BARQUITO

Era pequeño y le pedía un barco a todo el que se acercaba al portal, fue por eso que le pusieron Barquito y Barquito se quedó.  Eso pasa en los pueblos, después nadie se acuerda de tu nombre pero nunca se olvidan del nombrete.

La madre de Barquito era maestra de piano en un pueblo de pescadores,  quedó viuda muy joven y tuvo que criar ella sola a los cuatro muchachos. Barquito era el menor de cuatro hermanos y fue el  único que aprendió a tocar piano. Los otros tres se hicieron  pescadores,  en una noche oscura enrumbaron el langostero al norte  y desde entonces viven en Miami. Barquito permaneció con su madre hasta que ella murió, heredó sus manías y el oficio de organista en la Iglesia del pueblo.

La gente decía cosas de Barquito, que si era muy fino, que si era raro, pero nadie le sabía nada. Lo cierto es que Barquito vivía en un mundo aparte, al margen de aquella sociedad; pasaba los cuarenta  cuando llegó el Mariel,  la madre había muerto y estaba solo, sus hermanos que lo querían mucho vinieron a buscarlo  en una lancha, un viernes en la tarde llegó “el telegrama”.

El primero en enterarse fue el viejo Padre Orozco,  conocía de siempre a esa familia y sintió que Barquito se fuera, le quedaban muy pocos feligreses y ya no habría música en las misas. El Padre Orozco le dio su bendición, varias cartas para recomendarlo y un  abrazo. Barquito regresó muy rápido a la casa y comenzó a regalar cosas a los vecinos. No sabía que en la mañana del sábado comenzaría el mitin de repudio, dos carros con altoparlantes amplificarían las consignas, los insultos y las palabrotas, la casa estuvo sitiada por tres días seguidos, nunca pensó que le harían algo así,  que le tirarían huevos, que lo zarandearían como un saco de papas, que los más “enardecidos”  lo escupirían cuando saliera a montarse en la guagua, “custodiada” por las autoridades camino del Mariel.

Barquito lloró cuando subió a la guagua, lloró cuando vio su casa pintoreteada, lloró por los insultos y lloró de impotencia porque muchos de aquellos que le gritaban lo habían saludado afablemente unos días antes, en especial Orquídea la panadera,  que le caía tan bien y creía su amiga, ella era la primera gritándole oprobios y tirándole huevos.

Pasaron los años y Felita, la ahijada de Barquito cumplió quince, él siempre se ocupó de su ahijada, ahora por los quince la muchacha le mandó una carta pidiéndole que fuera. Barquito accedió, no le sobraba el dinero pero tampoco le faltaba, podía darse el lujo de aquel regalo a su ahijada. Pagó las prorrogas del pasaporte, hizo las gestiones necesarias y una fresca mañana de abril el avión que llevaba a Barquito aterrizó en la Habana.

Tenía un poco de miedo pero la llegada transcurrió sin sobresaltos, el “escoria” Barquito ahora era un respetable cubanoamericano que empezó a regalar cosas desde la aduana, los funcionarios de verde olivo no le quitaron nada.  Cuando llegó al pueblo lo encontró más sucio y destartalado que nunca,  el  turistaxi lo dejó frente a la casa de su prima Alicia y Barquito bajó el equipaje ante la mirada atónita de los vecinos.  Esa misma tarde fueron a verlo los amigos y parientes que le quedaban, la ahijada Felita con sus padres y hermanos, el último en llegar fue el Padre Orozco, ahora más viejo.

Barquito repartió los regalos, compartió las historias y las noticias acumuladas durante tantos años, se le veía feliz pero distante como el que guarda una verdad que debe decir. Se celebraron los quince de Felita, entre visitas y paseos pasaron vertiginosamente los días de esa semana, y Barquito,  que tenía pasaje para el domingo en la mañana,  se presentó el sábado en la Iglesia para buscar al viejo Padre Orozco,  este se había ofrecido acompañarlo en el recorrido final de su visita.

Barquito venía bien preparado, con latas de comida y cartones de huevo, fue con el Padre Orozco a cada casa de aquellos que lo maltrataron doce años atrás, tocaban a la puerta y se presentaban, no era necesario, en los pueblos pequeños todos se conocen. Algunos bajaron la vista, otros se disculparon, varios  fingieron una amnesia absoluta pero nadie se negó a recibir los regalos, en la mirada de Barquito había cierta picardía pero ningún reproche, iba disminuyendo la cantidad de víveres y el Padre Orozco iba tachando lentamente los nombres.

La última visita fue a casa de Orquídea, la enardecida panadera que Barquito creyó una vez su amiga. Orquídea guardaba cama por la polineuritis, unos de los tantos nombres que tiene el hambre. Orquídea, aunque estaba mayor y enferma, lo conoció enseguida, ella tampoco se negó a recibir los huevos y las latas.  Barquito tuvo palabras de aliento para ella, Orquídea se tapó la cara con las manos y se echó a llorar, antes de irse él le regaló una caja de pañuelos bordados que traía para ella,  sabía que Orquídea los necesitaría y así fue.

Barquito ya es un hombre mayor y nadie le sabe nada, todavía vive en Miami y toca el piano, es feliz con su familia y sus amigos, no sabe si regresará alguna vez. Su ahijada Felita llegó a la Base de Guantánamo cuando la crisis de los balseros, vive con su familia en Hialeah, a dos casas del padrino Barquito. La prima Alicia murió hace algún tiempo pero los primos de Miami se ocuparon de que nunca le faltara nada. El Padre Orozco todavía vive, está en un asilo porque tiene muchos achaques y ya no puede vivir solo,  todavía celebra misa y confiesa, ya no responde las cartas de Barquito, pero reza por él y por todos.

EL DESAFĺO DE LA COMUNIÓN

El desafío de la Comunión
7 de Octubre del 2010

Todos los años se celebra un encuentro entre católicos cubanos de la Isla y el Exilio, se reúnen sacerdotes, religiosas y laicos y comparten experiencias de lo vivido en sus respectivas realidades. No me cabe la menor duda de lo positivo que han sido estos encuentros para el conocimiento mutuo de los que esparcen la semilla del Evangelio en ambas orillas.

Próximamente se celebrará el décimo tercero de estos encuentros y en este contexto me atrevo abordar tres aspectos que considero de suma importancia.

El primero se refiere a un desafío pastoral que tenemos los que vivimos en esta orilla, diáspora, emigración para algunos, exilio al fin; y se refiere al reto permanente de acoger y acompañar a los compatriotas que llegan de la Isla, una tarea difícil porque a menudo lo que se espera de nosotros es más de lo que podemos ofrecer.

Es cierto que responder a todas las necesidades, espirituales y materiales, de estos nuevos exiliados es algo que desborda a la Iglesia; pero aún cuando reconozcamos esta limitación, creo que debemos preguntarnos con honestidad dónde estamos fallando. Mientras la estrategia publicitaria de las televisiones locales, con Alexis Valdés y Carlos Otero a la cabeza, ha sido exitosa la Iglesia, las organizaciones cívicas y los grupos políticos del exilio no han sido capaces de comunicarse con estos cubanos.

Trazar un perfil de este nuevo exiliado y reimpulsar una pastoral destinada a ellos debe ser una de nuestras prioridades. Se echa de menos una pastoral cubana que facilite la integración religiosa y social de estas personas. Aunque se han realizado esfuerzos aislados, no ha sido posible sistematizarlos para crear ese lugar donde se cultive la confianza mutua y se teja el mimbre duradero de las experiencias profundas, donde se ensaye sin ambages la necesaria reconciliación.

Nuestro futuro en el Sur de la Florida y el futuro de Cuba no va a ser ajeno al tipo de acogida y evangelización que seamos capaces de ofrecer a estos compatriotas que tienen una peculiar experiencia de Fe y de Patria: estos hermanos nuestros constituyen un sector numeroso, silencioso y desconocido, que también llegó para quedarse, aunque su relación con la política local y con la Isla ande por derroteros diferentes a los establecidos por el llamado exilio histórico.

Es un gran desafío la propuesta de ese lugar cubano, de esa pastoral específica en una Iglesia multicultural que tiene el reto de llegar a una feligresía de orígenes tan diversos. Es este, por tanto, un desafío primordial para los laicos cubanos, que de un modo u otro hemos aprendido a amar esta realidad y a reconocernos en medio de ella. Laicos de distintas generaciones, que ya somos de aquí, pero que iríamos contra nosotros mismos si dejáramos de sentir que también somos parte de allá, llevando sobre nuestros hombros la responsabilidad y el anhelo de la Comunión.

El segundo aspecto que abordaré en este artículo tiene que ver con la otra orilla, patria, terruño, casa Cuba que permanece con sabor de hogar a pesar de los pesares. Casa Cuba, concepto con algo de metáfora que un día nos regaló Mons. Carlos Manuel de Céspedes y que expresa la vocación de incluir, el deseo de juntar, propios del hogar cubano. Los que somos deudores del magisterio del P. Carlos nos referimos con frecuencia a esa idea, a ese sueño de una casa Cuba que no esté signada por el totalitarismo; un totalitarismo perverso que nos ha enseñado a pensar que las víctimas tienen alguna culpa. Un totalitarismo que dibuja al Exilio como una realidad homogénea, donde prevalece la codicia sobre la solidaridad, el odio sobre el amor, la violencia sobre el deseo de paz, la intransigencia sobre la libertad.

La caricatura de Exilio que se difunde con habilidad desde la Habana y a la que contribuyen por acción y omisión no pocos exiliados, se desmiente cuando vivimos en Miami, cuando vemos que hay emisoras defendiendo a la tiranía y emisoras atacándola, cuando constatamos que los que defienden posiciones favorables al gobierno cubano pueden acudir a los tribunales en igualdad de condiciones a sus contrarios, cuando vemos que podemos ejercer nuestro derecho a opinar y que nadie puede amenazarnos, ni maltratarnos por ello; es cierto que aquí también nos persigue el hábito de la sospecha, que la actitud de cuestionar los discursos establecidos te cierra más de una puerta, pero no se puede comparar la pérdida de una oportunidad con la humillación de una paliza o el castigo de cárcel que reciben los opositores. Si bien es cierto que Miami fue alguna vez plaza propicia para la violencia política entre cubanos, hace ya mucho tiempo que no lo es.

La Iglesia cubana en su trabajo incesante por la reconciliación debe considerar el desafío de presentar a sus fieles la perspectiva de un exilio que también representa la diversidad de ideas, la solidaridad en lo cotidiano y en las catástrofes, el apego sustantivo a las tradiciones y la cultura propia, consiguiendo preservar en la diáspora aspectos importantes de nuestra identidad como nación.

Presentar esta perspectiva diferente contribuiría a mejorar la percepción de muchos y acercaría los inevitables tópicos a la realidad. La Iglesia, en la medida de sus posibilidades, tiene el deber de mostrar lo positivo de este Exilio heterogéneo, hacerlo con sistematicidad supondría una contribución notable a la reconciliación y al encuentro definitivo de nuestra Nación; un encuentro que se producirá tarde o temprano, a pesar de que las realidades de ambas orillas a menudo sean secuestradas por las malas fotografías.

El tercer y último aspecto que me gustaría comentar es el más importante de todos y se refiere al encuentro con Dios, a su confianza en Él; creo que los católicos cubanos, vivamos donde vivamos, tenemos con frecuencia la tentación de creer más en nuestros obras que en el poder del Espíritu Santo. Creo que nos vale de poco encontrarnos si no tenemos esa disponibilidad de acoger en el espíritu, una disponibilidad que supera lo racional y lo emocional; creo que debemos pedir a Dios esa gracia, esa confianza, primero en Él, que nos ayudará a superar los escollos del entendimiento, las heridas del corazón.

Creo que debemos pedirle a la Virgen María de la Caridad del Cobre que interceda por nosotros, creo que debemos rogarle con humildad; decía un Obispo de los primeros siglos del cristianismo, que la madre en sus labores no puede desentenderse del infante que llora y así le ocurre a la Virgen cuando escucha las súplicas de sus hijos. Tenemos que pedirle a la Virgen el milagro de la Reconciliación y la Paz, tenemos que pedirlo a nuestros beatos, a nuestros santos, que no son pocos. A todos estos intercesores nuestros debemos dirigirnos en la oración, para que levanten las manos de nuestra súplica cuando el cansancio nos venza, porque poco podemos hacer si no se hace primero la Confianza, la Caridad y el Amor en cada uno de nosotros.

A modo de conclusión es preciso decir que un buen número de obispos, sacerdotes, religiosas y laicos, tanto de Cuba como del Exilio, son conscientes de la necesidad de ampliar cada vez más los canales para esa imprescindible Comunión, es necesario subrayar que las posibilidad de mejorar y ampliar esos canales no sólo depende de los esfuerzos que hagamos los católicos de aquí y de allá sean clérigos o laicos, hay dificultades concretas que dependen de otras voluntades ajenas a las nuestras.

Es justo mencionar el esfuerzo que se ha realizado durante los últimos años y reconocer a las personas que se han distinguido en ello, en especial a la Hna. Ondina Cortés, religiosa claretiana que ha perseverado en el deseo de congregar, en la actitud de incluir. Confío en que este próximo encuentro entre católicos de la Isla y del Exilio ayude a situar en un lugar prominente de nuestras agendas el desafío de la Comunión. Llegado este punto me permito apropiarme del lema de mi buen amigo Sammy Díaz, él se empeña en decir que “Caminando en Comunión hallaremos la paz”, sólo puedo agregar a esta frase el deseo de que así sea.

 

ELOGIO DE LA ERMITA

Elogio de la Ermita

En la Ermita de Nuestra de Señora de la Caridad del Cobre los milagros vienen de lamano de la Virgen, como el vino en Canaán llegó a la mesa. Y las generaciones se saludan,  y no hay cubanos mejores, ni peores, por mencionar al menos un milagro que me llena de gozo los domingos.

La Ermita es un lugar de encuentro con el prójimo, iglesia circular que se hace manto, para encontrar a ese que está cerca, que puede ser tu esposa, tus hijos, un hermano, con el que ayer peleaste amargamente.

En la Ermita se atienden las “urgencias” y es un lugar abierto y accesible para sanar el alma. A los pies de la Virgen recupero las fuerzas para el viaje.Esa iglesia minúscula ante el mar y la opulencia de tantos rascacielos, desafía los sueños de grandeza que hacen frágil el alma de los hombres.

La Ermita es un tenaz recordatorio de la nación que todavía somos,  y vuelve la nostalgia por la tierra que un día nos quitaron, la patria que soñaron mis mayores, como un lugar propicio a la esperanza, donde sobren el odio y el verdugo.

La Ermita es un espacio sagrado que regala la fe sencilla y pura de los niños que cuesta conservar cuando se crece. Es un lugar de encuentro con la vida, hazte el presente de volver a casa.

COMO UN MANANTIAL

Como un manantial

(Un comentario sobre el libro “Una palabra más fuerte” que reúne los escritos de Mons. Agustín Román)

El periodista Julio Estorino ha compilado los escritos de Mons. Agustín Román. “Una palabra más fuerte” es el título de esta obra que recoge una parte significativa de la obra escrita por este santo obispo. El autor nos confiesa que el orden cronológico de los escritos se debió a la imposibilidad de ordenarlos por temas específicos,   no hay modo de separar el amor a Cuba y el amor a la Iglesia en los textos de Mons. Román.

“Una palabra más  fuerte”,  publicado bajo el sello de Ediciones Universal, constituye un regalo para los fieles de la Arquidiócesis de Miami y muy en particular para los cubanos. La vida de Mons. Román ha dejado honda huella en esta comunidad, pero es poco conocida para los cubanos que habitan en la Isla. Creo que el primer acierto de este libro es que permitirá a nuestros compatriotas más jóvenes asomarse a los desvelos de este santo obispo por el bien de los cubanos en cualquier parte del mundo.

Los que lean estas páginas  comprenderán que el corazón de Mons. Román nunca se fue de Cuba, que sus manos trabajaron con ahínco por la reconciliación, que su vida convidaba a la virtud porque él procuró   una vida virtuosa, cultivada en la excelencia del espíritu. Los que lean con atención este libro descubrirán que este hombre no perdió nunca a Cristo de vista porque veía al Señor en el rostro sufriente de sus hermanos y estaba listo a compartir la cruz.  Este era el talante del sacerdote que confortó a las víctimas del castrismo en todas las épocas, del obispo que defendió los derechos del preso común que llegó por el Mariel en una sucia jugada del tirano, del párroco que acogió a los balseros y al “sin papeles” de cualquier nación.

Los escritos de Mons. Román reflejan su vocación por la justicia,  un compromiso sostenido en la contemplación de la Verdad y en la práctica de la misericordia, por eso no es posible encasillar su pensamiento en los  intereses particulares de grupo alguno.  Su voz profética nos pone en la presencia de una Verdad que nos cuestiona a todos por igual, que nos incita a ser  personas auténticas y a ejercitar esa fraternidad que tanto necesitamos. Monseñor creía posible la unidad en el amor a Cuba, sin renunciar a la diversidad que es innata a cualquier grupo humano.

No tuve la dicha de ser amigo de amigo de Mons. Román, no coincidimos en el tiempo y en las experiencias comunes que hermanan a los hombres; esto no evitaba que su estampa me resultara familiar y que en mis visitas a la Ermita de la Caridad, al escuchar su prédica, saliera esperanzado; era un hombre de Dios y Dios habla con meridiana claridad a través de los hombres como Agustín Román.

Pocos días antes de su muerte bendijo a mis hijos. Mi esposa, que tiene una fe infinitamente mayor que la mía, no quiso que nos fuéramos de la Ermita sin que Mons. Román bendijera a nuestra familia. Ese día lo tengo grabado de forma indeleble en mi memoria.

Quiero terminar este comentario agradeciendo al periodista Julio Estorino por este regalo, no siempre he coincidido con sus juicios pero respeto su rigor,  admiro su prosa, su raigal cubanía y su amor a la Iglesia. Guardaré este tesoro que Estorino me ha dado, este libro, de cuidada edición, que es como un manantial.

Les recomiendo a todos su lectura y de un modo especial  a los compatriotas más jóvenes, dondequiera que vivan; ellos tienen en sus manos nuevas el futuro de la Iglesia y de la Patria,  dos amores, que como bien dice el editor de este libro, son  imposibles de separar en la vida y en la obra de Mons. Agustín Román,  santo obispo, pastor perseverante en el largo exilio.

 

Miami, 2012