MAZORRA

Mazorra

Calamar, calamar Sal del Mar ¿No ves que la vaca embiste? Pues vuelve a entrar

Con estos versos se presentó, cabía suponer que era un bromista, pero el autor de aquel poema insólito pintaba en serio la obsesión de un atardecer violeta y ángeles caídos. Lino era consciente de su mal, cuando la esquizofrenia estaba a punto de vencerlo preparaba su maletín para irse a Mazorra. Después, al cabo de unos meses, estaba de regreso: “¿Lino dónde estuviste?” “De vacaciones con el Dr. Ordaz señores, de vacaciones” y no quedaba más remedio que reír con aquel hombre.

Lino vivía en una casona construida en los años veinte, que conservaba las rejas de entonces y una mecedora en el portal. En la barriada del Cerro, en una de esas cuadras de aceras anchas donde la gente saca una mesa de dominó y juega en la calle. Su madre anciana lo acompañaba en aquel bullicioso retiro.

A esa misma casa llegaron a buscarlo, tocaron a la puerta y cuando salió lo montaron en una guagua Girón, de esas que usaban en las becas y en las escuelas al campo. La guagua estaba llena de gente extraña, iban para el Mariel, desde donde embarcarían hacia Miami. La madre de Lino no estaba en la casa cuando se lo llevaron, ningún vecino se atrevió a hacer nada.

La guagua siguió su recorrido, todavía quedaban asientos vacíos y en otras paradas recogieron a nuevos viajeros que abordaban el ómnibus en silencio. Lino estaba mareado de dar tantas vueltas en aquella guagua apestosa. En algún punto, antes de llegar a la carretera, logró tirarse por la ventanilla. Los guardias lo vieron pero no pudieron hacer nada, no se atrevieron a seguirlo con una guagua por las calles de aquellos barrios .

Lino no regresó a su casa, caminó hasta Boyeros, allí cogió la 76 que iba para Santiago de las Vegas y se bajó en Mazorra. El Dr. Ordaz lo recibió como siempre, le gustaban los cuadros de Lino, conservaba algunos. Ordaz le dijo que se quedara allí hasta que pasara todo, le dieron una cama y se quedó. Cuando cerraron el Mariel Lino volvió a su casa.

La madre de Lino hablaba bien de Mazorra, estaba más tranquila cuando él estaba allí. Ella creía que en aquel hospital su hijo estaba protegido y en su caso, quizás, era cierto. Mazorra tuvo un lado siniestro, de víctimas sin nombre, que Lino y su madre no conocieron.

Hace unos años murió Bernabé Ordaz, al leer la nota que publicó el Herald me acordé de Lino, de su confianza en aquel hombre. En estos días han muerto de frío más de cuarenta pacientes en el Hospital Psiquiátrico de la Habana, conocido popularmente como Mazorra. No sé si Lino estará entre ellos, probablemente nunca lo sabré; como es común en Cuba, no habrán listas, ni datos disponibles.

Lino, si vive aún, debe ser mayor. Su enfermedad era crónica, pero se iba amansando con los años, como se amansan los lobos de los cuentos. Puede que mi temor no sea cierto, puede que no haya regresado más a Mazorra y que esté en su casa del Cerro, envejeciendo a solas con su pelea de ángeles, en un atardecer color violeta.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

LA BASE DE GUANTÁNAMO

La Base de Guantánamo

Parece que Fidel, antes de morirse, dijo que la Base Naval de Guantánamo nos hería como un cuchillo en el corazón y la dignidad de los cubanos. Mi socio el Válvula no conoce esta frase, a él la herida se la hicieron intentando llegar a la Base, nunca me enteré bien de los detalles, pero sé que está vivo de milagro.

Después, en el Maleconazo se desquitó a su gusto. Yo no estaba en la Habana, pero la vieja me contó que el Válvula llamó a la casa para decirme que fuera para allá, que él estaba con otros volcando unas patrullas.

Mi socio el Válvula se fue con Ariel el Beluga y el Mapo en unas cámaras de camión que les conseguí. Nunca se imaginó que aquella Base, donde quiso entrar – y que según el Cadáver de Fidel es una herida- iba a ser su casa durante un par de años. Ahora vive en Miami, pero hace mucho que le perdí el rastro.

No sé cómo será el Válvula hoy en día, pero el de antes se hubiera encabronado con la gente que quiere que los americanos suelten la Base. Y eso que nunca habló con Momblant, aquel viejito guantanamero que vendía cigarros al menudeo en el portal de la Iglesia del Carmen. Según Momblant la base trajo prosperidad a Guantánamo y más que quitarla -si él fuera el Comandante o el Presidente- lo que haría es alquilarla. Parece que Momblant, además de vender cigarros al menudeo, fungía como asesor de los alemanes, esos que le guapearon al gobierno de Bush para que no se llevara una de aquellas bases que se instalaron cuando la Guerra Fría. A lo mejor no fueron los consejos de Momblant y esos alemanes que protestaron eran unos entreguistas, y unos plattistas, y unos materialistas; pero en aquel pueblo de Alemania la Base era el sustento de miles de familias.

Visto lo visto no sé qué será lo mejor, si quitar esa Base Naval de Guantánamo para lavar la honra del Ejército Libertador –como me dijo un día el fallecido Agapito Menéndez- o alquilar más terreno para otras Bases y sacar un dinero, que falta nos va a hacer.

Habrá que ver, habrá que consultar a los estudiosos del Derecho Internacional para que dictaminen sobre materia tan farragosa y hacer un referendo donde decidiremos, soberanamente, qué hacer con la Base; aunque lo más probable es que cuando llegue ese momento tan democrático los americanos salgan corriendo de allí sin esperar a que se lo pidamos, ahorrándonos la jurisprudencia y la polémica.

En fin, compatriotas, cualquiera sabe lo que nos tiene reservado el futuro, lo que si me gustaría mucho es saber del Válvula; si alguien lee estas líneas y sabe de él, que por favor me avise.
El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

JOCHIMÓN (SEGUNDA PARTE)

Jochimón (Segunda Parte)

En Febrero hará un año que llegó Jochimón, ya no piensa en traer a la novia políglota que se quedó en la Habana y se mueve por todo Miami en un Honda del 99 que pagó cash con sus ahorros. El otro día lo vi con la vecinita Hana Montana por Main Street en Miami Lakes, pero seguí de largo porque alguna vez aprendí que el onceno mandamiento es “no pasmar”. Sé que le manda dinero a su madre y que piensa viajar pronto a la Isla, siempre le causa asombro mi temor al regreso.

Jochimón ya domina los términos, los tópicos, las nuevas frases hechas y repite consignas del mercado con la misma indolencia con que una vez…. ya saben. El hombre nuevo, es el nuevo cliente de los vendedores, por eso a la semana ya tenía trabajo en la televisión Carlos Otero, no es cierto que en inglés los programas de entretenimiento sean mejores, los mercaderes han encontrado el queso que gusta a estos ratones. De cualquier forma, a él nadie le ha mostrado otra cosa; para una buena parte de esta gente que llega, ser cubano es ser chévere, resolver, buscar el billete y en el primer chance que tengan volver, allá están la familia, los socios y una novia políglota que espera en la estación.

Aquí hay quien se pregunta qué hacer para llegar a Cuba, pero Cuba llega a aquí todos los días y preferimos ignorarla. No es fácil la cosa porque Jochimón no está solo, en Miami están la mayor parte de los socios de la escuela y del barrio, tienen su propio ambiente, su propia nostalgia y les da lo mismo tomarse una Heineken con Max Lesnik que con Pérez Roura. Nadie quiere coger el toro por los cuernos, que es entrarle a esta parte de la nación cubana con algo más que los conciertos que prepara Hugo Cancio o con discursos que no les dicen nada.

Ni la Iglesia sabe qué hacer con esta gente, que cree en la Caridad, en Santa Bárbara, que recibió el Bautismo en los ochenta y acaso sabe rezar el Padre Nuestro. Gente que no es católica a la usanza de aquellos que llevaron las antorchas en aquel Congreso del 59, aunque después la Iglesia quedó a oscuras, con Luz pero sin luces.

El pobre Jochimón no sabe que su estampa provoca este monólogo, debía preguntarme qué haría él si supiera mis elucubraciones. Mientras yo me decido a hablarle de estas cosas, Jochimón prepara su primer viaje a Cuba, de lo que lleva en sus maletas poco es nuestro, pero él no lo sabe, ni le importa. Su pasaporte azul llegó hace una semana, me explica que “cualquiera” puede viajar a Cuba, con este pasaporte “habilitado”.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

EL BUDA

El Buda

Ayer soñé con el Buda de Tati, que me acercaba a tocar su barriga de porcelana y me miraba. No recuerdo cuándo descubrí que aquel chino gordo era la imagen de Buda.

Tati era un erizo pero yo tengo suerte para los erizos o acaso soy uno de ellos y no me he dado cuenta. El día en que por poco me dejan con siete dedos ella llegó al hospital primero que mami, mientras los enfermeros me echaban en la mano derecha litros de alcohol y agua oxigenada la vi entrar por la puerta. Nunca le pregunté cómo llegó tan rápido. Después vino casi todos los días a hacerme la visita hasta que me botaron del hospital 21 días después.

No le gustaban los animales pero su hijo Carlitos le coló una gata en la casa, Tati fue su verdadera dueña, le puso Reina y vivió como tal. Ella le compraba unas cajitas de picadillo de pescado que vendían en la pescadería del derrumbe del teatro Shangai. Después trajo otra gata que se llamó Milagro porque la recogió muerta de hambre y “se salvó de milagro”.

Nunca cocinó bien, hay gente que no aprende nunca a cocinar, antes de que Fidel llegara a La Habana Tati tuvo un empleado que iba a la casa y realizaba parte del trabajo doméstico, su mamá cocinaba, su esposo Manolo traía la comida o salían a comer. Manolo era jefe de despacho del Ministro de Comunicaciones, los ministros cambiaban pero Manolo por su probidad y competencia permanecía. Tati y Manolo vivían holgadamente pero sin lujos, Manolo tenía delirio con ella y quizás por tener tantos mimos, Tati no aprendió a cocinar.

Carlitos se parece a Manolo en el físico pero tiene más de Tati en el carácter, heredó de ella la tenacidad ante el propósito: una vez, cuando nadie lo hacía, se empeñó en ver los canales de afuera. Yo pensé que no lo iba a lograr pero hurgó en todos los barrios de La Habana y consiguió la dirección de un hombre que fabricaba unos engendros giratorios que cogían los canales. La antena se alzaba de una planta baja a un cuarto piso, se orientaba con un sistema de polea y manigueta, pero a veces el sistema fallaba y había que recurrir a la orientación manual, entonces Carlitos me daba un grito para que le orientara la antena.

Carlitos me fastidiaba mucho con la antena, pero en mi casa no había teléfono y yo usaba el de casa de Tati. Bajaba a cualquier hora a llamar o daba ese teléfono para que me llamaran, mi hermano y yo teníamos ese privilegio que ella no otorgaba, muy pocos tenían vía expedita en su casa de erizo.

En el despacho de Manolo quedaron unas botellas de Oporto que nos bebimos años después de su muerte, todavía estaban buenas y eran de la cosecha del cincuenta y tantos. Manolo tenía afición por la historia y José Luciano Franco el biógrafo del general Antonio Maceo iba a consultarle con frecuencia. No sé que habrá hecho Carlitos con su iconografía de la Guerra con fotos de toda la oficialidad mambisa, ni con el sable toledano -que yo imaginaba- trofeo de algún pariente mambí de Manolo y que me hubiera gustado tener.

Tati sobrevivió a Manolo y murió en los noventa. Algo de mi vida murió con ellos y con ese edificio de Escobar y Zanja que visualizo cuando pienso en mi casa.

Carlitos vive en Miami y nos hablamos a cada rato, de algún modo logró traer el Buda que permanece en mis sueños, me ha dicho que adorna la sala de su casa, sé que me llamará cuando lea esta crónica.
El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

TARZÁN Y LUIS

Tarzán y Luis

Tarzán era bajito, el tipo chiquitico que hace pesas para ponerse fuerte, que aprende artes marciales para que no lo abofeteen cada dos cuadras. Cuando lo conocí manejaba un montacargas y vestía como un ranger, era un Rambo cubano con botas “Centauro” que descargaba una rastra cargada de bovinas en tres cuartos de hora.

Tarzán “explotó” porque tenía una fábrica de velas con unos socios, lo agarró un patrullero descargando dos toneladas de parafina en un solar. Se pasaba el día ofreciendo las velas en el trabajo: “oye tengo velas, para los santos y los apagones”.

Le echaron varios años para cumplirlos en el Combinado. Se destacó pronto en el “Tanque” repartiendo estrallones. Lo sacaron de allí porque el MININT buscaba entrenadores para la PNR. Tarzán terminó trabajando en la Unidad de Zanja.

Luis era diferente, era un hombrón que imponía respeto con su presencia. Vino muy joven para La Habana y desde entonces fue carnicero. Un día me reveló uno de los secretos de su oficio: el truco de la merma. Los carniceros pesaban el rollo de papel para envolver la carne, 30 libras de papel, 30 libras de carne que sobran.

Luis siempre quiso tener un Chevrolet, se compró el modelo del 52, no había pasado un mes cuando llegaron con la orden de registro. Aunque no le pudieron probar nada, lo condenaron por “convicción”, tuvo suerte y fue a dar a una “Granja”. Lo sacaban a cortar caña, pero no estaba en régimen de cárcel, su mujer le llevaba una “jaba” cada 15 días. A los pocos meses Luis tenía rendimiento de machetero millonario, al año era Vanguardia Nacional del Trabajo.

A finales de Abril la mujer de Luis, amiga de mi madre, llamó a mi casa. Luis, por ser Machetero Millonario, iba a estar en la Tribuna del Primero de Mayo en la Plaza. Aquel Primero de Mayo vimos a Luis en la Televisión, con sombrero de guano, un pullover naranja con la efigie de Lázaro Peña, en su pecho brillaba una medalla de Vanguardia. Después del acto regresaría a la “Granja”, se le veía tranquilo como siempre.

En la silla de al lado se sentó un joven oficial del MININT, algo pequeño para su oficio. Cualquiera afirmaría que aquellos hombres tenían poco en común, así también lo pensarían ellos que apenas se saludaron. Aquel oficial del MININT era Tarzán, un Rambo cubano fabricante de velas, que por otra sinrazón del destino, también estuvo en la Tribuna de aquel Primero de Mayo en la Plaza.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

MEMORIA DE BAUTA

Memoria de Bauta

En un tiempo en el que las visitas no eran un inconveniente mi abuela visitaba a la familia sin previo aviso, siempre después de almuerzo porque en los años setenta el racionamiento ya era costumbre. Mi familia por parte de mis abuelos maternos es de Bauta y el domingo allá nos íbamos mi abuela y yo, como fiel escudero en el visiteo.

La ruta 43 tenía parada en Zanja, casi frente a la casa y en ella viajábamos hasta Marianao, después había que hacer la cola de la 99, la ruta que llegaba a Bauta. Me gustaba aquel viaje, cuando alcanzaba una ventanilla podía mirar de rodillas la secuencia de una ciudad que todavía era hermosa. Después de Mariano venían La Lisa, Novia del Mediodía, Arroyo Arenas, Punta Brava y al poco tiempo se veía la Conaca, un tanque de hierro fundido que debió proveer de agua al pueblo y en unos minutos tocábamos la puerta de tía Yeya, primera y obligada visita.

Tía Yeya siempre tenía algún postre a mano, yo me felicitaba cuando había boniatillo y me acomodaba en un sofá para leer las historietas de Superman, el Fantasma, Mandrake el Mago y el Príncipe Valiente; alguna vez le pregunté por qué los periódicos de ahora no tenían muñequitos, por suerte existían aquellos libracos de mi tío Bebo, coleccionista de historietas, pintor de escenas taurinas y vestales, español y cubano.

Tío Bebo tenía una biblioteca de estantes de caoba con su tarjetero, tuvo una bodega que la escasez convirtió en guarapera y aspiraciones políticas, según me contaron. Hubiera sido un buen hombre público mi tío abuelo político con su bondad ordenada. Pero no pudo ser, pasó lo que pasó, perdió varias casas que tenía en el pueblo y perdió la bodega, aunque se quedó trabajando en ella hasta la jubilación. Mis tíos abuelos conservaron la casa donde vivían, con sus libros y porcelanas, todo aquello detenido en el tiempo, aguardando.

Casi enfrente vive tío Chuti, el viejo militante del PSP, que combatió en Girón y fue herido en una pierna; sobrio te recitaba las cantinelas de manual y si se daba un trago comenzaban las dudas que suelen acompañar a los hombres honestos. Hoy, nonagenario, regresa a aquellos días en que los muchachones socialistas del pueblo pedían prestados al Padre Gayol los bancos de la iglesia para una reunión o cuando Mister Hedges, el americano dueño de la textilera lo iba a buscar para que regresara a sus labores de rotulista y no se metiera en problemas.

La pasión socialista de tío Chuti la heredó de su madre, mi bisabuela canaria Margarita Viña; una pasión socialista que no regresará a Cuba en mucho tiempo, que se alimenta de un odio viejo y se resiste a abandonar a España.

Salir de casa de Chuti, cruzar otra vez la carretera Central para subir por la calle lateral a la bodega del tío Bebo, atravesar la línea del tren, con las debidas y exageradas precauciones de mi abuela, que siempre mencionaba con nombre y apellidos alguna víctima ferroviaria. Entrar en un barrio más pobre, de casitas de madera pegadas unas con otras para llegar a casa de tía Tilita, la casita pobre con suelo de cemento lustrado, de limpieza absoluta. La tía viuda que conservaba la mandolina del difunto esposo colgada en la pared, que crió los hijos sola, trabajando.

Mi abuela miraba su reloj a cada rato, esto determinaba las últimas visitas, las menos imperiosas. Muchas veces llegábamos a casa de su sobrino Pepe, que vio el alunizaje del Apolo, que tocaba en un combo y criaba peces para sus hijos, hasta el último tramo de sus cuarenta años. Una tarde, en el cierre, le hicimos la visita a una hermana de mi bisabuela Margarita que alcanzó a vivir más de cien años, cuando la conocí todavía cosía las mejores guayaberas del pueblo, no recuerdo su nombre, sólo tengo la imagen de una viejita blanca en una mecedora.

Según las coordenadas finales del paseo, antes o después, siempre había que pasar frente al cine Suárez, frente a la Sociedad, cruzar por el parque de la iglesia que embelleció el Padre Gaztelu con obras de Portocarrero, Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. En el parque solía subir a la glorieta, gritar para escuchar el eco y visitar el busto de mi bisabuelo Carlos Valdés Rosas, recordatorio del maestro emérito, niño expósito.

El bisabuelo fue muy querido en el pueblo, cuentan que su muerte provocó gran consternación y en su memoria una escuela pública lleva su nombre. Cuando triunfó la revolución quisieron cambiar el nombre de la escuela, pero la gente protestó y no lo cambiaron. Uno de los hijos del Maestro, mi tío abuelo René, escribió un libro de crónicas sobre Bauta, un libro que relata la vida de sus pobladores en los inicios del pasado siglo, las tertulias de los cafés, las bromas de entonces, un libro de tapas verdes que siempre estuvo en casa.

Al terminar la última visita, íbamos caminando hasta la terminal y en el trayecto mi abuela solía enumerar las tiendas y comercios que habían, los platos y postres que se servían en fondas y restaurantes, la variedad de revistas y periódicos locales, la textilera que benefició tanto al pueblo y el buen recuerdo de sus dueños americanos, la fábrica de fósforos, la ferretería el Candado, los San Román, los Maruri, los bailes, las fiestas y yo iba de la mano de mi abuela imaginando un paraíso, preguntándome que había pasado con todo eso.

Para el regreso muchas veces alquilábamos un carro de Anchar en la piquera, los viejos carros de alquiler, una de las pocas actividades privadas que sobrevivieron a la confiscación revolucionaria. El viaje costaba dos pesos por persona y mi abuela me llevaba sentado en sus piernas para pagar un solo pasaje. Al regresar caía la tarde sobre el campo, con la sombra perfecta de los ficus que cubrían grandes tramos de la carretera central. Y después la ciudad de noche, el recorrido a veces laberíntico para dejar a los viajeros, bajarnos en Zanja y Cerrada del Paseo, caminar hasta casa, comer algo mientras se cuentan las incidencias del viaje y a dormir los niños, que después de un paseo siempre se acuestan con muchas más preguntas que respuestas.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

MI HERMANO

Mi hermano

Orestes se ordenó sacerdote de Ifá en un país donde los negros no importan. Orestes se hizo un reino aparte, vive aparte, reza, sueña aparte. Ayer, al salir de la escuela, me fui con él a tomar una malta. Y desperté en Madrid con el sabor de aquella malta que bebíamos siempre en las tardes. Fue un día de exilio, con muchas ganas de pegarle a alguien.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.