AIDITA Y EL CHE

Aidita y el Che

Aidita siempre me decía que el Che era un asesino, yo iba hasta su casa en la calle Espada para pelarme porque en la Habana hubo un momento que no había barberos y a Lope el Palomero, mi barbero de siempre, le había dado un infarto.

El Che Guevara le mató el primer novio a Aidita, está de más decir que no podía ver al “guerrillero heroico” ni en pintura. Afortunadamente, Aidita estuvo varios años sin visitar mi casa, así no pudo ver cuando quitaron el Sagrado Corazón de Jesús y pusieron un afiche del Che. Yo me di el gusto de botar aquella foto años más tarde, de colocar otro Corazón de Jesús en la sala, aunque este no era tan lindo como el otro, que se deshizo de viejo en la humedad de un armario.

Aunque a Aidita la gente no le hacía mucho caso, yo le creía. ¿Para qué iba a inventarse aquella historia? ¿Para qué iba a contármela? Rodeada por sus gatos, mientras me daba los cortes en la patilla con una navaja, hablaba a veces de su primer amor, con ira todavía y desconsuelo. El difunto Bobby era chofer de un patrullero, lo fusilaron en los primeros días, sin el debido proceso, como a todos. Puede que Bobby cometiera algún crimen, puede que no. El Che fusiló a muchos que eran inocentes y a otros cuyo único delito fue rebelarse ante el nuevo orden que se avecinaba, son crímenes que están documentados por instituciones y libros, son crímenes a los que nadie hace caso.

A veces me pregunto qué haremos con la estatua del Che cuando se caiga aquello, en Rusia hay estatuas que nadie quiere, pero al estar protegidas por las leyes que amparan a los monumentos no se pueden destruir; puedes comprar una cabeza gigante de Lenin y ponerla en tu patio, pero está prohibido convertirla en relleno para una cancha de tenis, lo mejor del comunismo son las herencias que deja. Aidita me confesó lo que haría con la estatua del Che que está en Santa Clara, la fundiría para hacer un tibor, estoy seguro que al tibor de Aidita no le faltarían usuarios, yo el primero.

Lo más grave de cualquier porvenir no es el destino de las estatuas candidatas a tibor o a gravilla, sino el olvido que confina a las víctimas. El olvido agravado en el tiempo, que las va relegando con fortuna a algún párrafo compartido con sus victimarios. No es ese el olvido que ayuda a sanar las heridas, es la arrogancia de pensar que el presente lo realizan sólo los vivos.

Aidita sigue en Cuba, nunca fue cederista, ni de la FMC, jugaba a la bolita, ponía La Voz de las Américas y Radio Martí a todo volumen, no tenía miedo de meterle un escándalo a la del Comité. Desde siempre ha vivido de sus oficios: costurera, barbera, zapatera; siempre al margen de la ley, siempre en Cayo Hueso, en la misma cuadra y en la misma casa. Dos de sus hijos están en Miami, pero en la Oficina de Intereses no le dan la visa para venir de visita. Ella me ha dicho que no se va a quedar y en esta ocasión también le creo, como muchos cubanos va esperar en Cuba su oportunidad. Sus hijos la quieren aquí, pero yo comprendo que no se quiera ir, ella ha esperado durante mucho tiempo para ver el final.

Yo, como Aidita, también creo que aquella dictadura un día ha de terminar terminar, ayer mataron a Zapata Tamayo, mañana matarán a alguno más, pero al cabo de 51 años todavía hay gente que no se resigna a huir, gente que lleva años soñando con derretir la estatua de Ernesto “Che” Guevara, para acabar con la maldad y sus símbolos, para vivir en paz.

Sĺ, QUE LA CARIDAD NOS UNA

Sí, que la Caridad nos una
2 de Septiempre de 2010

El pasado lunes 23 de Agosto en la edición digital del Nuevo Herald se preguntaba a los lectores si la Festividades de Nuestra Señora de la Caridad del Cobre provocarían un cambio en Cuba. A esta pregunta solo se podía responder con un Sí o un No; es por eso que me decidí a responderla de otro modo.

Si la pregunta del Herald se refiere exclusivamente a un cambio de régimen yo marcaria que NO; aunque para Dios no hay imposibles y en otras épocas se atribuyó el éxito en alguna batalla  a la intervención divina; lo cierto es que la presencia de Dios en la historia se caracteriza por el cambio que provoca en nuestros corazones y no por derrocar gobiernos.

Dos de los últimos presos liberados por el régimen castrista, Juan Carlos Herrera Acosta y Fabio Prieto Llorente, llevaban en sus manos al llegar al aeropuerto de Barajas una estampa de la Virgen del Cobre y otra del Sagrado Corazón de Jesús; unas imágenes que fueron desterradas de la mayoría de los hogares cubanos y que han sido restituidas gracias al tesón evangelizador de la Iglesia. El regreso de esas imágenes a nuestros hogares es un signo de conversación, un signo de CAMBIO; un cambio no tan espectacular como el que presagiaba la pregunta en el Nuevo Herald, pero no por eso menos significativo. Si se trata de este tipo de cambio yo marcaría un Sí en la citada encuesta.

El gesto de estos opositores nos indica que hay símbolos que el castrismo no ha logrado pulverizar, referencias que apelan a lo mejor de nosotros y que contribuyen a la unidad de nuestra maltrecha nación. En coherencia con la fe de nuestro pueblo, con sus tradiciones y su cultura, la Virgen de la Caridad del Cobre es también un símbolo nacional, un símbolo que invita al amor, a la justicia y a la reconciliación.

Este año, la Fiesta del 8 de Septiembre, coincidirá con la peregrinación que conmemora el IV Centenario del hallazgo de la imagen venerada en el Santuario del Cobre. “La Caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido para acompañar estas celebraciones. Un lema que invita a mirar por encima de las cosas que nos separan, un lema que supera lo confesional y sitúa la peregrinación, que ya recorre el país, en un acontecimiento espiritual por la vida, la esperanza y la libertad de todos los cubanos.

La peregrinación de la Virgen del Cobre a lo largo y ancho del territorio nacional puede propiciar muchos cambios pequeños, que antes o después, contribuirán a ese CAMBIO grande que desea la Iglesia y que va más allá de un cambio del poder establecido.

La peregrinación de la Virgen de la Caridad busca un CAMBIO en cada cubano, porque no somos mejores que nuestros padres y abuelos, porque de nosotros también puede alumbrarse cualquier horror.

Muchos cubanos en la Isla y en el Exilio no son católicos; entre nosotros hay formas distintas de apreciar lo trascendente, pero en el Santuario se amontonan ofrendas de muy diverso origen; tesis de grado, medallas, grados militares y otros objetos que nos permiten suponer el amplio espectro religioso y político de los peregrinos, sé que muchos de ellos, mirarán con generosidad el futuro y dirán: Sí, que la Caridad nos una.
Creo en los milagros de la Virgen, aunque nada me obliga a creer en ellos. Creo que la Virgen de la Caridad del Cobre puede cambiar el corazón de los cubanos; tengo la íntima convicción de que estamos listos para apreciar, como nunca antes, el tesoro de la libertad y la paz, para decir con confianza: Sí, que la Caridad nos una.

ESPACIO LAICAL Y SU POSIBLE SENDERO

Espacio Laical y su posible sendero
28 de Mayo de 2013

Hace unos días la revista Espacio Laical volvió a ser noticia. Su editorial “Senderos que se bifurcan” ha provocado serios cuestionamientos a la Iglesia católica en Cuba. Aunque afortunadamente Espacio Laical ya no representa al Consejo de Laicos de la Arquidiócesis de La Habana, conserva, por el momento, su naturaleza de obra eclesial privada; este estatuto, que la ampara institucionalmente, y la proyección internacional que ha conseguido, hacen que la revista sea percibida como una voz oficial de la Iglesia.
Antes de continuar con mis consideraciones preferiría hacer un repaso de las ideas que los actuales editores de Espacio Laical han expresado, con frecuencia, durante los últimos años:

• Que es necesario renovar un supuesto Pacto Social que se suscribió entre los ciudadanos y la breve Revolución devenida prontamente en tiranía.

• Que es necesario impedir el derrocamiento de esa tiranía y confiar en ella, porque los principales causantes de nuestros gravísimos males económicos y sociales, los mismos que han negado sistemáticamente las libertades y protagonizado todo tipo de violación a nuestros derechos, serán los que conduzcan a Cuba por la senda de la prosperidad y la democracia.

• Que nuestras circunstancias pueden haber justificado y justificar aún la existencia de un Partido Único, sugiriendo el supuesto de que puede haber democracia a partir de un partido único o que el partido único puede representar a la mayoría de la nación.

• Que de los demócratas cubanos en la oposición no surgen propuestas viables para el reencauzamiento democrático de la sociedad cubana de un modo pacífico.

• Que la mayoría de la población cubana prefiere una solución “de izquierdas”.
A este resumen de ideas, que constituyen la columna vertebral de la revista, habría que agregar las reflexiones de su editorial más reciente, el ya mencionado “Senderos que se bifurcan”. Un editorial que en conciencia me obliga a sugerir algunas preguntas.

¿Por qué una publicación católica va más allá de la condena al Embargo, que ha realizado la Iglesia cubana durante estos años, y se presta a culpabilizar a los demócratas de la oposición que apoyan dicho Embargo? ¿Por qué se presta Espacio Laical al juego de aquellos que se empeñan en convertir la adhesión o el rechazo al Embargo en la vara de medir el patriotismo? ¿Es la actitud de Espacio Laical un camino para la reconciliación?

Creo que los editores de Espacio Laical debían meditar sobre sus posiciones, porque a muchas de sus ideas las pone en entredicho la realidad y otras no se corresponden con lo que enseña la misma Iglesia en la Doctrina Social Cristiana.

Pienso, con todo respeto, que los contenidos y el lenguaje que manejan los editores de Espacio Laical son apropiados y quizás legítimos en un proyecto sociopolítico, pero no en un proyecto eclesial. Es por eso que me atrevo a animarlos a que tomen otro sendero, salgan del marco institucional de la Iglesia y se establezcan en el ámbito propio de la sociedad civil y de la política. Un ámbito donde no dañen a la Iglesia con sus controvertidas opiniones, ni la comprometan innecesariamente en unos afanes que no la representan. Un ámbito, además, donde se les pueda someter al escrutinio y a la crítica, sin que se pueda mostrar esa crítica como un ataque a la Iglesia en Cuba.

Por otra parte, me atrevo a mencionar que si la Iglesia quiere ser espacio de encuentro y de reconciliación en su sentido más pleno debe velar por que las palabras pronunciadas en su nombre sean esencialmente reconciliadoras y de este modo evitar el lenguaje que señala enemigos y denuncia conspiraciones, que culpabiliza y separa. Los que hablan a nombre de la Iglesia debían abstenerse de establecer parámetros definitorios sobre qué cubanos están o no cualificados para participar en ese proyecto de Nación democrática y soberana al que nos sentimos convocados muchos en la Isla y en el Destierro. Si la Iglesia siente que es su deber propiciar ese espacio y consciente de sus límites asume tener fuerzas para hacerlo, debe ser cuidadosa al escoger las personas que atenderán ese espacio y emitirán los mensajes a nombre de tan noble y urgente propósito, porque de la transparencia de estas personas, de su delicadeza y mesura, puede depender el éxito o el fracaso.

En este orden de cosas creo preciso tener en cuenta las palabras de Dagoberto Valdés, cuando afirma que la Homilía de Su Santidad Benedicto XVI en la Plaza Antonio Maceo contiene “una exhortación para que la Iglesia cubana sea fiel a Jesucristo, refleje su verdadero rostro y no le tema a la cruz de su Señor. Colaboración y confianza no pueden existir a cualquier costo. No se puede dejar de ser algo de la esencia de lo que se es para no rozar a los diferentes. La sociedad y la Iglesia no pueden excluir parte de su mensaje, o una parte de las personas que la forman, por ser diferentes, para con ello lograr complacer o dialogar, confiar o colaborar con la otra parte de esa misma sociedad y de esa Iglesia. La confianza y la colaboración es con todas las partes o no son ni colaboración ni confianza creíbles. Lo que está en juego es la autenticidad y la credibilidad de todas las partes”.

Es mucho lo que está en juego y numerosas son las expectativas que se crean con cada actuación de la Iglesia. Es cierto que la normalidad democrática que Cuba necesita precisa de muchos pasos y el primero de los pasos no puede ser el último, pero en todos los pasos de la Iglesia debe haber absoluta magnanimidad, porque está llamada a ser “Madre de todos” y caminar los senderos de la historia con la luz de Cristo.

 

LAS MEMORIAS DEL PADRE CHABEBE

Las memorias del Padre Chabebe

Dios me hizo cura es la más reciente entrega de la Editorial Silueta, un libro que reúne las memorias del sacerdote católico Jorge Bez Chabebe, hijo de inmigrantes libaneses que fue ordenado sacerdote en la Arquidiócesis de Santiago de Cuba por Mons. Enrique Pérez Serantes el 26 de marzo de 1950. En este libro el P. Chabebe nos relata su camino hacia Dios, meta de su existencia. Lo hace con una prosa limpia, sencilla, que fluye en armonía con la sinceridad del testimonio. Este caminar hacia Dios es la columna vertebral de un relato que, en medio de tanta frivolidad y hedonismo, nos invita a preguntarnos por el sentido de nuestras vidas.

Publicar este testimonio es una apuesta un tanto arriesgada para un proyecto aconfesional como la Editorial Silueta, porque las memorias del P. Chabebe constituyen un desafío al cada día más abarcador discurso de lo políticamente correcto, intolerante en nombre de la tolerancia, inhumano en nombre de un supuesto humanismo.

No es, en modo alguno, un libro exclusivo para católicos porque los asideros morales del P. Chabebe son comunes a cualquier persona; pueden, por tanto, servirnos de referencia aún al margen de nuestras creencias. Aunque conviene precisar que no es un catolicismo avergonzado el del Padre, sus memorias confluyen con lo mejor del cristianismo. En este sentido es oportuno recordar estas palabras del escritor Rodolfo Martínez Sotomayor durante la presentación de Dios me hizo cura: “Las naciones guardan una reserva moral que sale a la luz en los períodos más oscuros, y así ha sido a través de toda la historia de la humanidad. La religión es parte fundamental de la cultura de un pueblo y el cristianismo es uno de los ejes centrales que sostiene la civilización occidental.” Me atrevo a agregar que el olvido y el menosprecio de este pilar de nuestra civilización nos empujan a la decadencia, expresada en el denominador común de un ateísmo práctico, donde lo material se convierte en la norma del éxito para la existencia humana.

Estas memorias del P. Chabebe también constituyen una valiosa contribución a nuestra historia reciente. Su alegato, como testigo de numerosos crímenes e injusticias cometidos en los albores de la Revolución Cubana, resultará valioso para la necesaria reivindicación de las víctimas. Se echa de menos, sin embargo, una valoración más precisa de la situación del catolicismo cubano de la época y del papel de la Iglesia ante esos cruciales acontecimientos; así como una aproximación más minuciosa a la vida de Mons. Riu Anglés y Mons. Pérez Serantes, personalidades del episcopado cubano de entonces, de las cuales el P. Chabebe fue un cercano colaborador.

Muy valiosas resultan, para una mejor comprensión de los avatares de nuestra nación en diáspora, las experiencias de este sacerdote como miembro prominente de un exilio que ha dejado honda huella en el país que lo acogió. Estas memorias nos cuentan, desde la singular perspectiva de un clérigo, el desafío de una comunidad que debió sobrevivir en tierra extraña, intentando echar raíces en la tierra de acogida sin perder su identidad, con las inevitables tensiones que esto ocasionó no sólo en la sociedad del momento en Miami sino también en la Iglesia local.

Hay en este libro cierto aliento épico, que nos recuerda que el cristianismo es una aventura, la gran aventura de quien lo asume como fe de vida. Esto es algo que los creyentes a veces olvidamos en la grisura de lo cotidiano, pero que se recupera con la lectura de estas memorias que nos invitan a romper nuestros actuales esquemas de ramplona comodidad.

El P. Chabebe ha perseverado en su sacerdocio y ha superado con valor, serenidad y sentido común muchas tentaciones. Parafraseando al Evangelio pudiéramos afirmar que ha puesto la mano en el arado y no ha vuelo la vista atrás, no lo ha hecho porque tenga una comprensión estrecha de la obediencia o un estoicismo carente de amor, de estas páginas se desprende que el P. Chabebe ha sido fiel porque ha procurado amar a Cristo en cada hombre y mujer a su paso, porque ha comprendido que la ruptura de su compromiso sería, en primera instancia, ir contra sí mismo.

Quizás ahí radique el secreto encanto de esta obra, escrita con sencillez, editada con ternura, pero sin renunciar al trazo firme de lo verdadero, un atrevido proyecto de la Editorial Silueta, una obra poco común en el entorno editorial cubano.

Revista Conexos 2014

 

EL DESAFĺO DE LA COMUNIÓN

El desafío de la Comunión
7 de Octubre del 2010

Todos los años se celebra un encuentro entre católicos cubanos de la Isla y el Exilio, se reúnen sacerdotes, religiosas y laicos y comparten experiencias de lo vivido en sus respectivas realidades. No me cabe la menor duda de lo positivo que han sido estos encuentros para el conocimiento mutuo de los que esparcen la semilla del Evangelio en ambas orillas.

Próximamente se celebrará el décimo tercero de estos encuentros y en este contexto me atrevo abordar tres aspectos que considero de suma importancia.

El primero se refiere a un desafío pastoral que tenemos los que vivimos en esta orilla, diáspora, emigración para algunos, exilio al fin; y se refiere al reto permanente de acoger y acompañar a los compatriotas que llegan de la Isla, una tarea difícil porque a menudo lo que se espera de nosotros es más de lo que podemos ofrecer.

Es cierto que responder a todas las necesidades, espirituales y materiales, de estos nuevos exiliados es algo que desborda a la Iglesia; pero aún cuando reconozcamos esta limitación, creo que debemos preguntarnos con honestidad dónde estamos fallando. Mientras la estrategia publicitaria de las televisiones locales, con Alexis Valdés y Carlos Otero a la cabeza, ha sido exitosa la Iglesia, las organizaciones cívicas y los grupos políticos del exilio no han sido capaces de comunicarse con estos cubanos.

Trazar un perfil de este nuevo exiliado y reimpulsar una pastoral destinada a ellos debe ser una de nuestras prioridades. Se echa de menos una pastoral cubana que facilite la integración religiosa y social de estas personas. Aunque se han realizado esfuerzos aislados, no ha sido posible sistematizarlos para crear ese lugar donde se cultive la confianza mutua y se teja el mimbre duradero de las experiencias profundas, donde se ensaye sin ambages la necesaria reconciliación.

Nuestro futuro en el Sur de la Florida y el futuro de Cuba no va a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a estos compatriotas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria: estos hermanos nuestros constituyen un sector numeroso, silencioso y desconocido, que también llegó para quedarse, aunque su relación con la política local y con la Isla ande por derroteros diferentes a los establecidos por el llamado exilio histórico.

Es un gran desafío la propuesta de ese lugar cubano, de esa pastoral específica en una Iglesia multicultural que tiene el reto de llegar a una feligresía de orígenes tan diversos. Es este, por tanto, un desafío primordial para los laicos cubanos, que de un modo u otro hemos aprendido a amar esta realidad y a reconocernos en medio de ella. Laicos de distintas generaciones, que ya somos de aquí, pero que iríamos contra nosotros mismos si dejáramos de sentir que también somos parte de allá, llevando sobre nuestros hombros la responsabilidad y el anhelo de la Comunión.

El segundo aspecto que abordaré en este artículo tiene que ver con la otra orilla, patria, terruño, casa Cuba que permanece con sabor de hogar a pesar de los pesares. Casa Cuba, concepto con algo de metáfora que un día nos regaló Mons. Carlos Manuel de Céspedes y que expresa la vocación de incluir, el deseo de juntar, propios del hogar cubano. Los que somos deudores del magisterio del P. Carlos nos referimos con frecuencia a esa idea, a ese sueño de una casa Cuba que no esté signada por el totalitarismo; un totalitarismo perverso que nos ha enseñado a pensar que las víctimas tienen alguna culpa. Un totalitarismo que dibuja al Exilio como una realidad homogénea, donde prevalece la codicia sobre la solidaridad, el odio sobre el amor, la violencia sobre el deseo de paz, la intransigencia sobre la libertad.

La caricatura de Exilio que se difunde con habilidad desde la Habana y a la que contribuyen por acción y omisión no pocos exiliados, se desmiente cuando vivimos en Miami, cuando vemos que hay emisoras defendiendo a la tiranía y emisoras atacándola, cuando constatamos que los que defienden posiciones favorables al gobierno cubano pueden acudir a los tribunales en igualdad de condiciones a sus contrarios, cuando vemos que podemos ejercer nuestro derecho a opinar y que nadie puede amenazarnos, ni maltratarnos por ello; es cierto que aquí también nos persigue el hábito de la sospecha, que la actitud de cuestionar los discursos establecidos te cierra más de una puerta, pero no se puede comparar la pérdida de una oportunidad con la humillación de una paliza o el castigo de cárcel que reciben los opositores. Si bien es cierto que Miami fue alguna vez plaza propicia para la violencia política entre cubanos, hace ya mucho tiempo que no lo es.

La Iglesia cubana en su trabajo incesante por la reconciliación debe considerar el desafío de presentar a sus fieles la perspectiva de un exilio que también representa la diversidad de ideas, la solidaridad en lo cotidiano y en las catástrofes, el apego sustantivo a las tradiciones y la cultura propia, consiguiendo preservar en la diáspora aspectos importantes de nuestra identidad como nación.

Presentar esta perspectiva diferente contribuiría a mejorar la percepción de muchos y acercaría los inevitables tópicos a la realidad. La Iglesia, en la medida de sus posibilidades, tiene el deber de mostrar lo positivo de este Exilio heterogéneo, hacerlo con sistematicidad supondría una contribución notable a la reconciliación y al encuentro definitivo de nuestra Nación; un encuentro que se producirá tarde o temprano, a pesar de que las realidades de ambas orillas a menudo sean secuestradas por las malas fotografías.

El tercer y último aspecto que me gustaría comentar es el más importante de todos y se refiere al encuentro con Dios, a su confianza en Él; creo que los católicos cubanos, vivamos donde vivamos, tenemos con frecuencia la tentación de creer más en nuestros obras que en el poder del Espíritu Santo. Creo que nos vale de poco encontrarnos si no tenemos esa disponibilidad de acoger en el espíritu, una disponibilidad que supera lo racional y lo emocional; creo que debemos pedir a Dios esa gracia, esa confianza, primero en Él, que nos ayudará a superar los escollos del entendimiento, las heridas del corazón.

Creo que debemos pedirle a la Virgen María de la Caridad del Cobre que interceda por nosotros, creo que debemos rogarle con humildad; decía un Obispo de los primeros siglos del cristianismo, que la madre en sus labores no puede desentenderse del infante que llora y así le ocurre a la Virgen cuando escucha las súplicas de sus hijos. Tenemos que pedirle a la Virgen el milagro de la Reconciliación y la Paz, tenemos que pedirlo a nuestros beatos, a nuestros santos, que no son pocos. A todos estos intercesores nuestros debemos dirigirnos en la oración, para que levanten las manos de nuestra súplica cuando el cansancio nos venza, porque poco podemos hacer si no se hace primero la Confianza, la Caridad y el Amor en cada uno de nosotros.

A modo de conclusión es preciso decir que un buen número de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, tanto de Cuba como del Exilio, son conscientes de la necesidad de ampliar cada vez más los canales para esa imprescindible Comunión, es necesario subrayar que las posibilidad de mejorar y ampliar esos canales no sólo depende de los esfuerzos que hagamos los católicos de aquí y de allá sean clérigos o laicos, hay dificultades concretas que dependen de otras voluntades ajenas a las nuestras.

Es justo mencionar el esfuerzo que se ha realizado durante los últimos años y reconocer a las personas que se han distinguido en ello, en especial a la Hna. Ondina Cortés, religiosa claretiana que ha perseverado en el deseo de congregar, en la actitud de incluir. Confío en que este próximo encuentro entre católicos de la Isla y del Exilio ayude a situar en un lugar prominente de nuestras agendas el desafío de la Comunión. Llegado este punto me permito apropiarme del lema de mi buen amigo Sammy Díaz, él se empeña en decir que “Caminando en Comunión hallaremos la paz”, sólo puedo agregar a esta frase el deseo de que así sea.

 

SOBRE UNA HISTORIA DE LOS BACARDĺ

Sobre una historia de los Bacardí

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” es un libro que no puede tener otro título, porque no es el éxito, el poder o la riqueza el centro de su historia, sino Cuba, esa tierra que sigue inquietando el corazón de los exiliados. Esta historia de la familia Bacardí, narrada por el periodista norteamericano Tom Gjelten, arroja nuevas luces sobre nuestra historia y es, por su singularidad y rigor, una obra que conviene leer. No debe asustarnos el grosor del volumen porque está escrito con una prosa que resulta de fácil lectura, contiene además un índice de nombres y una abundante bibliografía.

Quienes nos educamos en los maniqueos criterios del marxismo descubrimos en esta obra una perspectiva de las guerras de independencia y la posterior intervención norteamericana que nos introduce en la complejidad de esos acontecimientos, prescindiendo de la engañosa certeza que suele acompañar a las historias oficiales. En lo referente a la lucha por la independencia de Cuba el libro rescata, con la sobriedad narrativa que caracteriza a la prensa anglosajona, la épica de este conflicto, recordándonos el compromiso libertario de una élite criolla que no escatimó sacrificios en su lucha de claro propósito fundacional, una verdad que el totalitarismo ha logrado soslayar separando a nuestros próceres de sus orígenes, su historia personal y su contexto, único modo de presentar a los aventureros del yate Granma como una consecuencia del Grito de Independencia en La Demajagua.

De singular importancia resulta el relato de la intervención norteamericana, mostrándonos las percepciones de ambos bandos. La relación de amistad -no exenta de conflictos- que se estableció entre el alcalde Emilio Bacardí y el general Leonard Wood nos ayuda a comprender las discrepancias, los intereses y los sentimientos que prevalecieron en esta etapa.

La historia de los Bacardí refleja, en gran medida, los aciertos y los errores de nuestra joven nación. No se eluden en esta obra las responsabilidades de una élite que era el motor del país; en este libro tenemos un poderoso documento que contradice la versión oficial de que la Revolución de 1959 la llevaron a cabo las clases más humildes, es muy probable que nunca antes en la historia de la humanidad un proyecto de regeneración política contara con tan gran apoyo de las clases medias y altas, en particular con el apoyo de un empresariado que estaba dispuesto a perder importantes beneficios en aras del bien común.

Si algo me ha desconcertado en este libro, que en términos generales es sumamente valioso, es que Tom Gjelten termina repitiendo algunos de los tópicos que han sido el plato fuerte de la propaganda totalitaria sobre la etapa republicana, fundamentalmente en la importancia que confiere a los vínculos de los gobiernos auténticos y el régimen de Batista con el crimen organizado de la costa este de los Estados Unidos de América. No obstante, esta objeción no oscurece la totalidad de una obra que nos alecciona en cuestiones que fueron en más de un aspecto paradigmáticas, como la relación de la empresa Bacardí con sus empleados, los sindicatos, la comunidad y la cultura. Una obra que además, contribuye a desmontar esa distorsionada visión sobre la empresa privada que la propaganda totalitaria ha sembrado en la conciencia de varias generaciones de cubanos.

La historia de los Bacardí nos ilustra sobre los esfuerzos realizados desde el Exilio para conseguir el derrocamiento de Fidel Castro y el desmantelamiento de su régimen, una gesta poco conocida a pesar de que no fueron pocos los exiliados que ofrecieron sus vidas para lograr la libertad de Cuba. En la familia Bacardí la figura más representativa de estos esfuerzos es, sin lugar a dudas, Pepín Bosch, personalidad que amerita un minucioso estudio biográfico.

“Bacardí y la larga lucha por Cuba” también nos ayuda a comprender el relevante papel de esta diáspora en la conservación de nuestros valores nacionales y contribuye, de un modo significativo, a una futura valoración de los aportes que han protagonizado los empresarios, profesionales e intelectuales cubanos al desarrollo de los Estados Unidos y América Latina, siendo este aporte al desarrollo una de las consecuencias menos estudiadas de la implantación del totalitarismo en Cuba, en mi opinión el único bien tangible de la Revolución Cubana, su única y accidental contribución al mejoramiento humano.

Mucho más se pudiera decir de este libro, pero resulta imposible de agotar en una reseña un volumen de casi quinientas páginas, eso sí, no dejen de leerlo, porque es mucho lo que podemos aprender de él, recuerden lo que dijo Cicerón y antes Aristóteles: “Las naciones que desconocen su historia están condenadas a repetirla”. Esta advertencia tiene para nosotros más urgencia que nunca.

 

Revista Conexos, Abril 24 de 2016.

 

ALGUNAS CONSIDERACIONES SOBRE LA PRÓXIMA VISITA DEL PAPA A CUBA

Algunas consideraciones sobre la próxima visita del Papa a Cuba
25 de Enero del 2012

La visita del Papa a Cuba, por su naturaleza esencialmente pastoral, constituye un bien en sí misma. Todos los cubanos perderíamos si esta visita no se llevara a cabo. El Santo Padre confirmará, Dios mediante, a los católicos cubanos en su fe y bendecirá en su 400 Aniversario la imagen de la Virgen de la Caridad que se venera en el Santuario del Cobre. Esta imagen presente otra vez en los hogares cubanos es el único símbolo de nuestra nación que el castrismo no ha podido vaciar de sentido, es la única conexión con lo mejor de nuestra historia yvalores que ha quedado a salvo de la debacle castrista.
Más allá de la fe religiosa que profesemos, la devoción a la Virgen de la Caridad del Cobre es un elemento constitutivo de nuestra nacionalidad, es por tanto un regalo de Dios a nuestro pueblo, no solo a esa porción que se define como católica, sino al pueblo creyente en general e incluso a esos compatriotas que se proclaman agnósticos o ateos.

Sin embargo, el asesinato del opositor Wilman Villar Mendoza no puede ser ignorado porque el bien que se busca a largo plazo comienza también en lo inmediato, y lo inmediato es que los gobernantes cubanos han cometido un crimen, un crimen precedido de muchos crímenes, varios de ellos todavía recientes. La visita del Papa no puede separarse de ese contexto.

Sé que la Iglesia gana los espacios para todos, sé que hace un bien inmenso en el ámbito de la asistencia a los más desvalidos y que es la institución que más trabaja por impedir el envilecimiento definitivo de los cubanos de la Isla, sometidos todos a una deshumanización sistemática. Sé todas estas cosas y saberlas me produce un genuino orgullo; por eso, como católico orgulloso de la Iglesia que me ayudó a reconocer mi propia dignidad y derechos, me animo a pedir a los obispos cubanos otro bien para Cuba, que inviten al Santo Padre a tener un gesto público o privado con los demócratas cubanos, en especial con las Damas de Blanco.

Creo que ese gesto con los demócratas cubanos es un signo que necesitamos en la hora presente, cuando a veces parece que solo podemos esperar el bien que la nación necesita de parte de aquellos que hasta hoy solo han hecho el mal. Creo que es oportuno y necesario ese gesto de inclusión y de ánimo para aquellos que también han apostado a la Esperanza contra toda esperanza.
Hay compatriotas que no quieren esta visita y hay compatriotas que no creen necesario un gesto del Papa hacia aquellos que han escogido trabajar por la libertad y la justicia desde el pacífico ejercicio de sus derechos ciudadanos, son puntos de vista que respeto. Yo por mi parte, deseo vivamente que el Papa vaya a Cuba, que la Virgen sea bendecida, coronada, aclamada como Madre Santísima de todos los cubanos, pero creo con toda humildad que ese bien sería mayor si se hiciera evidente, por parte de su Santidad Benedicto VXI, el consuelo y la confirmación en la Esperanza que los demócratas cubanos justamente reclaman y necesitan. Creo además, que esa bendición que ellos anhelan, puede ser recibida dignamente por las Damas de Blanco a nombre de todos los demócratas cubanos, ellas han sido madres, esposas, hijas, atentas al sufrimiento de los suyos, como la Virgen de la Caridad del Cobre, Madre de Dios y Madre nuestra, que ha estado atenta a nuestros sufrimientos como pueblo, un pueblo que sabe de su amorosa intercesión y ora ante ella.

“A Jesús por María la caridad nos une” es el lema que los obispos cubanos han escogido. Sí, que la Caridad nos una; que tengamos esa unidad auténtica que incluya y respete a todos los cubanos, como quiera que piensen, donde quiera que vivan; sí, que la Caridad nos una; que así sea.