ADOLESCENTES

Adolescentes

Tenía quince años cuando un compañero del aula le confesó que quería matarse. Le dijo a su amigo que se dejara de comer tanta mierda: “Acere no te dejes intimidar por ningún profesor, ni por nadie, si alguien te jode mucho métele un cabillazo”.

Ayer, en las noticias, vio la condena a cuarenta años de cárcel para un muchacho que mató a otro por un pueril asunto de faldas. Se acordó entonces de su amigo suicida, que aún vive, y del peligroso consejo de un adolescente a otro.

 

SOBRE UNA HISTORIA DE LOS BACARDĺ

Sobre una historia de los Bacardí

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” es un libro que no puede tener otro título, porque no es el éxito, el poder o la riqueza el centro de su historia, sino Cuba, esa tierra que sigue inquietando el corazón de los exiliados. Esta historia de la familia Bacardí, narrada por el periodista norteamericano Tom Gjelten, arroja nuevas luces sobre nuestra historia y es, por su singularidad y rigor, una obra que conviene leer. No debe asustarnos el grosor del volumen porque está escrito con una prosa que resulta de fácil lectura, contiene además un índice de nombres y una abundante bibliografía.

Quienes nos educamos en los maniqueos criterios del marxismo descubrimos en esta obra una perspectiva de las guerras de independencia y la posterior intervención norteamericana que nos introduce en la complejidad de esos acontecimientos, prescindiendo de la engañosa certeza que suele acompañar a las historias oficiales. En lo referente a la lucha por la independencia de Cuba el libro rescata, con la sobriedad narrativa que caracteriza a la prensa anglosajona, la épica de este conflicto, recordándonos el compromiso libertario de una élite criolla que no escatimó sacrificios en su lucha de claro propósito fundacional, una verdad que el totalitarismo ha logrado soslayar separando a nuestros próceres de sus orígenes, su historia personal y su contexto, único modo de presentar a los aventureros del yate Granma como una consecuencia del Grito de Independencia en La Demajagua.

De singular importancia resulta el relato de la intervención norteamericana, mostrándonos las percepciones de ambos bandos. La relación de amistad -no exenta de conflictos- que se estableció entre el alcalde Emilio Bacardí y el general Leonard Wood nos ayuda a comprender las discrepancias, los intereses y los sentimientos que prevalecieron en esta etapa.

La historia de los Bacardí refleja, en gran medida, los aciertos y los errores de nuestra joven nación. No se eluden en esta obra las responsabilidades de una élite que era el motor del país; en este libro tenemos un poderoso documento que contradice la versión oficial de que la Revolución de 1959 la llevaron a cabo las clases más humildes, es muy probable que nunca antes en la historia de la humanidad un proyecto de regeneración política contara con tan gran apoyo de las clases medias y altas, en particular con el apoyo de un empresariado que estaba dispuesto a perder importantes beneficios en aras del bien común.

Si algo me ha desconcertado en este libro, que en términos generales es sumamente valioso, es que Tom Gjelten termina repitiendo algunos de los tópicos que han sido el plato fuerte de la propaganda totalitaria sobre la etapa republicana, fundamentalmente en la importancia que confiere a los vínculos de los gobiernos auténticos y el régimen de Batista con el crimen organizado de la costa este de los Estados Unidos de América. No obstante, esta objeción no oscurece la totalidad de una obra que nos alecciona en cuestiones que fueron en más de un aspecto paradigmáticas, como la relación de la empresa Bacardí con sus empleados, los sindicatos, la comunidad y la cultura. Una obra que además, contribuye a desmontar esa distorsionada visión sobre la empresa privada que la propaganda totalitaria ha sembrado en la conciencia de varias generaciones de cubanos.

La historia de los Bacardí nos ilustra sobre los esfuerzos realizados desde el Exilio para conseguir el derrocamiento de Fidel Castro y el desmantelamiento de su régimen, una gesta poco conocida a pesar de que no fueron pocos los exiliados que ofrecieron sus vidas para lograr la libertad de Cuba. En la familia Bacardí la figura más representativa de estos esfuerzos es, sin lugar a dudas, Pepín Bosch, personalidad que amerita un minucioso estudio biográfico.

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” también nos ayuda a comprender el relevante papel de esta diáspora en la conservación de nuestros valores nacionales y contribuye, de un modo significativo, a una futura valoración de los aportes que han protagonizado los empresarios, profesionales e intelectuales cubanos al desarrollo de los Estados Unidos y América Latina, siendo este aporte al desarrollo una de las consecuencias menos estudiadas de la implantación del totalitarismo en Cuba, en mi opinión el único bien tangible de la Revolución Cubana, su única y accidental contribución al mejoramiento humano.

Mucho más se pudiera decir de este libro, pero resulta imposible de agotar en una reseña un volumen de casi quinientas páginas, eso sí, no dejen de leerlo, porque es mucho lo que podemos aprender de él, recuerden lo que dijo Cicerón y antes Aristóteles: “Las naciones que desconocen su historia están condenadas a repetirla”. Esta advertencia tiene para nosotros más urgencia que nunca.

 

Revista Conexos, Abril 24 de 2016.

 

EL GENERAL Y LA IGLESIA

El General y la Iglesia
21 de Abril del 2011

Padecimos el VI Congreso del Partido y podemos decir que el club de octogenarios sin relevo ha dejado bien claro que ellos son los que mandan. Sin embargo, el General no ha querido evadir la ratificación de una pequeña cantidad de reformas de índole económica. Es cierto que “las reformas” anunciadas no alcanzan para hacerse ilusiones pero no sabemos qué expectativas y actitudes pueden desatar en la maltrecha vida de los cubanos.

Raúl Castro es ahora el pionero de un sofisticado modelo para las dictaduras hemisféricas, el creador de un “socialismo sin subsidios y un capitalismo sin mercado”. Carlos Alberto Montaner, con la sagacidad que lo caracteriza, ha definido de ese modo al engendro raulista y el diario El País trae un editorial que profetiza: El plan quiere salvar al régimen sacrificando en parte al socialismo, pero en el error uno y otro son indistinguibles. El primero caerá por senectud; el segundo por incompetencia. Todo quedaba ayer, por ello, atado y mal atado.

Sobre este último abracadabra del castrismo me quedo con una sugerencia táctica que le escuché hace poco al economista Espinosa Chepe: apoyar cualquier apertura por pequeña que sea sin perder la distancia crítica; por lo demás nada me ha sorprendido del esperado Congreso sin sorpresas, “naranja agria no da naranja dulce” dicen los viejos.

Si algún aspecto novedoso reclama mi atención es que en el discurso de inauguración el General repasa la Mediación de la Iglesia Católica. Han pasado los tiempos en que nos acusaban de estar agazapados, esperando el momento de servir al Imperio o a los oligarcas, dos figuras retóricas que el castrismo ha manejado con suma eficacia. Ahora, “considerando la fortaleza de la Revolución” al General no le quedó otro remedio que aceptar la Mediación y reconocer que en las conversaciones se manifestaron puntos “no siempre coincidentes con los nuestros” es decir, con los suyos.

Es una pena que la “lealtad y transparencia” del diálogo iniciado no alcanzara para avisar a la Iglesia que las excarcelaciones habían concluido; pero era de esperar que algo así sucediera, el General y los mandamases del Partido ya han tragado bastante en estos días. Recuerdo cuando los carros de los curas tenían chapa de técnico extranjero, esto no suponía ningún privilegio, era una forma sutil de considerar a la Iglesia como algo ajeno. En este discurso el General asegura que la gestión de la Iglesia ha favorecido la unidad de la Nación, que hay una relación de “respeto mutuo, lealtad y transparencia” y sus elogios envenenados permiten aventurar algunas conclusiones.

La primera de estas es que la Iglesia, sin corromper su identidad y su misión, ha sido aceptada por el castrismo como un elemento de cohesión nacional, esto lleva al reconocimiento implícito de que ya no basta la “fe en el proceso”, de que hay que pasar por el mal trago de aceptar a una cosa que no fue parte de la Revolución y que ahora tampoco quiere serlo. El castrismo se ve obligado a reconocer a una Institución que no ha sido creada por él, una Institución que pretende usar para su beneficio aunque entiende la dificultad de que esta tiene autonomía propia y una dinámica orientada hacia un Dios que puso la otra mejilla.

La Iglesia tiene ante sí un reto inmenso, el General la ha incorporado oficialmente a la Nación en cuestión de unos párrafos pero este reconocimiento, deseado por la Iglesia y necesario para profundizar su acción pastoral, no debe quedar subordinado a las necesidades tácticas del castrismo, cosa que el régimen intentará, porque su razón de ser es la supervivencia en el poder y su pragmatismo se orienta a ese fin.

Es de prever que los obispos continuarán con su estrategia de fortalecer las estructuras pastorales sin provocar a los que gobiernan, esta es la mejor contribución a ese cambio profundo que la sociedad cubana necesita, sin olvidar que la Iglesia no es un fin en sí misma sino un medio para llegar a Cristo.

Tiene el desafío la Iglesia de mostrar a la sociedad cubana esa pluralidad en la unidad que ha sido una de sus mayores riquezas, de dar ese testimonio en una sociedad signada por el totalitarismo, de exponer en sus medios de prensa y en sus eventos la diversidad que la enriquece. Con este testimonio la Iglesia ofrecería un referente ético que la Nación necesita, que esto derive en un servicio concreto de propiciar espacios para la concertación política o una mediación entre los que gobiernan y los que se oponen depende de los Castro, aunque la oferta debiera colocarse más temprano que tarde, sino es que ya lo está, en la mesa de esos encuentros que el General valora como “constructivos y transparentes”. Por ahora la potestad de romper la inercia está en manos de un régimen que no decide nada en sus Congresos, que aún detenta un poder casi absoluto y tiene hasta el momento la última palabra.

 

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA PRÓXIMA VISITA DEL PAPA A CUBA

Algunas consideraciones sobre la próxima visita del Papa a Cuba
25 de Enero del 2012

La visita del Papa a Cuba, por su naturaleza esencialmente pastoral, constituye un bien en sí misma. Todos los cubanos perderíamos si esta visita no se llevara a cabo. El Santo Padre confirmará, Dios mediante, a los católicos cubanos en su fe y bendecirá en su 400 Aniversario la imagen de la Virgen de la Caridad que se venera en el Santuario del Cobre. Esta imagen presente otra vez en los hogares cubanos es el único símbolo de nuestra nación que el castrismo no ha podido vaciar de sentido, es la única conexión con lo mejor de nuestra historia yvalores que ha quedado a salvo de la debacle castrista.
Más allá de la fe religiosa que profesemos, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre es un elemento constitutivo de nuestra nacionalidad, es por tanto un regalo de Dios a nuestro pueblo, no solo a esa porción que se define como católica, sino al pueblo creyente en general e incluso a esos compatriotas que se proclaman agnósticos o ateos.

Sin embargo, el asesinato del opositor Wilman Villar Mendoza no puede ser ignorado porque el bien que se busca a largo plazo comienza también en lo inmediato, y lo inmediato es que los gobernantes cubanos han cometido un crimen, un crimen precedido de muchos crímenes, varios de ellos todavía recientes. La visita del Papa no puede separarse de ese contexto.

Sé que la Iglesia gana los espacios para todos, sé que hace un bien inmenso en el ámbito de la asistencia a los más desvalidos y que es la institución que más trabaja por impedir el envilecimiento definitivo de los cubanos de la Isla, sometidos todos a una deshumanización sistemática. Sé todas estas cosas y saberlas me produce un genuino orgullo; por eso, como católico orgulloso de la Iglesia que me ayudó a reconocer mi propia dignidad y derechos, me animo a pedir a los obispos cubanos otro bien para Cuba, que inviten al Santo Padre a tener un gesto público o privado con los demócratas cubanos, en especial con las Damas de Blanco.

Creo que ese gesto con los demócratas cubanos es un signo que necesitamos en la hora presente, cuando a veces parece que solo podemos esperar el bien que la nación necesita de parte de aquellos que hasta hoy solo han hecho el mal. Creo que es oportuno y necesario ese gesto de inclusión y de ánimo para aquellos que también han apostado a la Esperanza contra toda esperanza.
Hay compatriotas que no quieren esta visita y hay compatriotas que no creen necesario un gesto del Papa hacia aquellos que han escogido trabajar por la libertad y la justicia desde el pacífico ejercicio de sus derechos ciudadanos, son puntos de vista que respeto. Yo por mi parte, deseo vivamente que el Papa vaya a Cuba, que la Virgen sea bendecida, coronada, aclamada como Madre Santísima de todos los cubanos, pero creo con toda humildad que ese bien sería mayor si se hiciera evidente, por parte de su Santidad Benedicto VXI, el consuelo y la confirmación en la Esperanza que los demócratas cubanos justamente reclaman y necesitan. Creo además, que esa bendición que ellos anhelan, puede ser recibida dignamente por las Damas de Blanco a nombre de todos los demócratas cubanos, ellas han sido madres, esposas, hijas, atentas al sufrimiento de los suyos, como la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Dios y Madre nuestra, que ha estado atenta a nuestros sufrimientos como pueblo, un pueblo que sabe de su amorosa intercesión y ora ante ella.

“A Jesús por María la caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido. Sí, que la Caridad nos una; que tengamos esa unidad auténtica que incluya y respete a todos los cubanos, como quiera que piensen, donde quiera que vivan; sí, que la Caridad nos una; que así sea.

 

LA BIOGRAFĺA DE MONSEÑOR ROMÁN

La biografía de Monseñor Román

Cuando supe que el periodista Daniel Shoer Roth estaba encargado de escribir la biografía de Mons. Agustín Román no abrigué duda alguna de que el resultado de dicha encomienda combinaría el rigor y la fluidez que caracterizan el quehacer periodístico de Daniel. Al concluir la lectura de este libro debo decir que mis expectativas han sido superadas.

El relato de la vida de Mons. Román logrado por esta obra no se pierde en excesivas anécdotas, ni en citas de documentos o en abusivas descripciones de unos acontecimientos históricos que pueden lastrar el ritmo del relato biográfico. El biógrafo ha sabido discernir lo esencial entre el inmenso volumen de información que tenía a mano y lograr de este modo una síntesis que no nos priva de la emoción de conocer íntimamente al biografiado, brindándonos la posibilidad de comprender la magnitud de su personalidad.

Gracias a este libro, podemos entender cuánto influyó en la vida de Agustín Román su familia campesina, que se distinguía por la riqueza afectiva de sus integrantes. En este ambiente familiar, caracterizado por la fraternidad y la pobreza, se formará la tenacidad de su carácter y esa natural sencillez que adornó su grandeza de espíritu. Por el testimonio de sus familiares, sabemos que Román, desde muy temprana edad, mostró una especial relación con Dios. En el seno de su familia se integrarán los cimientos de una fe vivida con sencillez y el primer conocimiento de la patria. Estos dos elementos, profundamente imbricados, se harán fuertes y permanecerán como una constante en su prolongada existencia.

El ideario cívico de Mons. Román constituye un valioso aporte para la restauración de la democracia en Cuba, su compromiso con la libertad y la defensa de los derechos humanos fueron una constante en su vida. Su pensamiento político se caracteriza por estar referido, en todo momento, al Magisterio de la Iglesia. Para Agustín Román el centro de su vida fue el sacerdocio, expresión suprema de su compromiso con Dios y con la Patria. Es esta centralidad en Jesucristo del sacerdote patriota lo que mejor define la analogía con el Padre Félix Varela que se propone en esta obra.

La biografía que nos ocupa es también la historia de una Iglesia que había dejado atrás el fantasma del Patronato Regio y comenzaba a realizar un proceso evangelizador en sintonía con las aspiraciones de la joven nación cubana; es, del mismo modo, la crónica de la implantación de la ideología comunista, de la persecución religiosa, del exilio forzoso. El futuro contará con esta valiosa fuente de consulta que narra las peripecias de una comunidad de exiliados esforzándose para sobrevivir e integrarse en los Estados Unidos de América sin perder los valores propios. Monseñor jugó un rol fundamental en la conservación de esos valores, su visión como fundador de la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y su trabajo como animador de numerosas iniciativas pastorales y cívicas contribuyó de un modo notable a la preservación de los mismos. La vida del obispo Román es una privilegiada exposición del aporte de los católicos cubanos a la consistencia espiritual y moral del Exilio.

En este valioso libro se exponen con claridad los ejes de un modelo de vida orientado por el bien y hacia el bien en un grado heroico. Un modelo de vida que preserva y reivindica esa verdad que de un modo magistral enunciaría el poeta Rabindranath Tagore: “Dormía, y soñaba que la vida era alegría. Desperté, y vi que la vida era servicio. Serví, y vi que el servicio era alegría.” La búsqueda del bien común y la voluntad de servir resplandecen en la vida de Mons. Román como expresión de la voluntad de Dios. No lo dijo nunca el joven sacerdote, ni el anciano obispo, su exquisita humildad no le habría permitido ni siquiera pensarlo, pero estamos ante un hombre que como el Apóstol Pablo bien pudo haber dicho: Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo.

Mons. Román, ese hombre que nunca parecía tener prisa, nos cuestiona como personas y comunidad, como cristianos e Iglesia. Nos propone un modelo de familia que ha sido combatido por los regímenes comunistas y maltratado por la sociedad de consumo; los primeros en su voluntad de controlar la vida de las personas aún en sus aspectos más íntimos, los segundos en su afán de conseguir un tipo de persona que confunda el ser con el tener, convirtiéndose en un esclavo de las apariencias y en un consumidor perfecto. Mons. Román, desde las páginas de estlibro, nos invita a cuestionarnos el tipo de familia, de sociedad y de Iglesia que estamos construyendo, una realidad con muy poco espacio para la acogida y la espiritualidad.

Estamos ante una obra que nos habla de un estilo sacerdotal que evita el acomodamiento y de un cristianismo que sale al encuentro del prójimo, efectuando el milagro de tener tiempo para escuchar, para acompañar, para servir. Estas actitudes nos hacen reconocer en Agustín Román al líder espiritual que fue, al mediador que traía paz a los conflictos porque había paz en su corazón, al profeta que denunciaba las injusticias de cualquier lugar con la certeza que de las cosas pueden cambiar. Su vida nos deja un sentimiento de añoranza por Dios y una inquietud por el bien que estamos llamados a realizar.

Esta biografía, escrita con devoción y excelencia por Daniel Shoer Roth, no se agota en una primera lectura, los aspectos que en ella se abordan nos invitan a realizar un análisis más detallado y profundo de los mismos. Yo estaré satisfecho si se cumple el objetivo de mi reseña, motivarlos a no perderse este edificante paseo por la vida de Mons. Agustín Román, un hombre que nunca parecía tener prisa y sin embargo, le alcanzó el tiempo para ser Pastor, Profeta y Patriarca entre sus hermanos.

Revista Conexos, Miami 2015

GERMÁN MIRET Y EL ACTA DE LOS MÁRTIRES

Germán Miret y el Acta de los mártires

En la Catedral de La Habana hace ya muchos años encontré una cuidada edición en papel biblia del “Acta de los mártires”. Aquel libro, que comenzaba con el relato de la lapidación del diácono Esteban, fue un gran descubrimiento para mi curiosidad de neófito, los acontecimientos que en él se narraban me revelaban un tipo de heroicidad, que en aquel entonces, yo desconocía. Era a la vez una advertencia del riesgo, siempre latente, que supone la adhesión al cristianismo.

“Mártires de la Iglesia en Cuba”, ese libro que ha escrito Germán Miret, me ha dejado con la misma impresión de aquella primera lectura del “Acta de los mártires”. Y es que hay libros que edifican e inquietan a la vez, esto consigue el autor con esa colección de semblanzas escritas con un lenguaje austero, que prescinde de cualquier intento de lirismo. La vitalidad de lo que aquí se cuenta puede relegar los adornos, la sobria narración de estas vidas es suficiente para recordarnos la consistencia ética y la fe recia de una generación de laicos católicos cubanos.

Después de leer estas “actas” se hace evidente que la motivación de estos hombres y mujeres en su lucha por la libertad era profundamente cristiana. Sería un grave error presentarlos sólo como patriotas, despojándolos de la fe que le dio sentido a sus vidas.
Así, en estas páginas descubrimos la historia de unos novios que desafiaron el cerco del G-2 para casarse ante un ministro de la Iglesia, que conmovido rehusó aceptar la limosna que le ofrecían, porque esa era “la unión más pura” que había presenciado en su larga vida de sacerdote. Este matrimonio católico moriría pocos días después en un enfrentamiento con la policía política.

Descubrimos que hubo pilotos de combate en Playa Girón, que al saber que su avión no podría aterrizar, dedicaron los últimos minutos de su vida al sacramento de la reconciliación y con gran serenidad confesaron sus pecados al capellán militar por la radio del avión.

Descubrimos el testamento espiritual del joven agrónomo Rogelio González Corzo, cuya mayor angustia ante la muerte inminente se evidencia en este párrafo que no puedo dejar de citar:
“Padres, hermanos, sólo tengo una terrible preocupación, pero confío que siendo mi última voluntad esta preocupación deje de serlo y se convierta en una gran alegría, ella es la vida espiritual, la vida religiosa de ustedes. Saben que siempre mi preocupación fue la Religión Católica y tratar de hacer la voluntad de Dios; en estos momentos estoy seguro que la estoy cumpliendo y quiero que esta muerte mía, de la cual deben sentirse orgullosos, sirva para que ustedes papá y mamá, me hagan la promesa de ir a misa todos los domingos y de confesar y comulgar los dos y después hacerlo regularmente”.
Recomendaciones parecidas deja González Corzo para el resto de su familia y resulta muy difícil no conmoverse ante tal testimonio. De este modo, semblanza tras semblanza, aparecen ante nosotros los nombres propios de unos hombres y mujeres que los católicos cubanos tenemos el deber de conocer.

Quiero agradecer a Germán por este libro, difícil será la paz si no restauramos la verdad, si no rehabilitamos a las víctimas, si no apreciamos en su justo valor la sangre de estos mártires de la fe y de la patria. Mucho nos queda por andar en el camino de la libertad, este libro nos ayuda en ese camino, yo lo he leído con admiración y respeto, los invito a que ustedes hagan lo mismo, les aseguro que es alimento para el espíritu, claridad para el futuro de Cuba, para el cambio profundo que la nación necesita.

LA POLĺTICA HEROICA

La política heroica

El cadáver de Fidel se resiste a morir, quizás intuye la desnudez del tránsito, la mirada de Dios. Aunque no lo desee Fidel se muere, muere el viejo que deja a un pueblo acuchillado y muere el niño que vivió con rabia. Los jesuitas de Belén le dijeron que Dios nos quería como un padre, entonces Fidel pensó en el gallego Ángel Castro, prescindió de la teología y compró un revólver.  Sus primeras incursiones como matón lo ayudaron  a descubrir que no era valiente, ambicionaba el poder y era consciente de la necesidad de una leyenda, nada mejor para este fin en la Cuba de entonces que el impreciso oficio de revolucionario.

El criminal que padecemos nunca simpatizó con Jesús, menos aún con el apóstol Pedro, pero se aseguró desde el principio un panteón de mártires que él mismo condujo a la muerte. Mira que nos cansaron con las torturas de Abel Santamaría, de Renato Guitar y toda  la épica revolucionaria del sargento torturador, esbirro-sudado-con-mocho-de-tabaco-que-aprieta-su-mocho-de-tabaco-encendido-en-el-pecho-del-joven-revolucionario-que-no-delata-a-su-célula.

Fidel mira a Cristo en la cruz y le parece un desperdicio, un Dios imbécil. En la escuela nunca nos hablaron de Jesús, menos aún del apóstol Pedro, el hombre que sería el primer Papa, el que negó a su Maestro tres veces. Nuestra historia está hecha de vencedores y de héroes, no cuenta que los vencedores y los héroes a veces traicionaron a los perdedores y a otros héroes. No cuenta nada de Jesús, menos de Pedro.

En Cuba, el ejercicio de la política continúa teñido de heroísmo. A los opositores no les queda otro remedio que ser héroes y el cadáver de Fidel le reprocha a los defenestrados la adicción a la miel de un poder por el cual “no conocieron sacrificio alguno”.

Aquí, en el largo exilio, hay héroes verdaderos y falsos. La retórica heroica sobrevive a su rating y mucha gente también tiene la tentación de construirse una leyenda o prolongarla. Entre nosotros las ideas se subordinan al “valor” del héroe, por suerte en esta orilla nos ampara el sentido común de la meritocracia anglosajona.

El cadáver de Fidel se muere, Raúl se morirá antes o después de Fidel, la muerte de estos tipos será el signo visible del final de una época que morirá con ellos. Un tiempo de “política heroica” que dará paso a un tiempo diferente, donde nadie se sienta conminado a ser héroe, ni tenga callar por el miedo que tuvo,  ni ostentar el valor.

 

Miami, 2009