TARZÁN Y LUIS

Tarzán y Luis

Tarzán era bajito, el tipo chiquitico que hace pesas para ponerse fuerte, que aprende artes marciales para que no lo abofeteen cada dos cuadras. Cuando lo conocí manejaba un montacargas y vestía como un ranger, era un Rambo cubano con botas “Centauro” que descargaba una rastra cargada de bovinas en tres cuartos de hora.

Tarzán “explotó” porque tenía una fábrica de velas con unos socios, lo agarró un patrullero descargando dos toneladas de parafina en un solar. Se pasaba el día ofreciendo las velas en el trabajo: “oye tengo velas, para los santos y los apagones”.

Le echaron varios años para cumplirlos en el Combinado. Se destacó pronto en el “Tanque” repartiendo estrallones. Lo sacaron de allí porque el MININT buscaba entrenadores para la PNR. Tarzán terminó trabajando en la Unidad de Zanja.

Luis era diferente, era un hombrón que imponía respeto con su presencia. Vino muy joven para La Habana y desde entonces fue carnicero. Un día me reveló uno de los secretos de su oficio: el truco de la merma. Los carniceros pesaban el rollo de papel para envolver la carne, 30 libras de papel, 30 libras de carne que sobran.

Luis siempre quiso tener un Chevrolet, se compró el modelo del 52, no había pasado un mes cuando llegaron con la orden de registro. Aunque no le pudieron probar nada, lo condenaron por “convicción”, tuvo suerte y fue a dar a una “Granja”. Lo sacaban a cortar caña, pero no estaba en régimen de cárcel, su mujer le llevaba una “jaba” cada 15 días. A los pocos meses Luis tenía rendimiento de machetero millonario, al año era Vanguardia Nacional del Trabajo.

A finales de Abril la mujer de Luis, amiga de mi madre, llamó a mi casa. Luis, por ser Machetero Millonario, iba a estar en la Tribuna del Primero de Mayo en la Plaza. Aquel Primero de Mayo vimos a Luis en la Televisión, con sombrero de guano, un pullover naranja con la efigie de Lázaro Peña, en su pecho brillaba una medalla de Vanguardia. Después del acto regresaría a la “Granja”, se le veía tranquilo como siempre.

En la silla de al lado se sentó un joven oficial del MININT, algo pequeño para su oficio. Cualquiera afirmaría que aquellos hombres tenían poco en común, así también lo pensarían ellos que apenas se saludaron. Aquel oficial del MININT era Tarzán, un Rambo cubano fabricante de velas, que por otra sinrazón del destino, también estuvo en la Tribuna de aquel Primero de Mayo en la Plaza.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

MEMORIA DE BAUTA

Memoria de Bauta

En un tiempo en el que las visitas no eran un inconveniente mi abuela visitaba a la familia sin previo aviso, siempre después de almuerzo porque en los años setenta el racionamiento ya era costumbre. Mi familia por parte de mis abuelos maternos es de Bauta y el domingo allá nos íbamos mi abuela y yo, como fiel escudero en el visiteo.

La ruta 43 tenía parada en Zanja, casi frente a la casa y en ella viajábamos hasta Marianao, después había que hacer la cola de la 99, la ruta que llegaba a Bauta. Me gustaba aquel viaje, cuando alcanzaba una ventanilla podía mirar de rodillas la secuencia de una ciudad que todavía era hermosa. Después de Mariano venían La Lisa, Novia del Mediodía, Arroyo Arenas, Punta Brava y al poco tiempo se veía la Conaca, un tanque de hierro fundido que debió proveer de agua al pueblo y en unos minutos tocábamos la puerta de tía Yeya, primera y obligada visita.

Tía Yeya siempre tenía algún postre a mano, yo me felicitaba cuando había boniatillo y me acomodaba en un sofá para leer las historietas de Superman, el Fantasma, Mandrake el Mago y el Príncipe Valiente; alguna vez le pregunté por qué los periódicos de ahora no tenían muñequitos, por suerte existían aquellos libracos de mi tío Bebo, coleccionista de historietas, pintor de escenas taurinas y vestales, español y cubano.

Tío Bebo tenía una biblioteca de estantes de caoba con su tarjetero, tuvo una bodega que la escasez convirtió en guarapera y aspiraciones políticas, según me contaron. Hubiera sido un buen hombre público mi tío abuelo político con su bondad ordenada. Pero no pudo ser, pasó lo que pasó, perdió varias casas que tenía en el pueblo y perdió la bodega, aunque se quedó trabajando en ella hasta la jubilación. Mis tíos abuelos conservaron la casa donde vivían, con sus libros y porcelanas, todo aquello detenido en el tiempo, aguardando.

Casi enfrente vive tío Chuti, el viejo militante del PSP, que combatió en Girón y fue herido en una pierna; sobrio te recitaba las cantinelas de manual y si se daba un trago comenzaban las dudas que suelen acompañar a los hombres honestos. Hoy, nonagenario, regresa a aquellos días en que los muchachones socialistas del pueblo pedían prestados al Padre Gayol los bancos de la iglesia para una reunión o cuando Mister Hedges, el americano dueño de la textilera lo iba a buscar para que regresara a sus labores de rotulista y no se metiera en problemas.

La pasión socialista de tío Chuti la heredó de su madre, mi bisabuela canaria Margarita Viña; una pasión socialista que no regresará a Cuba en mucho tiempo, que se alimenta de un odio viejo y se resiste a abandonar a España.

Salir de casa de Chuti, cruzar otra vez la carretera Central para subir por la calle lateral a la bodega del tío Bebo, atravesar la línea del tren, con las debidas y exageradas precauciones de mi abuela, que siempre mencionaba con nombre y apellidos alguna víctima ferroviaria. Entrar en un barrio más pobre, de casitas de madera pegadas unas con otras para llegar a casa de tía Tilita, la casita pobre con suelo de cemento lustrado, de limpieza absoluta. La tía viuda que conservaba la mandolina del difunto esposo colgada en la pared, que crió los hijos sola, trabajando.

Mi abuela miraba su reloj a cada rato, esto determinaba las últimas visitas, las menos imperiosas. Muchas veces llegábamos a casa de su sobrino Pepe, que vio el alunizaje del Apolo, que tocaba en un combo y criaba peces para sus hijos, hasta el último tramo de sus cuarenta años. Una tarde, en el cierre, le hicimos la visita a una hermana de mi bisabuela Margarita que alcanzó a vivir más de cien años, cuando la conocí todavía cosía las mejores guayaberas del pueblo, no recuerdo su nombre, sólo tengo la imagen de una viejita blanca en una mecedora.

Según las coordenadas finales del paseo, antes o después, siempre había que pasar frente al cine Suárez, frente a la Sociedad, cruzar por el parque de la iglesia que embelleció el Padre Gaztelu con obras de Portocarrero, Mariano Rodríguez y el escultor Alfredo Lozano. En el parque solía subir a la glorieta, gritar para escuchar el eco y visitar el busto de mi bisabuelo Carlos Valdés Rosas, recordatorio del maestro emérito, niño expósito.

El bisabuelo fue muy querido en el pueblo, cuentan que su muerte provocó gran consternación y en su memoria una escuela pública lleva su nombre. Cuando triunfó la revolución quisieron cambiar el nombre de la escuela, pero la gente protestó y no lo cambiaron. Uno de los hijos del Maestro, mi tío abuelo René, escribió un libro de crónicas sobre Bauta, un libro que relata la vida de sus pobladores en los inicios del pasado siglo, las tertulias de los cafés, las bromas de entonces, un libro de tapas verdes que siempre estuvo en casa.

Al terminar la última visita, íbamos caminando hasta la terminal y en el trayecto mi abuela solía enumerar las tiendas y comercios que habían, los platos y postres que se servían en fondas y restaurantes, la variedad de revistas y periódicos locales, la textilera que benefició tanto al pueblo y el buen recuerdo de sus dueños americanos, la fábrica de fósforos, la ferretería el Candado, los San Román, los Maruri, los bailes, las fiestas y yo iba de la mano de mi abuela imaginando un paraíso, preguntándome que había pasado con todo eso.

Para el regreso muchas veces alquilábamos un carro de Anchar en la piquera, los viejos carros de alquiler, una de las pocas actividades privadas que sobrevivieron a la confiscación revolucionaria. El viaje costaba dos pesos por persona y mi abuela me llevaba sentado en sus piernas para pagar un solo pasaje. Al regresar caía la tarde sobre el campo, con la sombra perfecta de los ficus que cubrían grandes tramos de la carretera central. Y después la ciudad de noche, el recorrido a veces laberíntico para dejar a los viajeros, bajarnos en Zanja y Cerrada del Paseo, caminar hasta casa, comer algo mientras se cuentan las incidencias del viaje y a dormir los niños, que después de un paseo siempre se acuestan con muchas más preguntas que respuestas.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

MI HERMANO

Mi hermano

Orestes se ordenó sacerdote de Ifá en un país donde los negros no importan. Orestes se hizo un reino aparte, vive aparte, reza, sueña aparte. Ayer, al salir de la escuela, me fui con él a tomar una malta. Y desperté en Madrid con el sabor de aquella malta que bebíamos siempre en las tardes. Fue un día de exilio, con muchas ganas de pegarle a alguien.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

TARARÁ

Tarará

La última vez que estuve en Tarará tenía catorce años, mi escuela secundaria la “William Soler”, fue escogida con otras secundarias de Centro Habana para ir al “Plan Vacacional” en el “Campamento Nacional de Pioneros José Martí”.

Llegamos en una flotilla de ómnibus Girón y nos dieron las casas, a nosotros nos tocó una casona de dos plantas con ventanas de persianas francesas, al segundo día de estar allí nos quedamos sin profesor, en las otras casas, antes o después ocurrió lo mismo. Éramos un ejército de adolescentes solos, cada uno hacía lo que le venía en gana y como era de esperar aquello terminó como la fiesta del Guatao.

A la una o las dos de la mañana llegaron los de la Juventud dando golpes en la puerta, al principio ni los oímos, después eran tantos los golpes y los gritos que abrimos, a mí me agarraron cuando tiraba un zapato, pero había otros que rompían ventanas y muebles. Nos sacaron enseguida a la calle y ellos mismos sacaron nuestros maletines y pertenencias. Salimos de Tarará en varias patrullas, el negro Félix le dijo al guardia que quería una ventanilla, cuatro íbamos en el asiento de atrás, yo caí entre Prevé y Conde, todo fue tan rápido que no estaba asustado. Por suerte las patrullas eran para llevarnos hasta las guaguas y a esa hora salimos para la Habana, el viaje de regreso lo hicimos en silencio, nunca más volví a aquel lugar.

Aquel verano Tarará fue un desastre, broncas en los bailables, gente que se colaba en el Campamento, estoy seguro que hubo heridos y quizás algún muerto; cerca de la playa vi una pelea en la que se cortaron con picos de botella, yo me quedé mirando como un bobo y Conde me metió un empujón, a ratos me vienen los recuerdos de aquella noche con un muchacho tirado contra una cerca.

Sin embargo, los recuerdos que tengo de mi niñez son diferentes, Tarará era un lugar ordenado, había un parque de diversiones con elefantes voladores, una montaña rusa y un teleférico que cruzaba el río; un lugar distinto con bandejas de aluminio, carne rusa y algún chocolate. La primera vez que fui estaba en tercer grado y lo disfruté mucho, aunque me daba asco la leche con nata y había frío en las aulas.

Muchos años después supe que Tarará, en los albores de la revolución, fue el lugar escogido para armar una comandancia invisible, un gobierno en la sombra. Consumado el horror sería el símbolo de la expropiación revolucionaria, la mejor vitrina del logro educativo, una imagen viva del realismo socialista de rostros alegres para mostrar al mundo.

En alguna de aquellas estancias vacacionales trajeron a viejas glorias de la Revolución para que nos contaran sus hazañas, antiguos dirigentes que habían sobrevivido a sus propios engendros. Me tocó un conversatorio con Fabio Grobart, el judío de origen polaco enviado por Moscú, un comisario que se llevó a la tumba el secreto de innumerables conspiraciones y crímenes. Cuando lo vi en Tarará tendría ochenta y tantos o noventa años, los muchachos le hacían preguntas previamente revisadas por los “cuadros” de la Juventud que nos acompañaban, el viejo respondía con lentitud y yo me perdía en los huecos de sus medias de nylon. Mi fastidiosa memoria no recuerda su cara, ni palabra alguna, sólo una guayabera color crema y sus medias rotas.

Con el tiempo el Campamento de Tarará dejó de recibir pioneros, estuvieron durante algunos años los niños víctimas del espanto de Chernobil y después lo cubrieron con la niebla que ampara los fracasos. Alguna vez escuché que lo utilizarían para el turismo pero a ciencia cierta no sé que han hecho allí, fue un lugar como otros que dejó de importarme. Hace ya algunos meses supe que la Iglesia de Tarará fue otra vez consagrada y abierta al público. Fue una sorpresa para mí, que nunca vi esa iglesia y no sabía ni siquiera que existía. Me alegró saber que hay un lugar sagrado en donde abundó la maldad, una maldad que todavía desconocemos, que nos impide escuchar y acoger, que nos divide y nos distrae.

En la iglesia de Tarará se celebra otra vez la eucaristía, lo que fue noticia en algunos medios de prensa extranjeros ahora es rutina, la lectura política de este acontecimiento que ya ha sido olvidado es menos que un recuerdo. La alegría de saber que se celebra esa misa me invita a creer que la maldad es hoy menos intensa. Sé que es menos intensa, desde que brilla en Tarará una lámpara.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

LOS CHINOS DE ZANJA

Los chinos de Zanja

Mi abuelo me contaba que los chinos
sacaban el dragón los días de fiesta
y la calle lucía estandartes,
banderas,
y redondos faroles de papel.

Mi abuelo me contaba que los chinos
eran propicios al juego,
al suicidio;
casi nunca peleaban
pero cuando lo hacían era a muerte.

Mi abuelo recordaba el ruido de las carretillas
y unos papalotes distintos
y una justicia secreta e inexorable.

Mi abuelo añoró siempre
la sopa que vendían.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

 

JUANKI

Juanki

Juan Francisco Pulido Martínez, Juanki, prometía un escritor, un brillante escritor. Él vivía en Cinfuegos, la ciudad que le gustaba al Benny, y no quiso votar en unas elecciones que no son elecciones y las barbaridades que por esto le hicieron amargaron su vida para siempre.

Cuando me fui de Cuba llegué a Madrid y trabajaba de noche en un bar de copas, que es algo parecido a una discoteca en donde se bebe más de lo que se baila, un lugar de noches largas y anónimas; un día sonó el teléfono del bar a las tres de la mañana, era Juanki desde Miami, me decía nombretes y reía, lo encontré con el ánimo de una vida nueva, cuanta alegría me dio esa llamada. Después supe que comenzó a estudiar en una universidad, que tenía novia y parecía que la vida le iba a dar un respiro.

Juanki era un niño que escribía como un hombre, un muchacho devoto de Salinger que jugaba a fabular. Si aquellas elecciones no lo hubieran matado hoy estaría embromándonos con la invención de una amante rusa, un loro y una lámpara para leer de noche. Nos diría cualquier cosa y le creeríamos sus personajes de espanto, le creeríamos un dolor que era cierto.

Un amigo común me llamó una noche para decirme que Juanki había muerto, que se había suicidado en su cuarto de la universidad, fue un manotazo duro, un golpe helado, una noche en Madrid que sólo tiene preguntas y plegarias truncas.

Cuando le dieron la visa me alegré, si seguía en Cuba iba a tener más problemas, él no soportaba el sistema y el sistema no lo soportaba, Juanki partió al fin y todos los que le queríamos respiramos aliviados. Unos días antes preferí no publicarle un cuento en la revista Espacios, no se enojó conmigo, él ya tenía suficientes problemas y yo tenía los míos. Unos meses antes de marcharse ganó un premio literario en Vitral y en la misma revista le publicaron un libro de cuentos, al recibir los libros me dedicó un ejemplar, tenía una prosa que se dejaba querer, que auguraba una obra mayor, aunque la lectura de aquel primer libro, acaso el único, me dejó el sinsabor de un laberinto.

Aquellas elecciones no le perdonaron su abandono del acto ante el castrismo y los sicarios se esmeraron para que Juanki no tuviera descanso. Con sus ademanes de monaguillo bueno llegó y les dijo que no iba a votar, que se quitaba la máscara y ellos vieron que era un muchachón, que tenía la vida por delante y por eso le alargaron la muerte. Sólo hay una justicia que puede juzgar tanto mal, sólo una misericordia que puede perdonar. El domingo 21 de octubre se celebraron otras elecciones, otra mascarada que hizo vomitar a mucha gente cuando llegó a su casa. Dios permita que esa pesadilla termine, Dios nos ayude a todos.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

UN PERRO MEDIANO

Un perro mediano

Los niños siempre quieren un perro y yo quise uno. Los niños siempre prometen que lo cuidarán y mi hermano y yo lo prometimos. Los niños nunca cuidan del perro y los padres lo saben, pero nos permitieron aquella perrita medio amarilla; los adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.

Mis hijos también quieren un perro, todavía son pequeños y no es un deseo pujante; dentro de un tiempo nos abordarán en el desayuno y la cena, y antes de la bendición, en la noche, pedirán un perrito con voz quejumbrosa y yo no tendré voluntad para negarme por mucho tiempo.

Es inevitable que uno se vea reflejado en sus propios hijos y de algún modo vuelva a ser niño. La infancia es la luz de los hombres y cuando no lo es hay un dolor muy grande; hay días en que uno quiere volver a aquella casa y de puntillas asomarse otra vez a la ventana o al muro prohibido. Hay días en que el mundo se te viene encima y entonces recuerdas que alguna vez fuiste un niño y los mayores te cuidaban.

Mis hijos juegan, el varón ya comenzó la escuela y la pequeña corre, baila, yo los veo reír con risa pícara y me digo: Dios mío como crecen y el tiempo transcurrido te parece un instante y acaso es un instante. ¿Cómo cuidarlos Dios mío? ¿Cómo hacer que sean vidas felices las suyas? La madre se desvela, ella entiende la felicidad y el dolor de los niños mejor que yo, su comprensión profunda es un privilegio de la maternidad, una intuición que nos ha sido negada. Me deleito cuando ella los abraza, me embarga su risa y experimento por qué es sagrado el amor.

El niño me explica las ventajas de un perro mediano, sabe dar sus razones, es un diplomático risueño y convincente. No sé de dónde sacó lo del perro mediano y quiero mostrarme severo, sé que el asunto tiene cola y ladra. La niña viene en su ayuda, sin palabras maneja los mismos argumentos y al fin me dice: papá un perro mediano es chiquito, es bueno; entonces me río y ellos me abrazan y se ponen a hacer otra cosa y se olvidan del perro mediano.

Yo los miro en su juego y hay un momento en que estoy a su altura, en que el sol y las nubes están conmigo; siento que viene un carro y me levanto, corretean por el jardín y son muchachos sin noción del peligro. Pasa el carro y me quedo tranquilo. Yo sabía que los niños siempre quieren un perro, ahora sé que es mediano, que mediano es chiquito y bueno, lo adultos a veces comprenden la felicidad de un niño.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

 

JOCHIMÓN

Jochimón

Jochimón es feliz porque ya recibió el Social Security, pronto podrá trabajar, manejar… Llegó de Cuba hace apenas tres meses y lo que más extraña son los juegos de fútbol de la Liga Española y una novia políglota que ha dejado en la Habana.

Jochimón tiene veinte años, su candidez le hace decir cosas que me divierten, me suelta a cada rato que en la Isla también hay cosas buenas, es inteligente, el tiempo le hará comprender la magnitud de esas “bondades”, le hará desprenderse de los pocas consignas que aún ostenta. Al fin y al cabo, Jochimón confirma el apotegma de Enrisco: La Revolución en Cuba y el hombre nuevo en Miami.

Jochimón se pregunta: qué pasa con Pablito en Miami. Cuando él nació Pablito FG ya era Pablito, no es timbero porque el boom de la timba lo sorprendió en el Círculo Infantil; a Jochimón le tira más la onda hip hop y esos grupos de rock que le crecen al gobierno cubano como hongos.

Jochimón en Cuba no fue a ninguna Logia, a ninguna Iglesia, aquí tampoco va. Nunca le enseñaron a ciencia cierta quién era Estrada Palma, Jorge Mañach, Masferrer o Baquero. No presenció el velorio de Celia Manduley, ni el Mariel, ni alcanzó los muñequitos rusos, ni las recetas de Nitza Villapol, ni los chistes pesados de Enrique Arredondo. No han pasado diez años de mi partida y la Cuba de Jochimón y la mía se desconocen.

Jochimón quiere trabajar para comprarse un carro, pagarle a COMCAST por los juegos de fútbol de la Liga Española y reclamar a su novia políglota, aunque de refilón mire a la vecinita Hana Montana si pasa por su lado.

Jochimón encontró en internet un tutorial y ya prepara un resume que piensa mandar a Wal Mart, a la Vigilia Mambisa, a los Maceítos, a los Ñáñigos de Limonar y a cualquiera que le dé trabajo. Si Carlos Pérez Pregunta lo viera diría que es un oportunista, un “cubanito” propenso a estafar al Medicaid; yo no creo que Jochimón llegue a tanto, tampoco creo que sea un oportunista: es el “hombre nuevo” que llega a Miami.

La verdad es que su viejo lo trajo, lo esperó mucho tiempo y está contento de tenerlo a su lado, aunque a veces no sabe qué hacer con él. Yo, por mi parte, me empeño en explicarle cosas que no le interesan y debo reconocer que Jochimón me escucha con estoicismo. Es verdad que tiene algunas majaderías pero no es demasiado diferente a los muchachos de ahora; con todo me divierto con él, me inspira simpatía e intuyo bondad en las cosas que hace.

Jochimón llegó de Cuba hace apenas tres meses, su existencia me acerca a un mundo que todavía me inquieta, me enfrenta a las interrogantes de un futuro, que se hace presente y nos deja.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

SOLILOQUIO

Soliloquio

Qué será de la vida de Arsenio el chivatón… El otro día soñé que me encontraba con él, estaba en un parqueo en Hialeah cuando de pronto me saludó un sonriente Arsenio, aquello era una pesadilla y no un sueño.

Arsenio el trompeta colgó el uniforme del MININT y se fue en una balsa, en la cuadra nos quedamos locos, vino para Miami y aquí está. Nunca me he tropezado con él y me alegro, pero sé por los socios del barrio que vive en Miami y conociendo a Arsenio debe andar por ahí haciendo de las suyas porque el que chivatea tantos años no abandona el oficio.

A lo mejor es dueño de una agencia de viajes y envíos y el dinero que le mando a la vieja lo cuenta Arsenio, cualquiera sabe quién es quién en Miami. Si me lo encuentro, no le puedo meter ni una galleta porque llama al 911 y tengo que pagarle las vacaciones en Cancún. Si lo veo, a lo mejor lo invito a una frita y a una malta con leche para decirle: ¡Arsenio caray, qué chivatón tú eras mi hermano!, ¿te acuerdas de chevrolet del 52 que te compraste o le quitaste a alguien? Fui yo el que lo abollé, por los noches me subía a la azotea del 510 y le metía a tu almendrón del 52 una tanda de piedras y papas viejas y una pilas de radio que tenían el dibujo de un elefantico blanco, hasta que lo abollé y eso que todavía no habían apagones.

Sé que le va a costar comerse la frita porque él estaba enamorado de su carrito pero yo le diré: traga, toma malta y traga, que lo que nos jodiste daba pa’ abollarte la cabeza y diez carros.

En la Habana de los ochenta se respiraba socialismo eterno, había más de un Arsenio y la arrogancia verde olivo paseaba por las calles. Sabíamos que aquello no servía, pero no sabíamos nada más, yo me encaramaba en el tanque del agua del edificio para ver trabajar mis palomos al robo y la vista se me perdía en el mar. Si vinieran los yankis, si la bahía se llenara de barcos y la Habana de americanos rubios y grandes que le cayeran a patadas a Arsenio.

Creo que tuve mil veces ese sueño y dulces fueron los días de la primera guerra de Irak cuando Sadam perdía a regañadientes en el Granma y en el noticiero. Pero los yankis nunca invadieron y mi socio el Válvula no pudo estrenar una bandera americana que hizo con retazos, y tuvimos que seguir oyendo la cantaleta de los que regresaban del Servicio Militar hablando de la supremacía del armamento ruso, mientras la Unión Soviética se desmoronaba.

Cuando Kennedy embarcó a los cubanos en Girón yo no había nacido, de lo que viví en Cuba los viajes de la Comunidad es lo más parecido a una invasión. Fue en el 78 cuando los “gusanos” regresaron convertidos en “mariposas” con el éxito de la libertad a cuestas y dejaron la isla repleta de preguntas que todavía no tienen respuesta. Era un niño y recuerdo el olor de las maletas que traía mi abuelo, el sabor de los primeros chicles que probé y los relatos sobre su vida en un lugar distinto, donde podías comprar los juguetes en cualquier mes del año y tomarte un jugo de melocotón en el almuerzo.

Los cuentos del abuelo me dejaron una inquietante certeza: vivíamos en el lugar equivocado. Quizás Arsenio compartía en secreto esa certeza, por eso aquel afán de tener un carro y esa fuga en balsa que nos dejó atónitos. Él, aunque enfundado en su escafandra verde, conoció también el descontento que dejaron los viajeros del 78 y conoció el Mariel, la primera estampida de hombres nuevos que no querían ser como el Che.

La última invasión que ha llegado a la Isla es la de los pollos. Los pollos que se venden en Cuba son de Texas y han invadido los mercaditos en divisas. Los turistas románticos y los diputados izquierdistas que visitan la Isla comen pollos yanquis. A lo mejor la sopa que le dan al cadáver de Fidel es de un pollo grande de Ohio.

Los americanos no mandaron sus aviones en Bahía de Cochinos, ni los marines que esperé tanto tiempo, pero ahora mandan pollos grandes que viajan solos, que es mejor que mandar los marines a repartirlos. Seguro que en Cuba hay muchachos decepcionados por esta invasión de pollos pelados, muchachos que esperan ver la bahía cubierta por los barcos del Navy. Nadie lo va a decir, pero yo estoy seguro que muchos lo desean. Es mejor que no sueñen milagros.

El otro día fui a ver al abuelo, tiene el pelo muy blanco y ronda los noventa, no he podido contarle las cosas que pensé después de su viaje, me fui de Cuba en julio del 2000, veintidós años después de su visita. No imagina lo que significó en mi vida su corta estancia del 78, no sabe que es en buena medida el responsable de un anhelo de libertad que, desde entonces, me acompaña siempre.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.

 

 

 

 

EL TROMPETA

El trompeta

Cuando mis amigos comentaron su fantasía de ejecutar al chivatón Arsenio, pensé en su querida. Los corredores del subconsciente me llevaron hacia esa pobre mujer de repuesto. Ella amaba a Arsenio o al menos demostraba una conmovedora devoción por él. Nosotros bien sabíamos que el chivatón Arsenio no daba nada, una noche completa bajo el guao puede parecerte una caricia si conociste a Arsenio de uniforme; de civil era igualmente malo, pero intentaba parecer amable, su sonrisa socarrona siempre era presagio de tormenta. Cuando la broma aquella de los tenis tortolov él también se mandó una carcajada, acariciaba el asqueroso mocho de tabaco y se reía, antes del noticiero todos presos, a mí me soltaron esa misma noche por ser menor, los demás estuvieron dos días comiendo pan con mostaza y espaguetis al cebo. Daniel el gordo por tener antecedentes pasó 14 días con idéntica dieta. Estuvimos más de un mes sin hablarnos.

Argudín siempre dijo que matarlo no era suficiente, su muerte además debía ser lenta, alguien habló de una gotera de salfumán en los huevos o amarrarle un bistec y soltarle un doberman. En el quicio del 314 se celebraban estas reuniones, el ancho portón de antiguo palacete nos congregaba, la saturada atmósfera del solar nos protegía, si esas pesadas puertas pudieran contar lo que un día hablamos nos daría risa, de todas formas tantas maneras de matar a Arsenio no sirvieron de nada.

La querida a menudo pasaba por delante del piquete arrastrando la bolsa con los litros de leche o una jaba con boniatos. Su sayita de laster y las blusas ajadas delataban su pobre condición, siendo querida de Arsenio no podía aspirar a más, o sí, podía abandonarlo, cambiarle el yale a la puerta y no dejarlo entrar más a la casa. Claro; que el tipo es una hiena, la cosa seguramente no iba a quedar así. Definitivamente la defunción de Arsenio beneficiaría a todos, en especial a su querida. En el grupo nadie hablaba del tema pero entre todos compartíamos una secreta lástima por aquella mujer joven aún. Los sábados salían todos juntos: ella, las cabezonas criaturas de Arsenio -hijos de su esposa oficial – y el trompetón. Nadie aflojó los clanes del antiguo Chevrolet por los niños y ella, pero en las noches un aluvión de piedras y baterías de radio se estrellaban en su carrocería. Al ver pasar a esta mujer alguna vez tuve la intención de hablarle, pero Daniel el gordo me aconsejó no hacerlo “ella es buena gente, pero nunca se sabe y cuando está con él es por algo”. Él también la quería, era la única persona a quien no le haría daño, se rumoraba que a su esposa oficial la había echado pa’ lante por culpa de un cuñado, la mujer se metió en tremendo lío y por poco va presa, nunca supo que Arsenio era el culpable o prefería fingir que no sabía.

Argudín insistía sobre la muerte lenta, encerrarlo en la cisterna del caserón del chino loco es su última idea. La cisterna es muy grande porque el negocio de los chinos era un tren de lavado. Los chinos ya se han muerto, sólo queda el loco y está encerrado en uno de los cuartos al final de la casa. La cisterna se cierra con una barra de hierro y un candado, se le echa encima medio camión de escombros, nadie escuchará nada.

Hasta el mismo Argudín se echó a reír al saber que tanto inventar la muerte del chivatón Arsenio no sirvió de nada. Al final del verano la querida andaba más desgreñada que de costumbre, un inmenso pesar se volcaba en sus ojos, Argudín lo notó, era el genio del grupo, tenía un don para ver las cosas con anticipación.

Arsenio vendió el carro, nos quedamos sin tiro al blanco y Argudín repetía que había gato encerrado. En la antesala del misterio comenzaron las especulaciones, Daniel el gordo sostenía la hipótesis de que la hiena se convertiría en trabajador por cuenta propia y ay de aquel infeliz que le vendiera insumos de dudosa procedencia. Algunos más ingenuos suponían precariedad económica o una posible boda con su querida. Argudín se mantenía al margen de las suposiciones, “de este tipo se puede esperar cualquier cosa pero ninguna buena, hay que estar preparados”.

De la casa de Arsenio discretamente se sacaban paquetes, le donó al comité militar las obras completas del camarada Kim Il Sung, saludaba a la gente con benevolencia y nosotros que bien lo conocíamos llegamos a afirmar que andaba distraído. El rumor más vibrante en el barrio recreaba la idea de una misión internacionalista como maestro o algo así, pero Arsenio malamente llegaba a un sexto grado de ahora y si era dudosa su capacidad de enseñar más lo era la de aprender. A pesar del esfuerzo de Argudín por desmentir aquel rumor la hipotética misión se hizo vox populi. Argudín no tragaba “este es un camaleón, algo está componiendo, el problema es qué”.

La querida, por lo desencajado de su rostro, me hacía dudar de todas las variantes, ni Argudín con su olfato de cazador se acercaba a la presa.

Además de sentarnos a sentenciar a Arsenio y consumir alcohol de policlínico con extractos diversos, escuchar FM era otra distracción, en el piquete la música en inglés tenía muchos adeptos. Transcurrían las horas entre chillidos de heavy metal y la ondulante paciencia del reggae. Un radio Selena nos permitía asomarnos al exterior y en esos días, con la ausencia de Arsenio, podíamos hacerlo sin tener que ocultarnos.

Arsenio andaba perdido del barrio, ya nadie reparaba en nuestra música, ni en el trapicheo de los negociantes, con el trago y la música estábamos contentos. Se descolgaba lentamente la noche y la ansiedad de los estómagos no permitía más dominó, ni alcohol, ni onda corta. Llegó Argudín corriendo, su papá le había mandado un aviso, le saludaría por “Puente Familiar” esa noche. Mandamos a callar a los muchachos que andaban correteando en el solar, la radio estaba prendida. Al rato comenzaron los recados y el viejo de Argudín fue el segundo en hablar. Mientras abrazábamos a Argudín el gordo metió un grito, se hizo silencio, el gordo no era trágico, subió el volumen y le dimos oreja al último recado que nos costaba trabajo creer.

Era Arsenio saludando a su esposa y a los cabezoncitos, de la estupefacción pasamos al berrinche y de éste a la risa. Hubo un clamor, un grito en el solar, la calle se llenó de vecinos, nadie podía creerlo y hubo alguno que hasta nos desmintió. ¿Cómo que no se fue compadre? ¿Tú no estás oyendo que habló por Radio Martí ahora mismo? le gritaba Argudín a un incrédulo. Entonces la querida salió de su casa y se acercó a la puerta del 314 “lo que ustedes oyeron es verdad, se fue para Miami”. Nadie le respondió, nos quedamos mirándola hasta que abrió la puerta de su accesoria y con un gesto de cansancio entró. El gordo se sacudió la nariz “caramba, este chisme me dio alergia”. Argudín sonrió “yo sabía que había gato encerrado, la hizo buena el cabrón”. “Sí, la hizo buena” pensé mientras recogía el transformador del Selena, entonces nos dimos cuenta que ya era tarde y cada uno se fue a su casa a comer.

 

El bronce vale y otras crónicas. Editorial Silueta 2011.