pública lleva su nombre. Cuando triunfó la revolución quisieron cambiar el nombre de la escuela, pero la gente protestó y no lo cambiaron. Uno de los hijos del Maestro, mi tío abuelo René, escribió un libro de crónicas sobre Bauta, un libro que relata la vida de sus pobladores en los inicios del pasado siglo, las tertulias de los cafés, las bromas de entonces, un libro de tapas verdes que siempre estuvo en casa.

Al terminar la última visita, íbamos caminando hasta la terminal y en el trayecto mi abuela solía enumerar las tiendas y comercios que habían, los platos y postres que se servían en fondas y restaurantes, la variedad de revistas y periódicos locales, la textilera que benefició tanto al pueblo y el buen recuerdo de sus dueños americanos, la fábrica de fósforos, la ferretería el Candado, los San Román, los Maruri, los bailes, las fiestas y yo iba de la mano de mi abuela imaginando un paraíso, preguntándome que había pasado con todo eso.

Para el regreso muchas veces alquilábamos un carro de Anchar en la piquera, los viejos carros de alquiler, una de las pocas actividades privadas que sobrevivieron a la confiscación revolucionaria. El viaje costaba dos pesos por persona y mi abuela me llevaba sentado en sus piernas para pagar un solo pasaje. Al regresar caía la tarde sobre el campo, con la sombra perfecta de los ficus que cubrían grandes tramos de la carretera central. Y después la ciudad de noche, el recorrido a veces laberíntico para dejar a los viajeros, bajarnos en Zanja y Cerrada del Paseo, caminar hasta casa, comer algo mientras se cuentan las incidencias del viaje y a dormir los niños, que después de un paseo siempre se acuestan con muchas más preguntas que respuestas.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

MI HERMANO

Mi hermano

Orestes se ordenó sacerdote de Ifá en un país donde los negros no importan. Orestes se hizo un reino aparte, vive aparte, reza, sueña aparte. Ayer, al salir de la escuela, me fui con él a tomar una malta. Y desperté en Madrid con el sabor de aquella malta que bebíamos siempre en las tardes. Fue un día de exilio, con muchas ganas de pegarle a alguien.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

TARARÁ

Tarará

La última vez que estuve en Tarará tenía catorce años, mi escuela secundaria la “William Soler”, fue escogida con otras secundarias de Centro Habana para ir al “Plan Vacacional” en el “Campamento Nacional de Pioneros José Martí”.

Llegamos en una flotilla de ómnibus Girón y nos dieron las casas, a nosotros nos tocó una casona de dos plantas con ventanas de persianas francesas, al segundo día de estar allí nos quedamos sin profesor, en las otras casas, antes o después ocurrió lo mismo. Éramos un ejército de adolescentes solos, cada uno hacía lo que le venía en gana y como era de esperar aquello terminó como la fiesta del Guatao.

A la una o las dos de la mañana llegaron los de la Juventud dando golpes en la puerta, al principio ni los oímos, después eran tantos los golpes y los gritos que abrimos, a mí me agarraron cuando tiraba un zapato, pero había otros que rompían ventanas y muebles. Nos sacaron enseguida a la calle y ellos mismos sacaron nuestros maletines y pertenencias. Salimos de Tarará en varias patrullas, el negro Félix le dijo al guardia que quería una ventanilla, cuatro íbamos en el asiento de atrás, yo caí entre Prevé y Conde, todo fue tan rápido que no estaba asustado. Por suerte las patrullas eran para llevarnos hasta las guaguas y a esa hora salimos para la Habana, el viaje de regreso lo hicimos en silencio, nunca más volví a aquel lugar.

Aquel verano Tarará fue un desastre, broncas en los bailables, gente que se colaba en el Campamento, estoy seguro que hubo heridos y quizás algún muerto; cerca de la playa vi una pelea en la que se cortaron con picos de botella, yo me quedé mirando como un bobo y Conde me metió un empujón, a ratos me vienen los recuerdos de aquella noche con un muchacho tirado contra una cerca.

Sin embargo, los recuerdos que tengo de mi niñez son diferentes, Tarará era un lugar ordenado, había un parque de diversiones con elefantes voladores, una montaña rusa y un teleférico que cruzaba el río; un lugar distinto con bandejas de aluminio, carne rusa y algún chocolate. La primera vez que fui estaba en tercer grado y lo disfruté mucho, aunque me daba asco la leche con nata y había frío en las aulas.

Muchos años después supe que Tarará, en los albores de la revolución, fue el lugar escogido para armar una comandancia invisible, un gobierno en la sombra. Consumado el horror sería el símbolo de la expropiación revolucionaria, la mejor vitrina del logro educativo, una imagen viva del realismo socialista de rostros alegres para mostrar al mundo.

En alguna de aquellas estancias vacacionales trajeron a viejas glorias de la Revolución para que nos contaran sus hazañas, antiguos dirigentes que habían sobrevivido a sus propios engendros. Me tocó un conversatorio con Fabio Grobart, el judío de origen polaco enviado por Moscú, un comisario que se llevó a la tumba el secreto de innumerables conspiraciones y crímenes. Cuando lo vi en Tarará tendría ochenta y tantos o noventa años, los muchachos le hacían preguntas previamente revisadas por los “cuadros” de la Juventud que nos acompañaban, el viejo respondía con lentitud y yo me perdía en los huecos de sus medias de nylon. Mi fastidiosa memoria no recuerda su cara, ni palabra alguna, sólo una guayabera color crema y sus medias rotas.

Con el tiempo el Campamento de Tarará dejó de recibir pioneros, estuvieron durante algunos años los niños víctimas del espanto de Chernobil y después lo cubrieron con la niebla que ampara los fracasos. Alguna vez escuché que lo utilizarían para el turismo pero a ciencia cierta no sé que han hecho allí, fue un lugar como otros que dejó de importarme. Hace ya algunos meses supe que la Iglesia de Tarará fue otra vez consagrada y abierta al público. Fue una sorpresa para mí, que nunca vi esa iglesia y no sabía ni siquiera que existía. Me alegró saber que hay un lugar sagrado en donde abundó la maldad, una maldad que todavía desconocemos, que nos impide escuchar y acoger, que nos divide y nos distrae.

En la iglesia de Tarará se celebra otra vez la eucaristía, lo que fue noticia en algunos medios de prensa extranjeros ahora es rutina, la lectura política de este acontecimiento que ya ha sido olvidado es menos que un recuerdo. La alegría de saber que se celebra esa misa me invita a creer que la maldad es hoy menos intensa. Sé que es menos intensa, desde que brilla en Tarará una lámpara.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

LOS CHINOS DE ZANJA

Los chinos de Zanja

Mi abuelo me contaba que los chinos
sacaban el dragón los días de fiesta
y la calle lucía estandartes,
banderas,
y redondos faroles de papel.

Mi abuelo me contaba que los chinos
eran propicios al juego,
al suicidio;
casi nunca peleaban
pero cuando lo hacían era a muerte.

Mi abuelo recordaba el ruido de las carretillas
y unos papalotes distintos
y una justicia secreta e inexorable.

Mi abuelo añoró siempre
la sopa que vendían.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.