ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE UN EDITORIAL DE ESPACIO LAICAL…

Algunas consideraciones sobre un editorial de Espacio Laical y una conferencia de Roberto Veiga
25 de abril de 2012

Acabo de leer en el blog del escritor y ensayista Enrique del Risco (Enrisco) una exhaustiva reseña sobre la conferencia que ofreció el Sr. Roberto Veiga, editor de Espacio Laical, en el Bildner Center de Nueva York. Las consideraciones de Enrisco, que invito a leer con detenimiento, me han hecho recordar que hace unos meses los editores de Espacio Laical publicaron un editorial titulado “Rectificar el rumbo” donde se abordaban los mismos tópicos que ahora se reseñan.

En dicho editorial los señores que se ocupan de Espacio Laical invitaban al gobierno cubano a “rectificar el rumbo” desde una curiosa perspectiva: “sería inconveniente contener la esperanza en los grandes cambios y dejar pasar el tiempo para que otros, más adelante, sean quienes los lleven a cabo”.

No quedaba claro en el texto por qué sería “inconveniente” que “otros” hagan los cambios. Inconveniente para quién, faltó por aclarar a los editores de Espacio, que se expresaban como si tuvieran alguna garantía de que Raúl y sus allegados harían los cambios y los harían bien. Garantía de unos cambios hacia la “democracia” que emanaba de la evidente confianza que estos editores tienen en Raúl Castro, devenido en la “única” esperanza para alcanzar dichos cambios.

Este enfoque de Espacio Laical, que se reitera en la conferencia de Veiga, me produce cierta perplejidad, porque si bien la Iglesia se ha dirigido a los que gobiernan en Cuba con exigencias que evitaban el franco desafío, nunca antes ninguno de sus voceros lo había hecho desde la perspectiva de que es el dictador el único “conveniente” para realizar los cambios que conduzcan a Cuba por el camino de la prosperidad y la democracia. La conferencia del Sr. Veiga, que al ser el editor de una publicación de carácter eclesial privado, habla también a nombre de la Iglesia, parece confirmar que esta confianza ilimitada en Raúl Castro es el eje de una estrategia que ensayan algunos. Una estrategia, que dicho sea de paso, no creo que compartan la mayoría de los laicos, religiosas, sacerdotes y obispos de la Isla.

Es preciso señalar que algunas de las ideas expresadas por estos editores en “Rectificar el rumbo” indicaban, que además de “confiar” en el General Presidente, también persistía una relativa “esperanza” en el llamado sector reformista (que probablemente existe pero que aún no conocemos) y en alguna medida en ellos mismos, los editores de Espacio Laical, que de un modo impreciso se incluían en la fórmula. Por eso, con un extraño lenguaje para una revista católica, se apuntaba en aquella ocasión que “cualquier reforma que aspire a trascender tiene que pasar por la innovación política, y esta última no ocurrirá si no comienza por el PCC, organización llamada a liderar los cambios que hemos de realizar”. (El subrayado es mío)

Pero esto no es todo, los editores de Espacio Laical y el Sr. Veiga, también expresan con cierta frecuencia una conmovedora confianza en la renovación de algo que llaman “Pacto Social”, cosa que no sabemos si existió alguna vez, pero que ellos dan por cierto con una fe casi religiosa. Según estos señores ese “Pacto Social”, que se forjó entre la ciudadanía y la Revolución, ha permanecido con sus más y sus menos durante estos fatigosos cincuenta y tres años. Como es natural, ese “Pacto Social” ya está un poco maltrecho y tiene que renovarse por el bien de la nación. Aunque la renovación de esa ficción política no ha ocurrido (nada hace pensar que la nación o Raúl Castro quieran renovar el supuesto pacto) Veiga y sus colegas están convencidos de la necesidad de hacerlo. No me asombra, por tanto, que el Sr. Veiga nos ofrezca la certeza que los cubanos de la Isla preferirían una “solución de izquierdas”.

Estos señores, que confían en tiranos como Raúl Castro y en abstracciones como la supuesta renovación del Pacto Social, nunca han confiado en los demócratas cubanos que se oponen de un modo pacífico a esa tiranía. Esos sujetos “inoportunos” reclaman sus derechos ante un gobierno totalitario y a veces, hasta se atreven a criticar a la Iglesia Católica. Un grupo de “majaderos” que disgusta a estos editores y los distrae de su “misión orientadora” en distintos foros eclesiales.

Su probada fe en tantísimas cuestiones tampoco les alcanza para esa realidad heterogénea que llamamos Exilio, porque los exiliados casi somos peores que el gobierno cubano, de un tiempo a esta parte enfundado de “buenas intenciones”.

Y es que para los editores de Espacio Laical los que vivimos de este lado del charco somos en general una amalgama de nostálgicos pendencieros; una pandilla de plattistas liberales, socialdemócratas y democristianos que hemos de purificarnos en la humillación de las horcas caudinas auspiciadas por algún nuevo delirio.

Estos editores de Espacio Laical también se han caracterizado por ensayar y exigir a los demás la “crítica bondadosa” hacia el gobierno cubano. Esta modalidad crítica, que ellos asumen con presteza, se pudiera resumir con un “queremos echarte una mano compatriota Raúl”. Algo que parecen anhelar desde sus páginas a menudo difíciles y sus frecuentes alocuciones. Lo que sí es evidente es que ellos han puesto grandes expectativas en la sucesión y han contribuido de un modo notable a propagar el espejismo de unos cambios, que hasta el día de hoy, no pasan de ser frágiles reformas revocables. Todavía ubican en un lugar indefinido la trabazón de dichas reformas y el mismo Veiga insiste sin recato en la voluntad reformista de altas instancias del gobierno cubano y en el mismísimo Raúl Castro. Le zumba el mango.

No obstante, se traslucía cierta frustración en aquel editorial que invitaba a rectificar el rumbo pocas semanas antes de algún congreso raulista. Es comprensible esa frustración, pasan los meses y no hay cambio sustancial en la Isla, ni siquiera la visita del Papa marcó la excepción para los déspotas que gobiernan en Cuba.

Quizás los editores de Espacio Laical y sus auspiciadores lleguen a comprender alguna vez que su excesiva confianza en los “cambios” de la Familia Castro los puede convertir en parte de la farsa. Asistimos a la refundación de la tiranía. Raúl no manifiesta mayores señales de necesitar la ayuda de nadie, ni siquiera de estos “intelectuales católicos” que afirman con energía su voluntad de evitar a toda costa el derrocamiento, sea por medios violentos o pacíficos, de esa tiranía que los desprecia. Es probable que el tiempo regale a los editores de Espacio una lección al margen de lo aprendido en el rigor de la academia: los Castro sólo rectifican el rumbo los milímetros necesarios para mantenerse en el poder. Las reformas que anhelan los impacientes editores implicarían la pérdida del poder absoluto y esa variable no entra en el plan de la familia Castro-Ruz-Espín y allegados.

Así, desde la opción que esta revista asume, y que el Sr. Veiga reitera en su conferencia, no se percibe otro remedio que alertar y esperar, esperar y alertar a las altas instancias del gobierno, con infinita paciencia, hasta que el Partido –entiéndase Raúl Castro o su sucesor dinástico- ejecute “el milagro”.

Mucha confianza en un poder de este mundo expresa los editores de Espacio Laical con el Sr. Roberto Veiga a la cabeza, olvidando acaso que sus palabras no sólo los representan a ellos sino al Consejo de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana y de algún modo a la Iglesia cubana; aunque reitero, con base en más de una evidencia, que no creo que los planteamientos del Sr. Veiga y Espacio Laical sean compartidos por la mayoría de los laicos, religiosas, sacerdotes y obispos de la Isla.

La “esperanza” que ofrecen estos editores nada tiene que ver con la Iglesia. Una Iglesia que peregrina en Cuba anunciando la Verdad y propiciando el encuentro de muchos cubanos con el Dios de la Historia; ese que nos convida a la auténtica libertad, perdona nuestra arrogancia y desmiente nuestras certezas con frecuencia. Él tiene en sus manos misericordiosas el presente y el futuro. Él siempre permite modificar el rumbo de nuestras vidas, más aún si se trata del rumbo de una revista católica.

Sĺ, QUE LA CARIDAD NOS UNA

Sí, que la Caridad nos una
2 de Septiempre de 2010

El pasado lunes 23 de Agosto en la edición digital del Nuevo Herald se preguntaba a los lectores si la Festividades de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre provocarían un cambio en Cuba. A esta pregunta solo se podía responder con un Sí o un No; es por eso que me decidí a responderla de otro modo.

Si la pregunta del Herald se refiere exclusivamente a un cambio de régimen yo marcaria que NO; aunque para Dios no hay imposibles y en otras épocas se atribuyó el éxito en alguna batalla  a la intervención divina; lo cierto es que la presencia de Dios en la historia se caracteriza por el cambio que provoca en nuestros corazones y no por derrocar gobiernos.

Dos de los últimos presos liberados por el régimen castrista, Juan Carlos Herrera Acosta y Fabio Prieto Llorente, llevaban en sus manos al llegar al aeropuerto de Barajas una estampa de la Virgen del Cobre y otra del Sagrado Corazón de Jesús; unas imágenes que fueron desterradas de la mayoría de los hogares cubanos y que han sido restituidas gracias al tesón evangelizador de la Iglesia. El regreso de esas imágenes a nuestros hogares es un signo de conversación, un signo de CAMBIO; un cambio no tan espectacular como el que presagiaba la pregunta en el Nuevo Herald, pero no por eso menos significativo. Si se trata de este tipo de cambio yo marcaría un Sí en la citada encuesta.

El gesto de estos opositores nos indica que hay símbolos que el castrismo no ha logrado pulverizar, referencias que apelan a lo mejor de nosotros y que contribuyen a la unidad de nuestra maltrecha nación. En coherencia con la fe de nuestro pueblo, con sus tradiciones y su cultura, la Virgen de la Caridad del Cobre es también un símbolo nacional, un símbolo que invita al amor, a la justicia y a la reconciliación.

Este año, la Fiesta del 8 de Septiembre, coincidirá con la peregrinación que conmemora el IV Centenario del hallazgo de la imagen venerada en el Santuario del Cobre. “La Caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido para acompañar estas celebraciones. Un lema que invita a mirar por encima de las cosas que nos separan, un lema que supera lo confesional y sitúa la peregrinación, que ya recorre el país, en un acontecimiento espiritual por la vida, la esperanza y la libertad de todos los cubanos.

La peregrinación de la Virgen del Cobre a lo largo y ancho del territorio nacional puede propiciar muchos cambios pequeños, que antes o después, contribuirán a ese CAMBIO grande que desea la Iglesia y que va más allá de un cambio del poder establecido.

La peregrinación de la Virgen de la Caridad busca un CAMBIO en cada cubano, porque no somos mejores que nuestros padres y abuelos, porque de nosotros también puede alumbrarse cualquier horror.

Muchos cubanos en la Isla y en el Exilio no son católicos; entre nosotros hay formas distintas de apreciar lo trascendente, pero en el Santuario se amontonan ofrendas de muy diverso origen; tesis de grado, medallas, grados militares y otros objetos que nos permiten suponer el amplio espectro religioso y político de los peregrinos, sé que muchos de ellos, mirarán con generosidad el futuro y dirán: Sí, que la Caridad nos una.
Creo en los milagros de la Virgen, aunque nada me obliga a creer en ellos. Creo que la Virgen de la Caridad del Cobre puede cambiar el corazón de los cubanos; tengo la íntima convicción de que estamos listos para apreciar, como nunca antes, el tesoro de la libertad y la paz, para decir con confianza: Sí, que la Caridad nos una.

ESPACIO LAICAL Y SU POSIBLE SENDERO

Espacio Laical y su posible sendero
28 de Mayo de 2013

Hace unos días la revista Espacio Laical volvió a ser noticia. Su editorial “Senderos que se bifurcan” ha provocado serios cuestionamientos a la Iglesia católica en Cuba. Aunque afortunadamente Espacio Laical ya no representa al Consejo de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana, conserva, por el momento, su naturaleza de obra eclesial privada; este estatuto, que la ampara institucionalmente, y la proyección internacional que ha conseguido, hacen que la revista sea percibida como una voz oficial de la Iglesia.
Antes de continuar con mis consideraciones preferiría hacer un repaso de las ideas que los actuales editores de Espacio Laical han expresado, con frecuencia, durante los últimos años:

• Que es necesario renovar un supuesto Pacto Social que se suscribió entre los ciudadanos y la breve Revolución devenida prontamente en tiranía.

• Que es necesario impedir el derrocamiento de esa tiranía y confiar en ella, porque los principales causantes de nuestros gravísimos males económicos y sociales, los mismos que han negado sistemáticamente las libertades y protagonizado todo tipo de violación a nuestros derechos, serán los que conduzcan a Cuba por la senda de la prosperidad y la democracia.

• Que nuestras circunstancias pueden haber justificado y justificar aún la existencia de un Partido Único, sugiriendo el supuesto de que puede haber democracia a partir de un partido único o que el partido único puede representar a la mayoría de la nación.

• Que de los demócratas cubanos en la oposición no surgen propuestas viables para el reencauzamiento democrático de la sociedad cubana de un modo pacífico.

• Que la mayoría de la población cubana prefiere una solución “de izquierdas”.
A este resumen de ideas, que constituyen la columna vertebral de la revista, habría que agregar las reflexiones de su editorial más reciente, el ya mencionado “Senderos que se bifurcan”. Un editorial que en conciencia me obliga a sugerir algunas preguntas.

¿Por qué una publicación católica va más allá de la condena al Embargo, que ha realizado la Iglesia cubana durante estos años, y se presta a culpabilizar a los demócratas de la oposición que apoyan dicho Embargo? ¿Por qué se presta Espacio Laical al juego de aquellos que se empeñan en convertir la adhesión o el rechazo al Embargo en la vara de medir el patriotismo? ¿Es la actitud de Espacio Laical un camino para la reconciliación?

Creo que los editores de Espacio Laical debían meditar sobre sus posiciones, porque a muchas de sus ideas las pone en entredicho la realidad y otras no se corresponden con lo que enseña la misma Iglesia en la Doctrina Social Cristiana.

Pienso, con todo respeto, que los contenidos y el lenguaje que manejan los editores de Espacio Laical son apropiados y quizás legítimos en un proyecto sociopolítico, pero no en un proyecto eclesial. Es por eso que me atrevo a animarlos a que tomen otro sendero, salgan del marco institucional de la Iglesia y se establezcan en el ámbito propio de la sociedad civil y de la política. Un ámbito donde no dañen a la Iglesia con sus controvertidas opiniones, ni la comprometan innecesariamente en unos afanes que no la representan. Un ámbito, además, donde se les pueda someter al escrutinio y a la crítica, sin que se pueda mostrar esa crítica como un ataque a la Iglesia en Cuba.

Por otra parte, me atrevo a mencionar que si la Iglesia quiere ser espacio de encuentro y de reconciliación en su sentido más pleno debe velar por que las palabras pronunciadas en su nombre sean esencialmente reconciliadoras y de este modo evitar el lenguaje que señala enemigos y denuncia conspiraciones, que culpabiliza y separa. Los que hablan a nombre de la Iglesia debían abstenerse de establecer parámetros definitorios sobre qué cubanos están o no cualificados para participar en ese proyecto de Nación democrática y soberana al que nos sentimos convocados muchos en la Isla y en el Destierro. Si la Iglesia siente que es su deber propiciar ese espacio y consciente de sus límites asume tener fuerzas para hacerlo, debe ser cuidadosa al escoger las personas que atenderán ese espacio y emitirán los mensajes a nombre de tan noble y urgente propósito, porque de la transparencia de estas personas, de su delicadeza y mesura, puede depender el éxito o el fracaso.

En este orden de cosas creo preciso tener en cuenta las palabras de Dagoberto Valdés, cuando afirma que la Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la Plaza Antonio Maceo contiene “una exhortación para que la Iglesia cubana sea fiel a Jesucristo, refleje su verdadero rostro y no le tema a la cruz de su Señor. Colaboración y confianza no pueden existir a cualquier costo. No se puede dejar de ser algo de la esencia de lo que se es para no rozar a los diferentes. La sociedad y la Iglesia no pueden excluir parte de su mensaje, o una parte de las personas que la forman, por ser diferentes, para con ello lograr complacer o dialogar, confiar o colaborar con la otra parte de esa misma sociedad y de esa Iglesia. La confianza y la colaboración es con todas las partes o no son ni colaboración ni confianza creíbles. Lo que está en juego es la autenticidad y la credibilidad de todas las partes”.

Es mucho lo que está en juego y numerosas son las expectativas que se crean con cada actuación de la Iglesia. Es cierto que la normalidad democrática que Cuba necesita precisa de muchos pasos y el primero de los pasos no puede ser el último, pero en todos los pasos de la Iglesia debe haber absoluta magnanimidad, porque está llamada a ser “Madre de todos” y caminar los senderos de la historia con la luz de Cristo.

 

LAS MEMORIAS DEL PADRE CHABEBE

Las memorias del Padre Chabebe

Dios me hizo cura es la más reciente entrega de la Editorial Silueta, un libro que reúne las memorias del sacerdote católico Jorge Bez Chabebe, hijo de inmigrantes libaneses que fue ordenado sacerdote en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba por Mons. Enrique Pérez Serantes el 26 de marzo de 1950. En este libro el P. Chabebe nos relata su camino hacia Dios, meta de su existencia. Lo hace con una prosa limpia, sencilla, que fluye en armonía con la sinceridad del testimonio. Este caminar hacia Dios es la columna vertebral de un relato que, en medio de tanta frivolidad y hedonismo, nos invita a preguntarnos por el sentido de nuestras vidas.

Publicar este testimonio es una apuesta un tanto arriesgada para un proyecto aconfesional como la Editorial Silueta, porque las memorias del P. Chabebe constituyen un desafío al cada día más abarcador discurso de lo políticamente correcto, intolerante en nombre de la tolerancia, inhumano en nombre de un supuesto humanismo.

No es, en modo alguno, un libro exclusivo para católicos porque los asideros morales del P. Chabebe son comunes a cualquier persona; pueden, por tanto, servirnos de referencia aún al margen de nuestras creencias. Aunque conviene precisar que no es un catolicismo avergonzado el del Padre, sus memorias confluyen con lo mejor del cristianismo. En este sentido es oportuno recordar estas palabras del escritor Rodolfo Martínez Sotomayor durante la presentación de Dios me hizo cura: “Las naciones guardan una reserva moral que sale a la luz en los períodos más oscuros, y así ha sido a través de toda la historia de la humanidad. La religión es parte fundamental de la cultura de un pueblo y el cristianismo es uno de los ejes centrales que sostiene la civilización occidental.” Me atrevo a agregar que el olvido y el menosprecio de este pilar de nuestra civilización nos empujan a la decadencia, expresada en el denominador común de un ateísmo práctico, donde lo material se convierte en la norma del éxito para la existencia humana.

Estas memorias del P. Chabebe también constituyen una valiosa contribución a nuestra historia reciente. Su alegato, como testigo de numerosos crímenes e injusticias cometidos en los albores de la Revolución Cubana, resultará valioso para la necesaria reivindicación de las víctimas. Se echa de menos, sin embargo, una valoración más precisa de la situación del catolicismo cubano de la época y del papel de la Iglesia ante esos cruciales acontecimientos; así como una aproximación más minuciosa a la vida de Mons. Riu Anglés y Mons. Pérez Serantes, personalidades del episcopado cubano de entonces, de las cuales el P. Chabebe fue un cercano colaborador.

Muy valiosas resultan, para una mejor comprensión de los avatares de nuestra nación en diáspora, las experiencias de este sacerdote como miembro prominente de un exilio que ha dejado honda huella en el país que lo acogió. Estas memorias nos cuentan, desde la singular perspectiva de un clérigo, el desafío de una comunidad que debió sobrevivir en tierra extraña, intentando echar raíces en la tierra de acogida sin perder su identidad, con las inevitables tensiones que esto ocasionó no sólo en la sociedad del momento en Miami sino también en la Iglesia local.

Hay en este libro cierto aliento épico, que nos recuerda que el cristianismo es una aventura, la gran aventura de quien lo asume como fe de vida. Esto es algo que los creyentes a veces olvidamos en la grisura de lo cotidiano, pero que se recupera con la lectura de estas memorias que nos invitan a romper nuestros actuales esquemas de ramplona comodidad.

El P. Chabebe ha perseverado en su sacerdocio y ha superado con valor, serenidad y sentido común muchas tentaciones. Parafraseando al Evangelio pudiéramos afirmar que ha puesto la mano en el arado y no ha vuelo la vista atrás, no lo ha hecho porque tenga una comprensión estrecha de la obediencia o un estoicismo carente de amor, de estas páginas se desprende que el P. Chabebe ha sido fiel porque ha procurado amar a Cristo en cada hombre y mujer a su paso, porque ha comprendido que la ruptura de su compromiso sería, en primera instancia, ir contra sí mismo.

Quizás ahí radique el secreto encanto de esta obra, escrita con sencillez, editada con ternura, pero sin renunciar al trazo firme de lo verdadero, un atrevido proyecto de la Editorial Silueta, una obra poco común en el entorno editorial cubano.

Revista Conexos 2014

 

¿HA CAPITULADO LA IGLESIA CUBANA?

¿Ha capitulado la Iglesia cubana?
28 de Enero del 2011

El pasado 28 de diciembre participé en un encuentro con un grupo de laicos provenientes de la Isla, estas personas nos contaron sobre el trabajo pastoral que se realiza en cientos de casas de misión, nos contaron sobre programas de formación para la familia, sobre gestiones con las autoridades locales e incipientes proyectos para mejorar los niveles de comunicación entre la Isla y la diáspora. Les pregunté a estos hermanos si había mermado la estima del pueblo por la Institución, me respondieron que no; según ellos, la Iglesia llega a donde nadie va. Entre otras experiencias narraron esta: en uno de los pueblos con presencia misionera han instalado una lavadora para la ropa de las personas mayores, cocinan para catorce ancianos y tienen la catequesis para una treintena de niños y jóvenes. Un domingo cada quince días el cura celebra la misa y cuando el cura no puede ir algún misionero laico realiza una celebración de la palabra. A los niños y jóvenes, además de la catequesis se les forma en valores. Este ejemplo concreto se reproduce a lo largo y ancho del territorio nacional.

Sé por otros amigos sacerdotes, religiosas y laicos, con los que he hablado en los últimos meses, que funcionan en todas las diócesis experiencias educativas y proyectos de promoción humana y social, avalados algunos de ellos por prestigiosas universidades extranjeras. Se han creado comedores para ancianos, guarderías y otros servicios para los más necesitados, además de todo lo que ocurre en el ámbito de las parroquias.

¿De dónde sacó entonces el Sr. Jonathan Farrar que la Iglesia ha capitulado? ¿Qué entiende el Sr. Farrar por capitulación? Y una última pregunta: ¿Es algo excepcional que los diplomáticos tengan una comprensión tan limitada de la realidad eclesial o eso es lo habitual?

Los cables de Wikileaks sobre la Iglesia Católica en Cuba divulgados ampliamente por el diario español El País y otros medios no aportan novedad alguna, si acaso, confirman algo que ya sabíamos: la Iglesia cubana tiene como prioridad fortalecer sus estructuras pastorales y evita desafiar al régimen.

¿Evita el desafío porque es una Institución interesada y miserable que sólo piensa en su propio beneficio? No, todo lo contrario, la Iglesia cree que Cuba necesita un cambio profundo, un cambio que supere al de los poderes establecidos, un cambio que comience en nuestros corazones. Para propiciar este cambio la Iglesia necesita consolidar y potenciar sus estructuras pastorales todavía insuficientes.

Con los medios a su alcance la Iglesia Católica va consiguiendo nuevos espacios, unos espacios todavía insuficientes pero revestidos de un importante significado en el orden de un progreso político y jurídico que comienza a gestarse en las mismas entrañas del totalitarismo: el reconocimiento del derecho a la libertad religiosa. Esta ampliación y reconocimiento de la libertad religiosa que está ocurriendo en la Isla abre una brecha para el reconocimiento y restauración de los demás derechos y libertades que han sido conculcados; como diría un viejo amigo: La marea cuando sube, sube para todos los botes.

La Iglesia en Cuba desea y promueve el cambio, y es que los cubanos necesitamos cambiar para sustituir la arrogancia crítica por el respeto al esfuerzo ajeno, la elocuencia -que no siempre corre pareja a nuestro valor- por la escucha, el protagonismo por la concertación. Porque es tiempo de mirar la realidad de Cuba tal cual es y aceptar que ante ese laboratorio del envilecimiento colectivo, que mantienen funcionando los Castro y su pandilla, la Iglesia es la Institución que más trabaja por impedir que dicho envilecimiento sea definitivo. Un pueblo envilecido es lo que interesa al castrismo y sus nuevos gerentes, un pueblo-finca que se ofrece y se ofrecerá a otros. Una plaza abierta para los negocios sin ley y sin ética, el paraíso de los mercaderes inescrupulosos.

Cuando atacamos a la Iglesia Católica cubana, cuando participamos de las frecuentes campañas de desprestigio que se realizan contra sus pastores estamos marchando contra los intereses del pueblo cubano, estamos obrando en la ceguera, la insensatez y el egoísmo. El arzobispo Tomas Wenski dice con frecuencia una frase, una petición que hoy repito: Esperanza para Cuba. La Iglesia, que es vieja y testaruda, sabe que sin Esperanza y sin valores no hay cambio perdurable.

La Iglesia Católica cubana predica la Esperanza en un lugar que muere, acompaña y alienta, promociona y educa. Ella puede hacer más, también nosotros podemos hacer más, mucho más.

 

EL DESAFĺO DE LA COMUNIÓN

El desafío de la Comunión
7 de Octubre del 2010

Todos los años se celebra un encuentro entre católicos cubanos de la Isla y el Exilio, se reúnen sacerdotes, religiosas y laicos y comparten experiencias de lo vivido en sus respectivas realidades. No me cabe la menor duda de lo positivo que han sido estos encuentros para el conocimiento mutuo de los que esparcen la semilla del Evangelio en ambas orillas.

Próximamente se celebrará el décimo tercero de estos encuentros y en este contexto me atrevo abordar tres aspectos que considero de suma importancia.

El primero se refiere a un desafío pastoral que tenemos los que vivimos en esta orilla, diáspora, emigración para algunos, exilio al fin; y se refiere al reto permanente de acoger y acompañar a los compatriotas que llegan de la Isla, una tarea difícil porque a menudo lo que se espera de nosotros es más de lo que podemos ofrecer.

Es cierto que responder a todas las necesidades, espirituales y materiales, de estos nuevos exiliados es algo que desborda a la Iglesia; pero aún cuando reconozcamos esta limitación, creo que debemos preguntarnos con honestidad dónde estamos fallando. Mientras la estrategia publicitaria de las televisiones locales, con Alexis Valdés y Carlos Otero a la cabeza, ha sido exitosa la Iglesia, las organizaciones cívicas y los grupos políticos del exilio no han sido capaces de comunicarse con estos cubanos.

Trazar un perfil de este nuevo exiliado y reimpulsar una pastoral destinada a ellos debe ser una de nuestras prioridades. Se echa de menos una pastoral cubana que facilite la integración religiosa y social de estas personas. Aunque se han realizado esfuerzos aislados, no ha sido posible sistematizarlos para crear ese lugar donde se cultive la confianza mutua y se teja el mimbre duradero de las experiencias profundas, donde se ensaye sin ambages la necesaria reconciliación.

Nuestro futuro en el Sur de la Florida y el futuro de Cuba no va a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a estos compatriotas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria: estos hermanos nuestros constituyen un sector numeroso, silencioso y desconocido, que también llegó para quedarse, aunque su relación con la política local y con la Isla ande por derroteros diferentes a los establecidos por el llamado exilio histórico.

Es un gran desafío la propuesta de ese lugar cubano, de esa pastoral específica en una Iglesia multicultural que tiene el reto de llegar a una feligresía de orígenes tan diversos. Es este, por tanto, un desafío primordial para los laicos cubanos, que de un modo u otro hemos aprendido a amar esta realidad y a reconocernos en medio de ella. Laicos de distintas generaciones, que ya somos de aquí, pero que iríamos contra nosotros mismos si dejáramos de sentir que también somos parte de allá, llevando sobre nuestros hombros la responsabilidad y el anhelo de la Comunión.

El segundo aspecto que abordaré en este artículo tiene que ver con la otra orilla, patria, terruño, casa Cuba que permanece con sabor de hogar a pesar de los pesares. Casa Cuba, concepto con algo de metáfora que un día nos regaló Mons. Carlos Manuel de Céspedes y que expresa la vocación de incluir, el deseo de juntar, propios del hogar cubano. Los que somos deudores del magisterio del P. Carlos nos referimos con frecuencia a esa idea, a ese sueño de una casa Cuba que no esté signada por el totalitarismo; un totalitarismo perverso que nos ha enseñado a pensar que las víctimas tienen alguna culpa. Un totalitarismo que dibuja al Exilio como una realidad homogénea, donde prevalece la codicia sobre la solidaridad, el odio sobre el amor, la violencia sobre el deseo de paz, la intransigencia sobre la libertad.

La caricatura de Exilio que se difunde con habilidad desde la Habana y a la que contribuyen por acción y omisión no pocos exiliados, se desmiente cuando vivimos en Miami, cuando vemos que hay emisoras defendiendo a la tiranía y emisoras atacándola, cuando constatamos que los que defienden posiciones favorables al gobierno cubano pueden acudir a los tribunales en igualdad de condiciones a sus contrarios, cuando vemos que podemos ejercer nuestro derecho a opinar y que nadie puede amenazarnos, ni maltratarnos por ello; es cierto que aquí también nos persigue el hábito de la sospecha, que la actitud de cuestionar los discursos establecidos te cierra más de una puerta, pero no se puede comparar la pérdida de una oportunidad con la humillación de una paliza o el castigo de cárcel que reciben los opositores. Si bien es cierto que Miami fue alguna vez plaza propicia para la violencia política entre cubanos, hace ya mucho tiempo que no lo es.

La Iglesia cubana en su trabajo incesante por la reconciliación debe considerar el desafío de presentar a sus fieles la perspectiva de un exilio que también representa la diversidad de ideas, la solidaridad en lo cotidiano y en las catástrofes, el apego sustantivo a las tradiciones y la cultura propia, consiguiendo preservar en la diáspora aspectos importantes de nuestra identidad como nación.

Presentar esta perspectiva diferente contribuiría a mejorar la percepción de muchos y acercaría los inevitables tópicos a la realidad. La Iglesia, en la medida de sus posibilidades, tiene el deber de mostrar lo positivo de este Exilio heterogéneo, hacerlo con sistematicidad supondría una contribución notable a la reconciliación y al encuentro definitivo de nuestra Nación; un encuentro que se producirá tarde o temprano, a pesar de que las realidades de ambas orillas a menudo sean secuestradas por las malas fotografías.

El tercer y último aspecto que me gustaría comentar es el más importante de todos y se refiere al encuentro con Dios, a su confianza en Él; creo que los católicos cubanos, vivamos donde vivamos, tenemos con frecuencia la tentación de creer más en nuestros obras que en el poder del Espíritu Santo. Creo que nos vale de poco encontrarnos si no tenemos esa disponibilidad de acoger en el espíritu, una disponibilidad que supera lo racional y lo emocional; creo que debemos pedir a Dios esa gracia, esa confianza, primero en Él, que nos ayudará a superar los escollos del entendimiento, las heridas del corazón.

Creo que debemos pedirle a la Virgen María de la Caridad del Cobre que interceda por nosotros, creo que debemos rogarle con humildad; decía un Obispo de los primeros siglos del cristianismo, que la madre en sus labores no puede desentenderse del infante que llora y así le ocurre a la Virgen cuando escucha las súplicas de sus hijos. Tenemos que pedirle a la Virgen el milagro de la Reconciliación y la Paz, tenemos que pedirlo a nuestros beatos, a nuestros santos, que no son pocos. A todos estos intercesores nuestros debemos dirigirnos en la oración, para que levanten las manos de nuestra súplica cuando el cansancio nos venza, porque poco podemos hacer si no se hace primero la Confianza, la Caridad y el Amor en cada uno de nosotros.

A modo de conclusión es preciso decir que un buen número de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, tanto de Cuba como del Exilio, son conscientes de la necesidad de ampliar cada vez más los canales para esa imprescindible Comunión, es necesario subrayar que las posibilidad de mejorar y ampliar esos canales no sólo depende de los esfuerzos que hagamos los católicos de aquí y de allá sean clérigos o laicos, hay dificultades concretas que dependen de otras voluntades ajenas a las nuestras.

Es justo mencionar el esfuerzo que se ha realizado durante los últimos años y reconocer a las personas que se han distinguido en ello, en especial a la Hna. Ondina Cortés, religiosa claretiana que ha perseverado en el deseo de congregar, en la actitud de incluir. Confío en que este próximo encuentro entre católicos de la Isla y del Exilio ayude a situar en un lugar prominente de nuestras agendas el desafío de la Comunión. Llegado este punto me permito apropiarme del lema de mi buen amigo Sammy Díaz, él se empeña en decir que “Caminando en Comunión hallaremos la paz”, sólo puedo agregar a esta frase el deseo de que así sea.

 

EL GENERAL Y LA IGLESIA

El General y la Iglesia
21 de Abril del 2011

Padecimos el VI Congreso del Partido y podemos decir que el club de octogenarios sin relevo ha dejado bien claro que ellos son los que mandan. Sin embargo, el General no ha querido evadir la ratificación de una pequeña cantidad de reformas de índole económica. Es cierto que “las reformas” anunciadas no alcanzan para hacerse ilusiones pero no sabemos qué expectativas y actitudes pueden desatar en la maltrecha vida de los cubanos.

Raúl Castro es ahora el pionero de un sofisticado modelo para las dictaduras hemisféricas, el creador de un “socialismo sin subsidios y un capitalismo sin mercado”. Carlos Alberto Montaner, con la sagacidad que lo caracteriza, ha definido de ese modo al engendro raulista y el diario El País trae un editorial que profetiza: El plan quiere salvar al régimen sacrificando en parte al socialismo, pero en el error uno y otro son indistinguibles. El primero caerá por senectud; el segundo por incompetencia. Todo quedaba ayer, por ello, atado y mal atado.

Sobre este último abracadabra del castrismo me quedo con una sugerencia táctica que le escuché hace poco al economista Espinosa Chepe: apoyar cualquier apertura por pequeña que sea sin perder la distancia crítica; por lo demás nada me ha sorprendido del esperado Congreso sin sorpresas, “naranja agria no da naranja dulce” dicen los viejos.

Si algún aspecto novedoso reclama mi atención es que en el discurso de inauguración el General repasa la Mediación de la Iglesia Católica. Han pasado los tiempos en que nos acusaban de estar agazapados, esperando el momento de servir al Imperio o a los oligarcas, dos figuras retóricas que el castrismo ha manejado con suma eficacia. Ahora, “considerando la fortaleza de la Revolución” al General no le quedó otro remedio que aceptar la Mediación y reconocer que en las conversaciones se manifestaron puntos “no siempre coincidentes con los nuestros” es decir, con los suyos.

Es una pena que la “lealtad y transparencia” del diálogo iniciado no alcanzara para avisar a la Iglesia que las excarcelaciones habían concluido; pero era de esperar que algo así sucediera, el General y los mandamases del Partido ya han tragado bastante en estos días. Recuerdo cuando los carros de los curas tenían chapa de técnico extranjero, esto no suponía ningún privilegio, era una forma sutil de considerar a la Iglesia como algo ajeno. En este discurso el General asegura que la gestión de la Iglesia ha favorecido la unidad de la Nación, que hay una relación de “respeto mutuo, lealtad y transparencia” y sus elogios envenenados permiten aventurar algunas conclusiones.

La primera de estas es que la Iglesia, sin corromper su identidad y su misión, ha sido aceptada por el castrismo como un elemento de cohesión nacional, esto lleva al reconocimiento implícito de que ya no basta la “fe en el proceso”, de que hay que pasar por el mal trago de aceptar a una cosa que no fue parte de la Revolución y que ahora tampoco quiere serlo. El castrismo se ve obligado a reconocer a una Institución que no ha sido creada por él, una Institución que pretende usar para su beneficio aunque entiende la dificultad de que esta tiene autonomía propia y una dinámica orientada hacia un Dios que puso la otra mejilla.

La Iglesia tiene ante sí un reto inmenso, el General la ha incorporado oficialmente a la Nación en cuestión de unos párrafos pero este reconocimiento, deseado por la Iglesia y necesario para profundizar su acción pastoral, no debe quedar subordinado a las necesidades tácticas del castrismo, cosa que el régimen intentará, porque su razón de ser es la supervivencia en el poder y su pragmatismo se orienta a ese fin.

Es de prever que los obispos continuarán con su estrategia de fortalecer las estructuras pastorales sin provocar a los que gobiernan, esta es la mejor contribución a ese cambio profundo que la sociedad cubana necesita, sin olvidar que la Iglesia no es un fin en sí misma sino un medio para llegar a Cristo.

Tiene el desafío la Iglesia de mostrar a la sociedad cubana esa pluralidad en la unidad que ha sido una de sus mayores riquezas, de dar ese testimonio en una sociedad signada por el totalitarismo, de exponer en sus medios de prensa y en sus eventos la diversidad que la enriquece. Con este testimonio la Iglesia ofrecería un referente ético que la Nación necesita, que esto derive en un servicio concreto de propiciar espacios para la concertación política o una mediación entre los que gobiernan y los que se oponen depende de los Castro, aunque la oferta debiera colocarse más temprano que tarde, sino es que ya lo está, en la mesa de esos encuentros que el General valora como “constructivos y transparentes”. Por ahora la potestad de romper la inercia está en manos de un régimen que no decide nada en sus Congresos, que aún detenta un poder casi absoluto y tiene hasta el momento la última palabra.

 

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA PRÓXIMA VISITA DEL PAPA A CUBA

Algunas consideraciones sobre la próxima visita del Papa a Cuba
25 de Enero del 2012

La visita del Papa a Cuba, por su naturaleza esencialmente pastoral, constituye un bien en sí misma. Todos los cubanos perderíamos si esta visita no se llevara a cabo. El Santo Padre confirmará, Dios mediante, a los católicos cubanos en su fe y bendecirá en su 400 Aniversario la imagen de la Virgen de la Caridad que se venera en el Santuario del Cobre. Esta imagen presente otra vez en los hogares cubanos es el único símbolo de nuestra nación que el castrismo no ha podido vaciar de sentido, es la única conexión con lo mejor de nuestra historia yvalores que ha quedado a salvo de la debacle castrista.
Más allá de la fe religiosa que profesemos, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre es un elemento constitutivo de nuestra nacionalidad, es por tanto un regalo de Dios a nuestro pueblo, no solo a esa porción que se define como católica, sino al pueblo creyente en general e incluso a esos compatriotas que se proclaman agnósticos o ateos.

Sin embargo, el asesinato del opositor Wilman Villar Mendoza no puede ser ignorado porque el bien que se busca a largo plazo comienza también en lo inmediato, y lo inmediato es que los gobernantes cubanos han cometido un crimen, un crimen precedido de muchos crímenes, varios de ellos todavía recientes. La visita del Papa no puede separarse de ese contexto.

Sé que la Iglesia gana los espacios para todos, sé que hace un bien inmenso en el ámbito de la asistencia a los más desvalidos y que es la institución que más trabaja por impedir el envilecimiento definitivo de los cubanos de la Isla, sometidos todos a una deshumanización sistemática. Sé todas estas cosas y saberlas me produce un genuino orgullo; por eso, como católico orgulloso de la Iglesia que me ayudó a reconocer mi propia dignidad y derechos, me animo a pedir a los obispos cubanos otro bien para Cuba, que inviten al Santo Padre a tener un gesto público o privado con los demócratas cubanos, en especial con las Damas de Blanco.

Creo que ese gesto con los demócratas cubanos es un signo que necesitamos en la hora presente, cuando a veces parece que solo podemos esperar el bien que la nación necesita de parte de aquellos que hasta hoy solo han hecho el mal. Creo que es oportuno y necesario ese gesto de inclusión y de ánimo para aquellos que también han apostado a la Esperanza contra toda esperanza.
Hay compatriotas que no quieren esta visita y hay compatriotas que no creen necesario un gesto del Papa hacia aquellos que han escogido trabajar por la libertad y la justicia desde el pacífico ejercicio de sus derechos ciudadanos, son puntos de vista que respeto. Yo por mi parte, deseo vivamente que el Papa vaya a Cuba, que la Virgen sea bendecida, coronada, aclamada como Madre Santísima de todos los cubanos, pero creo con toda humildad que ese bien sería mayor si se hiciera evidente, por parte de su Santidad Benedicto VXI, el consuelo y la confirmación en la Esperanza que los demócratas cubanos justamente reclaman y necesitan. Creo además, que esa bendición que ellos anhelan, puede ser recibida dignamente por las Damas de Blanco a nombre de todos los demócratas cubanos, ellas han sido madres, esposas, hijas, atentas al sufrimiento de los suyos, como la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Dios y Madre nuestra, que ha estado atenta a nuestros sufrimientos como pueblo, un pueblo que sabe de su amorosa intercesión y ora ante ella.

“A Jesús por María la caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido. Sí, que la Caridad nos una; que tengamos esa unidad auténtica que incluya y respete a todos los cubanos, como quiera que piensen, donde quiera que vivan; sí, que la Caridad nos una; que así sea.

 

LA BIOGRAFĺA DE MONSEÑOR ROMÁN

La biografía de Monseñor Román

Cuando supe que el periodista Daniel Shoer Roth estaba encargado de escribir la biografía de Mons. Agustín Román no abrigué duda alguna de que el resultado de dicha encomienda combinaría el rigor y la fluidez que caracterizan el quehacer periodístico de Daniel. Al concluir la lectura de este libro debo decir que mis expectativas han sido superadas.

El relato de la vida de Mons. Román logrado por esta obra no se pierde en excesivas anécdotas, ni en citas de documentos o en abusivas descripciones de unos acontecimientos históricos que pueden lastrar el ritmo del relato biográfico. El biógrafo ha sabido discernir lo esencial entre el inmenso volumen de información que tenía a mano y lograr de este modo una síntesis que no nos priva de la emoción de conocer íntimamente al biografiado, brindándonos la posibilidad de comprender la magnitud de su personalidad.

Gracias a este libro, podemos entender cuánto influyó en la vida de Agustín Román su familia campesina, que se distinguía por la riqueza afectiva de sus integrantes. En este ambiente familiar, caracterizado por la fraternidad y la pobreza, se formará la tenacidad de su carácter y esa natural sencillez que adornó su grandeza de espíritu. Por el testimonio de sus familiares, sabemos que Román, desde muy temprana edad, mostró una especial relación con Dios. En el seno de su familia se integrarán los cimientos de una fe vivida con sencillez y el primer conocimiento de la patria. Estos dos elementos, profundamente imbricados, se harán fuertes y permanecerán como una constante en su prolongada existencia.

El ideario cívico de Mons. Román constituye un valioso aporte para la restauración de la democracia en Cuba, su compromiso con la libertad y la defensa de los derechos humanos fueron una constante en su vida. Su pensamiento político se caracteriza por estar referido, en todo momento, al Magisterio de la Iglesia. Para Agustín Román el centro de su vida fue el sacerdocio, expresión suprema de su compromiso con Dios y con la Patria. Es esta centralidad en Jesucristo del sacerdote patriota lo que mejor define la analogía con el Padre Félix Varela que se propone en esta obra.

La biografía que nos ocupa es también la historia de una Iglesia que había dejado atrás el fantasma del Patronato Regio y comenzaba a realizar un proceso evangelizador en sintonía con las aspiraciones de la joven nación cubana; es, del mismo modo, la crónica de la implantación de la ideología comunista, de la persecución religiosa, del exilio forzoso. El futuro contará con esta valiosa fuente de consulta que narra las peripecias de una comunidad de exiliados esforzándose para sobrevivir e integrarse en los Estados Unidos de América sin perder los valores propios. Monseñor jugó un rol fundamental en la conservación de esos valores, su visión como fundador de la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y su trabajo como animador de numerosas iniciativas pastorales y cívicas contribuyó de un modo notable a la preservación de los mismos. La vida del obispo Román es una privilegiada exposición del aporte de los católicos cubanos a la consistencia espiritual y moral del Exilio.

En este valioso libro se exponen con claridad los ejes de un modelo de vida orientado por el bien y hacia el bien en un grado heroico. Un modelo de vida que preserva y reivindica esa verdad que de un modo magistral enunciaría el poeta Rabindranath Tagore: “Dormía, y soñaba que la vida era alegría. Desperté, y vi que la vida era servicio. Serví, y vi que el servicio era alegría.” La búsqueda del bien común y la voluntad de servir resplandecen en la vida de Mons. Román como expresión de la voluntad de Dios. No lo dijo nunca el joven sacerdote, ni el anciano obispo, su exquisita humildad no le habría permitido ni siquiera pensarlo, pero estamos ante un hombre que como el Apóstol Pablo bien pudo haber dicho: Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo.

Mons. Román, ese hombre que nunca parecía tener prisa, nos cuestiona como personas y comunidad, como cristianos e Iglesia. Nos propone un modelo de familia que ha sido combatido por los regímenes comunistas y maltratado por la sociedad de consumo; los primeros en su voluntad de controlar la vida de las personas aún en sus aspectos más íntimos, los segundos en su afán de conseguir un tipo de persona que confunda el ser con el tener, convirtiéndose en un esclavo de las apariencias y en un consumidor perfecto. Mons. Román, desde las páginas de estlibro, nos invita a cuestionarnos el tipo de familia, de sociedad y de Iglesia que estamos construyendo, una realidad con muy poco espacio para la acogida y la espiritualidad.

Estamos ante una obra que nos habla de un estilo sacerdotal que evita el acomodamiento y de un cristianismo que sale al encuentro del prójimo, efectuando el milagro de tener tiempo para escuchar, para acompañar, para servir. Estas actitudes nos hacen reconocer en Agustín Román al líder espiritual que fue, al mediador que traía paz a los conflictos porque había paz en su corazón, al profeta que denunciaba las injusticias de cualquier lugar con la certeza que de las cosas pueden cambiar. Su vida nos deja un sentimiento de añoranza por Dios y una inquietud por el bien que estamos llamados a realizar.

Esta biografía, escrita con devoción y excelencia por Daniel Shoer Roth, no se agota en una primera lectura, los aspectos que en ella se abordan nos invitan a realizar un análisis más detallado y profundo de los mismos. Yo estaré satisfecho si se cumple el objetivo de mi reseña, motivarlos a no perderse este edificante paseo por la vida de Mons. Agustín Román, un hombre que nunca parecía tener prisa y sin embargo, le alcanzó el tiempo para ser Pastor, Profeta y Patriarca entre sus hermanos.

Revista Conexos, Miami 2015

GERMÁN MIRET Y EL ACTA DE LOS MÁRTIRES

Germán Miret y el Acta de los mártires

En la Catedral de La Habana hace ya muchos años encontré una cuidada edición en papel biblia del “Acta de los mártires”. Aquel libro, que comenzaba con el relato de la lapidación del diácono Esteban, fue un gran descubrimiento para mi curiosidad de neófito, los acontecimientos que en él se narraban me revelaban un tipo de heroicidad, que en aquel entonces, yo desconocía. Era a la vez una advertencia del riesgo, siempre latente, que supone la adhesión al cristianismo.

“Mártires de la Iglesia en Cuba”, ese libro que ha escrito Germán Miret, me ha dejado con la misma impresión de aquella primera lectura del “Acta de los mártires”. Y es que hay libros que edifican e inquietan a la vez, esto consigue el autor con esa colección de semblanzas escritas con un lenguaje austero, que prescinde de cualquier intento de lirismo. La vitalidad de lo que aquí se cuenta puede relegar los adornos, la sobria narración de estas vidas es suficiente para recordarnos la consistencia ética y la fe recia de una generación de laicos católicos cubanos.

Después de leer estas “actas” se hace evidente que la motivación de estos hombres y mujeres en su lucha por la libertad era profundamente cristiana. Sería un grave error presentarlos sólo como patriotas, despojándolos de la fe que le dio sentido a sus vidas.
Así, en estas páginas descubrimos la historia de unos novios que desafiaron el cerco del G-2 para casarse ante un ministro de la Iglesia, que conmovido rehusó aceptar la limosna que le ofrecían, porque esa era “la unión más pura” que había presenciado en su larga vida de sacerdote. Este matrimonio católico moriría pocos días después en un enfrentamiento con la policía política.

Descubrimos que hubo pilotos de combate en Playa Girón, que al saber que su avión no podría aterrizar, dedicaron los últimos minutos de su vida al sacramento de la reconciliación y con gran serenidad confesaron sus pecados al capellán militar por la radio del avión.

Descubrimos el testamento espiritual del joven agrónomo Rogelio González Corzo, cuya mayor angustia ante la muerte inminente se evidencia en este párrafo que no puedo dejar de citar:
“Padres, hermanos, sólo tengo una terrible preocupación, pero confío que siendo mi última voluntad esta preocupación deje de serlo y se convierta en una gran alegría, ella es la vida espiritual, la vida religiosa de ustedes. Saben que siempre mi preocupación fue la Religión Católica y tratar de hacer la voluntad de Dios; en estos momentos estoy seguro que la estoy cumpliendo y quiero que esta muerte mía, de la cual deben sentirse orgullosos, sirva para que ustedes papá y mamá, me hagan la promesa de ir a misa todos los domingos y de confesar y comulgar los dos y después hacerlo regularmente”.
Recomendaciones parecidas deja González Corzo para el resto de su familia y resulta muy difícil no conmoverse ante tal testimonio. De este modo, semblanza tras semblanza, aparecen ante nosotros los nombres propios de unos hombres y mujeres que los católicos cubanos tenemos el deber de conocer.

Quiero agradecer a Germán por este libro, difícil será la paz si no restauramos la verdad, si no rehabilitamos a las víctimas, si no apreciamos en su justo valor la sangre de estos mártires de la fe y de la patria. Mucho nos queda por andar en el camino de la libertad, este libro nos ayuda en ese camino, yo lo he leído con admiración y respeto, los invito a que ustedes hagan lo mismo, les aseguro que es alimento para el espíritu, claridad para el futuro de Cuba, para el cambio profundo que la nación necesita.