LAS MEMORIAS DEL PADRE CHABEBE

Las memorias del Padre Chabebe

Dios me hizo cura es la más reciente entrega de la Editorial Silueta, un libro que reúne las memorias del sacerdote católico Jorge Bez Chabebe, hijo de inmigrantes libaneses que fue ordenado sacerdote en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba por Mons. Enrique Pérez Serantes el 26 de marzo de 1950. En este libro el P. Chabebe nos relata su camino hacia Dios, meta de su existencia. Lo hace con una prosa limpia, sencilla, que fluye en armonía con la sinceridad del testimonio. Este caminar hacia Dios es la columna vertebral de un relato que, en medio de tanta frivolidad y hedonismo, nos invita a preguntarnos por el sentido de nuestras vidas.

Publicar este testimonio es una apuesta un tanto arriesgada para un proyecto aconfesional como la Editorial Silueta, porque las memorias del P. Chabebe constituyen un desafío al cada día más abarcador discurso de lo políticamente correcto, intolerante en nombre de la tolerancia, inhumano en nombre de un supuesto humanismo.

No es, en modo alguno, un libro exclusivo para católicos porque los asideros morales del P. Chabebe son comunes a cualquier persona; pueden, por tanto, servirnos de referencia aún al margen de nuestras creencias. Aunque conviene precisar que no es un catolicismo avergonzado el del Padre, sus memorias confluyen con lo mejor del cristianismo. En este sentido es oportuno recordar estas palabras del escritor Rodolfo Martínez Sotomayor durante la presentación de Dios me hizo cura: “Las naciones guardan una reserva moral que sale a la luz en los períodos más oscuros, y así ha sido a través de toda la historia de la humanidad. La religión es parte fundamental de la cultura de un pueblo y el cristianismo es uno de los ejes centrales que sostiene la civilización occidental.” Me atrevo a agregar que el olvido y el menosprecio de este pilar de nuestra civilización nos empujan a la decadencia, expresada en el denominador común de un ateísmo práctico, donde lo material se convierte en la norma del éxito para la existencia humana.

Estas memorias del P. Chabebe también constituyen una valiosa contribución a nuestra historia reciente. Su alegato, como testigo de numerosos crímenes e injusticias cometidos en los albores de la Revolución Cubana, resultará valioso para la necesaria reivindicación de las víctimas. Se echa de menos, sin embargo, una valoración más precisa de la situación del catolicismo cubano de la época y del papel de la Iglesia ante esos cruciales acontecimientos; así como una aproximación más minuciosa a la vida de Mons. Riu Anglés y Mons. Pérez Serantes, personalidades del episcopado cubano de entonces, de las cuales el P. Chabebe fue un cercano colaborador.

Muy valiosas resultan, para una mejor comprensión de los avatares de nuestra nación en diáspora, las experiencias de este sacerdote como miembro prominente de un exilio que ha dejado honda huella en el país que lo acogió. Estas memorias nos cuentan, desde la singular perspectiva de un clérigo, el desafío de una comunidad que debió sobrevivir en tierra extraña, intentando echar raíces en la tierra de acogida sin perder su identidad, con las inevitables tensiones que esto ocasionó no sólo en la sociedad del momento en Miami sino también en la Iglesia local.

Hay en este libro cierto aliento épico, que nos recuerda que el cristianismo es una aventura, la gran aventura de quien lo asume como fe de vida. Esto es algo que los creyentes a veces olvidamos en la grisura de lo cotidiano, pero que se recupera con la lectura de estas memorias que nos invitan a romper nuestros actuales esquemas de ramplona comodidad.

El P. Chabebe ha perseverado en su sacerdocio y ha superado con valor, serenidad y sentido común muchas tentaciones. Parafraseando al Evangelio pudiéramos afirmar que ha puesto la mano en el arado y no ha vuelo la vista atrás, no lo ha hecho porque tenga una comprensión estrecha de la obediencia o un estoicismo carente de amor, de estas páginas se desprende que el P. Chabebe ha sido fiel porque ha procurado amar a Cristo en cada hombre y mujer a su paso, porque ha comprendido que la ruptura de su compromiso sería, en primera instancia, ir contra sí mismo.

Quizás ahí radique el secreto encanto de esta obra, escrita con sencillez, editada con ternura, pero sin renunciar al trazo firme de lo verdadero, un atrevido proyecto de la Editorial Silueta, una obra poco común en el entorno editorial cubano.

Revista Conexos 2014

 

SOBRE UNA HISTORIA DE LOS BACARDĺ

Sobre una historia de los Bacardí

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” es un libro que no puede tener otro título, porque no es el éxito, el poder o la riqueza el centro de su historia, sino Cuba, esa tierra que sigue inquietando el corazón de los exiliados. Esta historia de la familia Bacardí, narrada por el periodista norteamericano Tom Gjelten, arroja nuevas luces sobre nuestra historia y es, por su singularidad y rigor, una obra que conviene leer. No debe asustarnos el grosor del volumen porque está escrito con una prosa que resulta de fácil lectura, contiene además un índice de nombres y una abundante bibliografía.

Quienes nos educamos en los maniqueos criterios del marxismo descubrimos en esta obra una perspectiva de las guerras de independencia y la posterior intervención norteamericana que nos introduce en la complejidad de esos acontecimientos, prescindiendo de la engañosa certeza que suele acompañar a las historias oficiales. En lo referente a la lucha por la independencia de Cuba el libro rescata, con la sobriedad narrativa que caracteriza a la prensa anglosajona, la épica de este conflicto, recordándonos el compromiso libertario de una élite criolla que no escatimó sacrificios en su lucha de claro propósito fundacional, una verdad que el totalitarismo ha logrado soslayar separando a nuestros próceres de sus orígenes, su historia personal y su contexto, único modo de presentar a los aventureros del yate Granma como una consecuencia del Grito de Independencia en La Demajagua.

De singular importancia resulta el relato de la intervención norteamericana, mostrándonos las percepciones de ambos bandos. La relación de amistad -no exenta de conflictos- que se estableció entre el alcalde Emilio Bacardí y el general Leonard Wood nos ayuda a comprender las discrepancias, los intereses y los sentimientos que prevalecieron en esta etapa.

La historia de los Bacardí refleja, en gran medida, los aciertos y los errores de nuestra joven nación. No se eluden en esta obra las responsabilidades de una élite que era el motor del país; en este libro tenemos un poderoso documento que contradice la versión oficial de que la Revolución de 1959 la llevaron a cabo las clases más humildes, es muy probable que nunca antes en la historia de la humanidad un proyecto de regeneración política contara con tan gran apoyo de las clases medias y altas, en particular con el apoyo de un empresariado que estaba dispuesto a perder importantes beneficios en aras del bien común.

Si algo me ha desconcertado en este libro, que en términos generales es sumamente valioso, es que Tom Gjelten termina repitiendo algunos de los tópicos que han sido el plato fuerte de la propaganda totalitaria sobre la etapa republicana, fundamentalmente en la importancia que confiere a los vínculos de los gobiernos auténticos y el régimen de Batista con el crimen organizado de la costa este de los Estados Unidos de América. No obstante, esta objeción no oscurece la totalidad de una obra que nos alecciona en cuestiones que fueron en más de un aspecto paradigmáticas, como la relación de la empresa Bacardí con sus empleados, los sindicatos, la comunidad y la cultura. Una obra que además, contribuye a desmontar esa distorsionada visión sobre la empresa privada que la propaganda totalitaria ha sembrado en la conciencia de varias generaciones de cubanos.

La historia de los Bacardí nos ilustra sobre los esfuerzos realizados desde el Exilio para conseguir el derrocamiento de Fidel Castro y el desmantelamiento de su régimen, una gesta poco conocida a pesar de que no fueron pocos los exiliados que ofrecieron sus vidas para lograr la libertad de Cuba. En la familia Bacardí la figura más representativa de estos esfuerzos es, sin lugar a dudas, Pepín Bosch, personalidad que amerita un minucioso estudio biográfico.

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” también nos ayuda a comprender el relevante papel de esta diáspora en la conservación de nuestros valores nacionales y contribuye, de un modo significativo, a una futura valoración de los aportes que han protagonizado los empresarios, profesionales e intelectuales cubanos al desarrollo de los Estados Unidos y América Latina, siendo este aporte al desarrollo una de las consecuencias menos estudiadas de la implantación del totalitarismo en Cuba, en mi opinión el único bien tangible de la Revolución Cubana, su única y accidental contribución al mejoramiento humano.

Mucho más se pudiera decir de este libro, pero resulta imposible de agotar en una reseña un volumen de casi quinientas páginas, eso sí, no dejen de leerlo, porque es mucho lo que podemos aprender de él, recuerden lo que dijo Cicerón y antes Aristóteles: “Las naciones que desconocen su historia están condenadas a repetirla”. Esta advertencia tiene para nosotros más urgencia que nunca.

 

Revista Conexos, Abril 24 de 2016.

 

LA BIOGRAFĺA DE MONSEÑOR ROMÁN

La biografía de Monseñor Román

Cuando supe que el periodista Daniel Shoer Roth estaba encargado de escribir la biografía de Mons. Agustín Román no abrigué duda alguna de que el resultado de dicha encomienda combinaría el rigor y la fluidez que caracterizan el quehacer periodístico de Daniel. Al concluir la lectura de este libro debo decir que mis expectativas han sido superadas.

El relato de la vida de Mons. Román logrado por esta obra no se pierde en excesivas anécdotas, ni en citas de documentos o en abusivas descripciones de unos acontecimientos históricos que pueden lastrar el ritmo del relato biográfico. El biógrafo ha sabido discernir lo esencial entre el inmenso volumen de información que tenía a mano y lograr de este modo una síntesis que no nos priva de la emoción de conocer íntimamente al biografiado, brindándonos la posibilidad de comprender la magnitud de su personalidad.

Gracias a este libro, podemos entender cuánto influyó en la vida de Agustín Román su familia campesina, que se distinguía por la riqueza afectiva de sus integrantes. En este ambiente familiar, caracterizado por la fraternidad y la pobreza, se formará la tenacidad de su carácter y esa natural sencillez que adornó su grandeza de espíritu. Por el testimonio de sus familiares, sabemos que Román, desde muy temprana edad, mostró una especial relación con Dios. En el seno de su familia se integrarán los cimientos de una fe vivida con sencillez y el primer conocimiento de la patria. Estos dos elementos, profundamente imbricados, se harán fuertes y permanecerán como una constante en su prolongada existencia.

El ideario cívico de Mons. Román constituye un valioso aporte para la restauración de la democracia en Cuba, su compromiso con la libertad y la defensa de los derechos humanos fueron una constante en su vida. Su pensamiento político se caracteriza por estar referido, en todo momento, al Magisterio de la Iglesia. Para Agustín Román el centro de su vida fue el sacerdocio, expresión suprema de su compromiso con Dios y con la Patria. Es esta centralidad en Jesucristo del sacerdote patriota lo que mejor define la analogía con el Padre Félix Varela que se propone en esta obra.

La biografía que nos ocupa es también la historia de una Iglesia que había dejado atrás el fantasma del Patronato Regio y comenzaba a realizar un proceso evangelizador en sintonía con las aspiraciones de la joven nación cubana; es, del mismo modo, la crónica de la implantación de la ideología comunista, de la persecución religiosa, del exilio forzoso. El futuro contará con esta valiosa fuente de consulta que narra las peripecias de una comunidad de exiliados esforzándose para sobrevivir e integrarse en los Estados Unidos de América sin perder los valores propios. Monseñor jugó un rol fundamental en la conservación de esos valores, su visión como fundador de la Ermita de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre y su trabajo como animador de numerosas iniciativas pastorales y cívicas contribuyó de un modo notable a la preservación de los mismos. La vida del obispo Román es una privilegiada exposición del aporte de los católicos cubanos a la consistencia espiritual y moral del Exilio.

En este valioso libro se exponen con claridad los ejes de un modelo de vida orientado por el bien y hacia el bien en un grado heroico. Un modelo de vida que preserva y reivindica esa verdad que de un modo magistral enunciaría el poeta Rabindranath Tagore: “Dormía, y soñaba que la vida era alegría. Desperté, y vi que la vida era servicio. Serví, y vi que el servicio era alegría.” La búsqueda del bien común y la voluntad de servir resplandecen en la vida de Mons. Román como expresión de la voluntad de Dios. No lo dijo nunca el joven sacerdote, ni el anciano obispo, su exquisita humildad no le habría permitido ni siquiera pensarlo, pero estamos ante un hombre que como el Apóstol Pablo bien pudo haber dicho: Sed mis imitadores, como lo soy de Cristo.

Mons. Román, ese hombre que nunca parecía tener prisa, nos cuestiona como personas y comunidad, como cristianos e Iglesia. Nos propone un modelo de familia que ha sido combatido por los regímenes comunistas y maltratado por la sociedad de consumo; los primeros en su voluntad de controlar la vida de las personas aún en sus aspectos más íntimos, los segundos en su afán de conseguir un tipo de persona que confunda el ser con el tener, convirtiéndose en un esclavo de las apariencias y en un consumidor perfecto. Mons. Román, desde las páginas de estlibro, nos invita a cuestionarnos el tipo de familia, de sociedad y de Iglesia que estamos construyendo, una realidad con muy poco espacio para la acogida y la espiritualidad.

Estamos ante una obra que nos habla de un estilo sacerdotal que evita el acomodamiento y de un cristianismo que sale al encuentro del prójimo, efectuando el milagro de tener tiempo para escuchar, para acompañar, para servir. Estas actitudes nos hacen reconocer en Agustín Román al líder espiritual que fue, al mediador que traía paz a los conflictos porque había paz en su corazón, al profeta que denunciaba las injusticias de cualquier lugar con la certeza que de las cosas pueden cambiar. Su vida nos deja un sentimiento de añoranza por Dios y una inquietud por el bien que estamos llamados a realizar.

Esta biografía, escrita con devoción y excelencia por Daniel Shoer Roth, no se agota en una primera lectura, los aspectos que en ella se abordan nos invitan a realizar un análisis más detallado y profundo de los mismos. Yo estaré satisfecho si se cumple el objetivo de mi reseña, motivarlos a no perderse este edificante paseo por la vida de Mons. Agustín Román, un hombre que nunca parecía tener prisa y sin embargo, le alcanzó el tiempo para ser Pastor, Profeta y Patriarca entre sus hermanos.

Revista Conexos, Miami 2015

GERMÁN MIRET Y EL ACTA DE LOS MÁRTIRES

Germán Miret y el Acta de los mártires

En la Catedral de La Habana hace ya muchos años encontré una cuidada edición en papel biblia del “Acta de los mártires”. Aquel libro, que comenzaba con el relato de la lapidación del diácono Esteban, fue un gran descubrimiento para mi curiosidad de neófito, los acontecimientos que en él se narraban me revelaban un tipo de heroicidad, que en aquel entonces, yo desconocía. Era a la vez una advertencia del riesgo, siempre latente, que supone la adhesión al cristianismo.

“Mártires de la Iglesia en Cuba”, ese libro que ha escrito Germán Miret, me ha dejado con la misma impresión de aquella primera lectura del “Acta de los mártires”. Y es que hay libros que edifican e inquietan a la vez, esto consigue el autor con esa colección de semblanzas escritas con un lenguaje austero, que prescinde de cualquier intento de lirismo. La vitalidad de lo que aquí se cuenta puede relegar los adornos, la sobria narración de estas vidas es suficiente para recordarnos la consistencia ética y la fe recia de una generación de laicos católicos cubanos.

Después de leer estas “actas” se hace evidente que la motivación de estos hombres y mujeres en su lucha por la libertad era profundamente cristiana. Sería un grave error presentarlos sólo como patriotas, despojándolos de la fe que le dio sentido a sus vidas.
Así, en estas páginas descubrimos la historia de unos novios que desafiaron el cerco del G-2 para casarse ante un ministro de la Iglesia, que conmovido rehusó aceptar la limosna que le ofrecían, porque esa era “la unión más pura” que había presenciado en su larga vida de sacerdote. Este matrimonio católico moriría pocos días después en un enfrentamiento con la policía política.

Descubrimos que hubo pilotos de combate en Playa Girón, que al saber que su avión no podría aterrizar, dedicaron los últimos minutos de su vida al sacramento de la reconciliación y con gran serenidad confesaron sus pecados al capellán militar por la radio del avión.

Descubrimos el testamento espiritual del joven agrónomo Rogelio González Corzo, cuya mayor angustia ante la muerte inminente se evidencia en este párrafo que no puedo dejar de citar:
“Padres, hermanos, sólo tengo una terrible preocupación, pero confío que siendo mi última voluntad esta preocupación deje de serlo y se convierta en una gran alegría, ella es la vida espiritual, la vida religiosa de ustedes. Saben que siempre mi preocupación fue la Religión Católica y tratar de hacer la voluntad de Dios; en estos momentos estoy seguro que la estoy cumpliendo y quiero que esta muerte mía, de la cual deben sentirse orgullosos, sirva para que ustedes papá y mamá, me hagan la promesa de ir a misa todos los domingos y de confesar y comulgar los dos y después hacerlo regularmente”.
Recomendaciones parecidas deja González Corzo para el resto de su familia y resulta muy difícil no conmoverse ante tal testimonio. De este modo, semblanza tras semblanza, aparecen ante nosotros los nombres propios de unos hombres y mujeres que los católicos cubanos tenemos el deber de conocer.

Quiero agradecer a Germán por este libro, difícil será la paz si no restauramos la verdad, si no rehabilitamos a las víctimas, si no apreciamos en su justo valor la sangre de estos mártires de la fe y de la patria. Mucho nos queda por andar en el camino de la libertad, este libro nos ayuda en ese camino, yo lo he leído con admiración y respeto, los invito a que ustedes hagan lo mismo, les aseguro que es alimento para el espíritu, claridad para el futuro de Cuba, para el cambio profundo que la nación necesita.

UNA NOVELA DE ELVIRA DE LAS CASAS

Sobre “Doce mensajes a Hércules” una novela de Elvira de las Casas

Me leí de un tirón la más reciente entrega de la Editorial Silueta, una novela titulada “Doce mensajes a Hércules” de la escritora cubana Elvira de las Casas.  Durante su lectura me parecía que alguna vez estuve en Hormiguero del Campo, que me atendió del sarampión el Dr. Mendoza o me curó el mal de ojo  la Sra. Leonor, esposa del funerario.  Del mismo modo, sentí el gusto de pelear a las órdenes del comandante alzado  Manuel Cabargas y me he sentido orgulloso de la gente que dibuja con trazo firme la autora.  Al terminar de leer el libro y escribir estas líneas me ha costado cumplir con el precepto, en la niñez aprendido, de que los hombres no lloran o no deben llorar.

Elvira de las Casas nos regala una novela llena de vida y nos acerca a un doloroso pasado, aún reciente,  que la historia oficial ha falsificado sin el menor pudor. Esta novela nos cuenta la resistencia de un pueblo a ese proyecto de envilecimiento colectivo que conocemos como Revolución cubana. Uno de los valores de este relato radica en la verosimilitud  de su épica,  en el parto de unos personajes que nos contagian su ética y sus valores desde lo cotidiano de sus vidas, sin aspaviento literario, ni panfleto alguno.

En la novela “Doce mensajes a Hércules”  se reivindica a las víctimas del Escambray, aquellos hombres y mujeres que se rebelaron al castro comunismo asumiendo la lucha armada con el apoyo de sus familiares y amigos. Un esfuerzo bélico que fue derrotado en una lucha desigual, donde no hubo escrúpulos en los métodos empleados por los vencedores, ni piedad con los vencidos. Es esta, sin lugar a dudas, una de las páginas más oscuras y dramáticas de nuestra historia, una etapa que quizás por su cercanía no había trascendido a nuestra literatura con el peso debido.

Esta reivindicación literaria de los héroes poco conocidos y en gran medida anónimos del Escambray consuma los esfuerzos de tantísimos cubanos  que han atesorado durante décadas los testimonios de su lucha con la esperanza, a veces incierta, de que un día serán  escuchados.

Más allá de la justicia que se pueda conseguir en los tribunales de una Cuba democrática existe la necesidad imperiosa de poner las cosas en su sitio: los hombres y mujeres que se alzaron contra la tiranía en el Escambray y otras regiones del país no eran bandidos. Lucharon, la mayoría de ellos, por un ideal de justicia y unos valores que aún permanecen secuestrados por los que gobiernan en Cuba.

Más temprano que tarde, esta novela se leerá libremente en nuestra Patria. Como arte verdadero contribuirá al mejoramiento humano. “La verdad nos hará libres” dice el Evangelio  y también la bondad y la belleza, todo eso permanece en la novela titulada “Doce mensajes a Hércules”.

Miami 2012

 

LA CRUZ DE BRONCE

La cruz de bronce es la segunda novela de Elvira de las Casas que publica la Editorial Silueta, la he leído con el mismo gusto con que leí la primera. Ese es uno de los denominadores comunes de la narrativa de Elvira, se lee con gusto, lo que es de agradecer en el ámbito de la literatura cubana actual.

La cruz de bronce mantiene el mismo nivel de calidad literaria que Doce mensajes a Hércules, su predecesora, evidenciando un modo de narrar que ya es estilo. A diferencia de su primera novela, esta segunda obra plantea una estructura más compleja; la autora se ha propuesto jugar con la máquina del tiempo y en esas idas y venidas por la intrahistoria consigue la verosimilitud necesaria para unos personajes que viven en contextos y épocas muy diferentes.

Un libro con este grado de coherencia no se escribe con facilidad, el resultado que ahora podemos apreciar  es sinónimo de un talento que ha dedicado cuantiosas horas al oficio de escribir. Mucho ha debido investigar la autora para traer hasta nuestro tiempo La cruz de bronce,  un relato que nos lleva con gentileza a los antiguos conventos y aldeas de Castilla o nos hace pasear por las ciudades de Cuba cuando las calamidades de la Guerra de Independencia no consiguieron  privarlas de todo su esplendor y decencia.

Es de agradecer que el discurso narrativo aproveche a cabalidad aspectos como la religión y la sexualidad sin caer en la tentación de repetir los lugares comunes de lo vulgar, lo grotesco  o lo “políticamente correcto”, extremos casi inevitables en una buena parte de la literatura de nuestros días. Con el pretexto de una cruz, que acompaña a las protagonistas de esta historia por diferentes épocas y lugares, este libro nos cuenta, en gran medida, la historia de todas las mujeres del mundo, que es, en cualquier caso, una historia de lucha por la supervivencia  en un mundo regentado por hombres. Las heroínas de La cruz de bronce sobreviven con uñas y dientes, con pasión o zalamería, con un acto de resistencia o entrega, pero no sacrifican su feminidad; descubren, de un modo u otro, que su fragilidad es su fortaleza, y mujeres al fin, no renuncian a la maternal oportunidad de aleccionarnos, y a su manera decirnos, que nadie puede vivir con tanta fuerza como una mujer, que nadie tiene un conocimiento de la vida tan profundo.

La literatura de Elvira consigue esa justicia poética que refleja la justicia de Dios y se adelanta a la justicia de los hombres, un valioso elemento que se hace presente en Doce mensajes a Hércules y se repite en este nuevo libro;  el tratamiento a la figura de Valeriano Weyler, quien queda condenado al ridículo en estas páginas, es el mejor ejemplo de ese acierto.

Es de agradecer también que el recorrido de esa cruz nos contagie el orgullo de nuestro origen y cierta nostalgia de futuridad. Ahora sólo me queda felicitar a la autora y esperar la próxima entrega; mientras tanto, los exhorto a leer La cruz de bronce, esta nueva novela de la escritora Elvira de las Casas, la más reciente propuesta de la Editorial Silueta.

 

COMO UN MANANTIAL

Como un manantial

(Un comentario sobre el libro “Una palabra más fuerte” que reúne los escritos de Mons. Agustín Román)

El periodista Julio Estorino ha compilado los escritos de Mons. Agustín Román. “Una palabra más fuerte” es el título de esta obra que recoge una parte significativa de la obra escrita por este santo obispo. El autor nos confiesa que el orden cronológico de los escritos se debió a la imposibilidad de ordenarlos por temas específicos,   no hay modo de separar el amor a Cuba y el amor a la Iglesia en los textos de Mons. Román.

“Una palabra más  fuerte”,  publicado bajo el sello de Ediciones Universal, constituye un regalo para los fieles de la Arquidiócesis de Miami y muy en particular para los cubanos. La vida de Mons. Román ha dejado honda huella en esta comunidad, pero es poco conocida para los cubanos que habitan en la Isla. Creo que el primer acierto de este libro es que permitirá a nuestros compatriotas más jóvenes asomarse a los desvelos de este santo obispo por el bien de los cubanos en cualquier parte del mundo.

Los que lean estas páginas  comprenderán que el corazón de Mons. Román nunca se fue de Cuba, que sus manos trabajaron con ahínco por la reconciliación, que su vida convidaba a la virtud porque él procuró   una vida virtuosa, cultivada en la excelencia del espíritu. Los que lean con atención este libro descubrirán que este hombre no perdió nunca a Cristo de vista porque veía al Señor en el rostro sufriente de sus hermanos y estaba listo a compartir la cruz.  Este era el talante del sacerdote que confortó a las víctimas del castrismo en todas las épocas, del obispo que defendió los derechos del preso común que llegó por el Mariel en una sucia jugada del tirano, del párroco que acogió a los balseros y al “sin papeles” de cualquier nación.

Los escritos de Mons. Román reflejan su vocación por la justicia,  un compromiso sostenido en la contemplación de la Verdad y en la práctica de la misericordia, por eso no es posible encasillar su pensamiento en los  intereses particulares de grupo alguno.  Su voz profética nos pone en la presencia de una Verdad que nos cuestiona a todos por igual, que nos incita a ser  personas auténticas y a ejercitar esa fraternidad que tanto necesitamos. Monseñor creía posible la unidad en el amor a Cuba, sin renunciar a la diversidad que es innata a cualquier grupo humano.

No tuve la dicha de ser amigo de amigo de Mons. Román, no coincidimos en el tiempo y en las experiencias comunes que hermanan a los hombres; esto no evitaba que su estampa me resultara familiar y que en mis visitas a la Ermita de la Caridad, al escuchar su prédica, saliera esperanzado; era un hombre de Dios y Dios habla con meridiana claridad a través de los hombres como Agustín Román.

Pocos días antes de su muerte bendijo a mis hijos. Mi esposa, que tiene una fe infinitamente mayor que la mía, no quiso que nos fuéramos de la Ermita sin que Mons. Román bendijera a nuestra familia. Ese día lo tengo grabado de forma indeleble en mi memoria.

Quiero terminar este comentario agradeciendo al periodista Julio Estorino por este regalo, no siempre he coincidido con sus juicios pero respeto su rigor,  admiro su prosa, su raigal cubanía y su amor a la Iglesia. Guardaré este tesoro que Estorino me ha dado, este libro, de cuidada edición, que es como un manantial.

Les recomiendo a todos su lectura y de un modo especial  a los compatriotas más jóvenes, dondequiera que vivan; ellos tienen en sus manos nuevas el futuro de la Iglesia y de la Patria,  dos amores, que como bien dice el editor de este libro, son  imposibles de separar en la vida y en la obra de Mons. Agustín Román,  santo obispo, pastor perseverante en el largo exilio.

 

Miami, 2012